Image-empty-state_edited.jpg

Narrativa

El extraño caso del estudiante Baudelaire

Diego Montalvo

Número revista:

8

Todo parecía estar en calma, hasta que una carta sacudió nuestro mundo apacible asentado en la Ciudad de México. Con todas las prisas del momento, partimos hacia Nueva York. Zinat no me dijo nada acerca de los planes que tendríamos allá. Lo único que sabía era que previo a nuestro viaje leyó a los poetas franceses —todos ellos malditos—: Baudelaire, Villiers de L'Isle-Adam, Rimbaud, Corbière y Mallarmé. Antes de enrumbarnos en avión compré un nuevo traje oscuro a rayas blancas de solapa cruzada y sombrero de ala ancha. Todo el vestuario lo combiné con una corbata roja y un pañuelo blanco que salía del bolsillo de la chaqueta. Calcé zapatos de charol sobre mis elegantes calcetines de seda. Zinat únicamente cambió el color de su gabardina, ahora azul petróleo, con un traje gris claro debajo. De su chaleco colgaba la característica cadena dorada de su antiguo reloj de bolsillo. Me brindó un cigarrillo que acepté y salimos rumbo a los Estados Unidos sin saber exactamente a qué íbamos. Jamás hallé nada placentero en América, pero Zinat parecía divertirse. En una librería compró un ejemplar de Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe.


—¡Estos norteamericanos! Tan insulsos, cobardes y buenos para nada… no me explico cómo han logrado que su economía sea un gran imperio —me dijo luego de salir de la tienda.


—Yo creo tener una idea.


Zinat se volteó hacia mí.


—Era una pregunta retórica, Futes. Yo sé la respuesta a mi propia interrogante. ¿Me cree así de ignorante?


Callé.


Caminamos por las calles y llegamos hasta la Universidad de Nueva York. Un grupo de gente se arremolinaba sobre los exteriores del campus. Zinat abrió los ojos. Nos acercamos. Un policía quiso impedirnos el paso, pero en eso reconoció a Zinat y casi le hizo una reverencia.


—Monsieur, Zinat…


—Mi querido, Ernest… —Lo abrazó y el detective lo sonrió—. ¿Qué ha ocurrido?


—¡Un asesinato!


—Ya veo —dijo Zinat mientras se rascaba la barbilla—. ¿Quién era la víctima?


—Un joven que estudiaba literatura… ¡Tenía tan solo veintiocho años, Zinat!


—Hmmm… Très intéressant!


—Lo hallaron muerto en su alcoba… ¡Fue horrible!


—¿Cree que pueda revisar el cuerpo? —apuntó mi amigo.


—Desde luego, los forenses no han podido hallar nada útil.


—Aquello no me extraña en lo absoluto —dijo Zinat.


Entró, abriéndose paso entre la desconcertada muchedumbre. Yo quise seguirlo pero Ernest me detuvo.


—Lo siento, no puede pasar…


—Él viene conmigo. Es, como decirlo... él resulta ser mis ojos en esto.


Yo sonreí bobamente, era el máximo cumplido que Zinat me había dicho desde hacía mucho.


Lo seguía mientras el detective irrumpía en los pasillos con su bastón que resonaba con fuerza. A nuestras espaldas los estudiantes no dejaban de decir que una muerte tan horrible, cerca de Halloween, solo podía implicar un acto de brujería y malos espíritus. En una de las habitaciones donde vivían los estudiantes se podía ver la típica cinta amarilla que rezaba «POLICE: CRIME SCENE. DO NOT CROSS». Los policías se daban vuelta y se rascaban la cabeza. En el suelo estaba tendido el joven. Tenía los brazos y las piernas abiertos. Zinat le destapó la cabeza de la sábana blanca. Tenía un profundo corte en el cuello que casi le había decapitado. En el pecho tenía otra cortada bastante pronunciada. Tenía un ojo vaciado y el corazón extirpado. Bajo la cama, Zinat halló varias botellas de licor.


—¿Qué opina, Zinat? —dijo el inspector de policía.


—Antes de responder, ¿podría decirme cómo era la vida del joven…?


—Yo podría responderle a esa pregunta, detective —dijo un hombre que se notaba era un profesor; por sus objetos personales, Zinat dedujo que era parte del Colegio de Artes y Ciencias. En su mano tenía un libro y en la otra un extraño maletín.


