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Narrativa

El silencio de Dios

Jorge Vargas Chavarría

Número revista:

10

El viento se rompe / en la llanura un animal llora.

Roy Sigüenza



El sol brilla sobre el campo y el río que se dibuja junto a la carretera. Kilómetros y kilómetros de árboles que no crecen en la ciudad. Pocos autos atraviesan esta ruta porque este no es un pueblo de muchos visitantes. Inés y su hijo Fausto, sin embargo, lo conocen bien. El campo, con sus ruidos verdes y su aire fresco, les ha ayudado a sobrellevar el divorcio. Desde entonces salir de casa los fines de semana los protege de los recuerdos que todavía duelen.


Una invitación los trae de regreso al lugar que siempre han sentido como un refugio. Su amiga Narcisa insistió en que esta es una fiesta que no podían perderse.


Al llegar, Inés aparca el auto del otro lado de la calle. De un camión al pie de la casa entran y salen varios hombres con globos, flores, y luces que la distraerán de lo que sucederá durante su estancia.


—¡Todo al patio, señores, todo al patio! —ordena Narcisa, todavía en el portal.


Sus perros cruzan el jardín. Ni bien Fausto se baja del auto los labradores le tumban al piso para lamerle la cara. Sacuden sus colas; lo reconocen. Él les acaricia la panza y se impacienta por visitar el establo detrás de la casa.


Fausto es un niño que ama a los animales.


Narcisa quiere ayudarles con las maletas. Levanta a Fausto del suelo, toma su mochila, y le pregunta:


—¿Qué comes que estás tan grande, ah?


Y le besa la frente.


Con Inés, en cambio, se dan un abrazo largo que también se siente como un refugio.


—Qué bueno que llegaste —le dice Narcisa—. De verdad necesito ayuda con todo esto.


—Seguro todo está quedando divino.


—Falta la mejor parte —advierte.


Y en cierto modo, tiene razón.


Ninguna de las madres sabe todavía que en esta tarde feliz ocurrirá una desgracia, por eso se concentran en los pendientes del décimo tercer cumpleaños de Panchito, el hijo de Narcisa. Una fiesta de la que habla todo el pueblo.



—¡Felicidades, Panchito!— grita Fausto al entrar en su habitación. El chico no responde. Tampoco lo mira. Está decidido a avanzar al siguiente nivel de Call of duty. El amigo que lo acompaña exige que dispare, que lo haga ahora, que debe ser en la cabeza porque en eso consiste el reto. Un disparo en la cabeza le garantizará el ascenso.


—Soy Fausto— le dice, y se sienta frente al televisor.


—Klever.


Sabe que su mamá apagaría la consola si viese este videojuego, pero es el cumpleaños de Panchito y no se han visto hace meses.


En la habitación ya no quedan juguetes: Panchito está creciendo y su padre ha ido cambiando los obsequios asegurándose de que su hijo tenga siempre el dispositivo de moda. En casa de Klever solo hay una tele antigua que sintoniza únicamente el canal de las telenovelas mexicanas. A diferencia de la familia de Panchito, la suya no volvió al campo después de hacerse ricos en la ciudad.


Fausto se distrae con las historietas compiladas en una repisa junto a la ventana desde la que puede verse el patio. Las risas de su mamá y su amiga son contagiosas. Sonríe al escucharlas y al descubrir a los labradores robando comida de las mesas. Los animales suelen sacarle sonrisas.


Klever festeja la victoria y el ascenso de Panchito; hace con él un saludo con los puños y lo llama pro. Panchito se acerca a la ventana y mira a su madre colgar más luces. «¡Feliz cumpleaños!», grita Fausto al abrazarlo por la espalda. Pero él lo empuja y le dice: «no seas maricón». Klever se burla de Fausto, y añade: «Qué sopa tu amigo».


Fausto piensa en el río y sus peces; en el sonido de la lluvia sobre el campo, tan distinto al de la ciudad; en sus travesuras de las navidades pasadas junto a Panchito; en las frutas que han hurtado de patios ajenos; en su infancia todavía en curso, y en las memorias de sus feriados en esta casa que su mamá le enseñó a querer como suya. Y, nunca antes, en ninguna aventura por el pueblo junto a él, lo había llamado maricón por un abrazo.


Si Narcisa escuchara a su hijo hablar con su amigo le daría una bofetada. Ella no dice (tantas) malas palabras. Tampoco su padre, al que Panchito ve un par de veces cada mes, por videollamada. «La familia de Narcisa se refinó un poco después de vivir en la ciudad», le confesó su madre a Fausto, que reconoce para sí que las mamás siempre tienen algo de razón.


—¿Y qué hay de nuevo? —pregunta Panchito—. ¿Sigues siendo niño-cuadro-de-honor en la escuela?


—Pues…


—Y claro que sí —se responde a sí mismo—, si eres tremendo cerebrito.


A Fausto no le hace gracia que le toque la cabeza después de llamarlo cerebrito.


—Este año haces la primera comunión, ¿no?


Klever se ríe.


—No es joda, pendejo. En su ciudad de verdad los obligan a confesarse, ir a misa y todo eso—explica—. Tranqui, Fausto. Ya estás aquí y tenemos que hacer algo para que cojas aire y sol, que estás blanquísimo. Mira cómo te toco el brazo y se te hace rosada la piel.


Luego le pone una mano en el hombro y lo conduce a través de la casa.


Inés recibe a los invitados por la puerta trasera que da al patio. El niño Francisco, Panchito para los que lo han visto crecer, está de cumpleaños, se ha dicho en el pueblo. Hay piernas de chancho, choclo asado, chorizo, chuzos, canguil, algodón de azúcar y mucho más que los invitados traen consigo a la fiesta y dejan sobre una mesa. En el campo se come rico y se come el doble. Eso lo sabe bien Inés. Por eso no comió durante el viaje. «Ya cuando una se acerca a los cuarenta se empiezan a contar las calorías», le admite a Narcisa, que se ríe y la llama ridícula. Entonces llegan los payasos, y los niños, que esperan impacientes por el pastel, los reciben con aplausos. Inés saluda a la distancia porque no le gustan tanto. Su amiga, por el contrario, aplaude y les entrega un micrófono. «¡Que comience la fiesta!», anuncian. Narcisa camina del brazo de Inés. Le dice: «Ya sé, ya sé que no te gustan los payasos, pero falta lo mejor. ¡Ya vas a ver!»


De esta fiesta ha hablado todo el mundo: casi cien personas en su patio haciéndose fotos y riéndose con los payasos. Pero en ninguna de las mesas, el cumpleañero.


—¿Dónde están los niños?


Y ahí van los tres, abriéndose paso entre los árboles. Van como dando un paseo por el bosque. Panchito va adelante pues es el único que sabe que esta es una búsqueda. Lleva puestos unos airpods porque poco le importa hablarle a Klever. Sabe que lo seguiría al infierno si se los pidiese. Fausto va detrás de los dos chicos, más altos que él, arrepentido. Cree que la fiesta debe haber comenzado y que su madre lo reprenderá por su ausencia. Le habría gustado haber ido al establo a saludar a los animales. «Es el cumple de Panchito, diviértete mucho con él hoy», le había dicho su mamá horas antes en el auto aún sobre la carretera. Por eso aceptó venir. Lo cierto es que no le agrada el Panchito de trece años que camina cuatro metros delante y ya no junto a él; que se burla al escucharlo hablar porque su voz tiene apenas diez años.


Ahora nada de eso importa. Suda y se rasca los brazos mordidos por los