—Lo escucho —dijo Zinat mientras hurgaba entre la ropa de la víctima.


—Era un joven brillante, pero borracho. De hecho, iba a ser expulsado por mal comportamiento. Sus calificaciones nunca fueron malas, pero se encerraba en este cuarto a beber… Eso está prohibido. La señora Johnson, de limpieza, lo vio borracho ayer mientras limpiaba la ventana…


—¿Era solitario? —inquirió Zinat.


—Completamente.


—Claro, le comprendo, ¿profesor…?


—George, George Callard.


—Profesor  Callard, enchanté!


—El placer es mío, monsieur Zinat.


—¿Este joven tenía  relación con algún novelista o poeta famoso? —preguntó Zinat.


—No comprendo, ¿se refiere usted a si era…? —respondió Callard.


—¡No, claro que no! Me refiero a si su tesis, o algún trabajo de importancia, lo relacionaba con algún autor famoso…


—Sé que estaba escribiendo poemas al estilo de Baudelaire… —apuntó el profesor.


—Ya, conque un poeta. Creo saber el móvil del crimen… —dijo Zinat entre dientes—. Necesito esclarecer las ideas. ¿Sería mucho pedir que me dejaran organizar mis pensamientos, caballeros?


—Desde luego que no, Zinat —dijo Ernest.


Trés bien! Ahora salgan, no deseo que nada se me escape de la mente.


Yo iba a salir también de la habitación, pero Zinat me tomó del hombro.


—¿A dónde cree que va?


—Entendí que quería pensar a solas…


El hombre me sonrió.


—Desde luego, pero no puedo hacerlo solo.


En ese momento una sensación de alivio me infló el pecho.


—¿Quiere decir que le soy útil en algo, Zinat?


—Sí, usted tiene buena caligrafía. Yo no entiendo nada de lo que escribo y mi cabeza se haría más nudos. Sin su ayuda caligráfica no lograría hacer nada…


—...¿Solo es eso?


—Claro, ¿en qué otra cosa podría ayudarme usted?


Zinat juntó sus dos dedos índices y se los llevó a los labios en señal de reflexión. Esbozó un suspiro. Luego abrió los ojos y me clavó su fuerte mirada. Sabía el significado de ese fulgor en sus ojos, tenía las respuestas a sus preguntas.


—¿Qué une a Baudelaire con esta universidad, Futes?


—Que un estudiante estaba analizando su trabajo para ser poeta.


—¿Qué? ¡Pero por Dios! ¿Está consciente de la barbaridad que acaba de decir?


—Eso dijo el maestro de este joven…


—¡Vaya más allá de las fuentes y concéntrese! —me dijo, furioso.


—Bueno… —empecé—. El estudiante Baudelaire…


Zinat estalló en una carcajada.


—¡Qué buen nombre se le ha ocurrido! —me dijo—. ¡«El estudiante Baudelaire»! Como para un cuento policíaco, ¿no es así?


Yo le seguí la corriente y reí.


—Centrémonos en Baudelaire, ¿quién fue? —me preguntó el detective.


Esa respuesta la sabía.


—Fue un notable poeta del siglo XIX, incluido en la lista de los poetas malditos por su vida llena de excesos y cuyos textos se relacionaban con el mal y la muerte… Fue un simbolista francés y llegó a ser considerado, según Barbey d'Aurevilly, «el Dante de una época decadente»… ¡Por Dios, Zinat, ahora lo veo…! ¡Este joven quería ser tan parecido a Baudelaire que sus excesos lo llevaron a la muerte!


Précisément, mon ami! Pero está equivocado al mismo tiempo. En su exposición se olvidó de un pequeño detalle…


—¿Cuál? —dije enojado.


—Que Baudelaire no es el caso, es la pieza clave para el caso.


—¿Qué quiere decir?


—¿Ha escuchado de Edgar Allan Poe…?


—¡No me insulte, Zinat! ¡Desde luego!


—¡¿Y por qué cuando le pregunté sobre Baudelaire no me mencionó nada de Poe?!


—¿Qué tiene que ver Poe con Baudelaire?


—¡Esa es la clave, piénselo!


—Hmm…


Zinat movió su pie con impaciencia.


—Déjelo, Futes. ¡No se fría el cerebro! Yo le diré: Baudelaire fue el traductor de Poe. Gracias a Charles Baudelaire, la obra de Poe, sus cuentos y poemas, fue ampliamente difundida en Francia. Entonces, que este joven haya estado estudiando a Baudelaire previo a ser asesinado… no me llama la atención. Baudelaire murió por sífilis y creo que a este joven también sus excesos lo llevaron a la tumba…


—Es extraño hablar de esto frente al cuerpo, ¿no cree?


—Me gusta sentir un poco de lo macabro en el ambiente. ¡Abra la puerta y déjelos que entren!


—Pueden pasar —dije yo—. Zinat lo tiene todo resuelto.


Ernest se admiró y llamó a los agentes a que entraran. El profesor George Callard fue el último. Zinat se sacó el cigarrillo de la boca. Miró a los presentes y me ordenó que cerrase la puerta.


—Muy bien, mis amigos… He logrado resolver en un noventa por ciento este caso. Antes, deseo formular unas preguntas para que nada se me escape. ¿Vale?


Todos asintieron.


—Inspector Ernest. ¿Podría decirme por qué no hallaron las cartas del difunto?


—¿Cartas, Zinat? —dijo el hombre, completamente confundido.


Zinat se arrodilló y de debajo de la cama sacó un pesado baúl.


Voilà! —Zinat cogió el pesado objeto y lo puso sobre la cama—. Supongo que no han podido examinar el cuerpo, ¿no es verdad?


—No, Zinat —respondió Ernest.


—No importa. De todas formas, cuando lo hagan, si aún deciden hacerlo, les impresionará saber que el muchacho tenía sífilis —dijo con rapidez—. Sí, como Baudelaire, amigo mío —se dirigió a mí—. Este joven no murió por casualidad. Quiso seguir los pasos de su mentor y luego… ¡pues ya ven!


—¡Zinat, pero si eso…! —dije con entusiasmo, pero él me calló levantando la mano.


—Ahora, eso no es lo mejor de todo. Si abren este baúl hallarán varias epístolas.


El objeto estaba cerrado. Ernest pidió a uno de sus ayudantes un objeto con el que romper el candado. El seguro fue destrozado con una palanca y dentro, en efecto, había varios sobres.


—¿Cómo lo supo, Zinat?


—Me temo que nuestro joven posiblemente tenía un trastorno de personalidad múltiple, agudizado por el alcohol y el sexo desenfrenado. Es lógico suponer que deseaba ser igual de mujeriego que Baudelaire y ¡zas! Resulta que tenía una vida un tanto… promiscua, las cartas de sus amantes lo confirmarán. —El detective hizo una pausa, se volteó hacia George esta vez—. Dígame, profesor, ¿alguna vez le presentó poemas de Baudelaire como si fueran de él?


—Sí, en una clase lo hizo y yo le sermoneé por eso…


—Ya veo. No obstante, hay algo que me intriga… —dijo Zinat—. ¿Podría indicarme la razón de esta carta?


El profesor se sorprendió.


—¿Señor?


Zinat apuntó hacia el bolsillo interior de la chaqueta del profesor…


—¿Cómo es posible que usted no sepa nada del comportamiento de sus estudiantes? —le reprochó mi amigo. El policía Ernest sacó a prisa el sobre de la chaqueta del profesor y se la dio a Zinat. Él la leyó—. ¡Esta es una carta enviada a una joven…! Virginia B…


—No sé a qué se refiere, detective Zinat. Aquí no hay ninguna estudiante de nombre Virginia, digo, en esa facultad, claro está.


Mi amigo se sonrió.


—Claro que no. ¿Pero por qué tenía usted esta carta…? ¿Es usted médico?


—Sí, lo soy —respondió el profesor—. Pero soy un gran aficionado a la…


—¡Literatura, lo sé! Es usted en realidad el doctor Clint Ballard. Según veo en las insignias de su maleta, C. B., que curiosamente son las iniciales también de Charles Baudelaire… No obstante, ese bigote falso no le resulta favorable. Sus ojos y la forma de su cara lo delatan, profesor. Supongo en ese sentido usó ese bigote para disfrazarse del profesor George Callard… Fácil de recordar ese nombre falso, ¿no cree? Yo asistí a varias de sus conferencias, doctor Ballard, aquí mismo en Nueva York y en Ciudad de México. Dio un taller muy importante sobre Poe. ¡Y resulta que este joven tuvo los excesos de Baudelaire, pero murió como Poe…! ¡Ambos muy unidos por su propia literatura y sus vidas llenas de problemas!


—No comprendo… —dijo el profesor.


—Déjeme explicarlo todo. El cuello cortado, ¿cómo murieron madame L'espanaye y su hija Camille L'espanaye en Los crímenes de la calle morgue? Pues así mismo. Ahora, el corte en el vientre… ¿Qué le pasó al narrador en El pozo y el péndulo…? El ojo vaciado, ¿quién no recuerda El gato negro? Y finalmente, doctor Ballard, ¿cómo resulta la venganza en El barril del amontillado…? Y, en este caso para añadir, La carta robada es por…


El médico se sacó el bigote.


—En El barril del amontillado, al final la venganza termina en un asesinato, monsieur Zinat. Exactamente igual…


—Que como murió este pobre diablo, en effet! —le completó la idea Zinat—. Con respecto a la carta, allí dice que este estudiante contagió de sífilis a una joven… Virginia Ballard, su hija, ¿no es así, doctor? Así también sospeché que su apellido realmente fuera Callard… ¿Por qué preocuparse por una joven «ajena» a su apellido si, como usted dice, ella no es ni siquiera alumna de esta institución?  Estos cortes, tan limpios, solo los pudo haber hecho un diestro cirujano. Apostaría que en esa maleta que lleva tiene todos los cuchillos y navajas que usó para este acto tan atroz. Entonces tenemos una razón para la venganza ¡y el crimen perfecto inspirado por el mismísimo maestro del terror Edgar Allan Poe que, por cierto, era frecuentemente invitado a esta misma facultad para dictar sus charlas! Poe, por decir de más, murió un día como hoy: 7 de octubre de 1849 en la peor de las tragedias… Nada resulta una coincidencia, como verán.


Ernest le arrebató el maletín y el médico fue esposado. Al abrirlo, efectivamente, había cuchillos, sierras e instrumentos quirúrgicos manchados de sangre. Ahí estaban las pruebas suficientes para incriminar al hombre.


Luego de pasar varios días en la ciudad, regresamos a nuestra morada en Ciudad de México. Zinat abrió un diario y leyó cómo los periodistas redactaron su proeza en el extranjero. Mi amigo se sonrió. Dejó el periódico a un lado, al parecer no había leído, en otra noticia, que la joven hija de Ballard había muerto a causa de la sífilis. Yo lo hice, tras tomar esas grandes hojas de sucio papel. Zinat fue a su estante y tomó un ejemplar de Las flores del mal. Empezó a recitarlos con el mayor de los sentimientos.


—¿Cree que el difunto realmente amó a Virginia Ballard? —dije mientras acababa de leer la noticia.


Zinat me miró.


—Tal vez, mon ami. ¿Quién sabe? Después de todo, como lo diría el viejo Baudelaire: «El amor es un crimen que no puede realizarse sin un cómplice».




Diego Montalvo (Quito, Ecuador, 1995)

Se graduó como periodista en la Universidad de Las Américas (UDLA). Es Miembro de la Sección Académica de Literatura de la Casa de la Cultura Ecuatoriana desde el año 2015, nombrado por el escritor Raúl Pérez Torres. Fue nombrado Miembro Activo de la Sociedad Bolivariana del Ecuador, en la presidencia del General José Gallardo Román. Su antología de cuentos Suspenso en Letras (2012) lo llevarían a abrirse campo dentro del ámbito de la ficción. Como periodista se desempeñó como redactor de la revista Leo de la Cámara Ecuatoriana del Libro y Emprendedores a cargo del excandidato a la presidencia de la República, Dr. César Augusto Alarcón Costta. Fue conductor y productor del programa “Converso” de la Radio de la Casa de la Cultura. Es redactor de opinión del diario digital La República. En el año 2020 fue nominado al Premio Jorge Mantilla Ortega de periodismo.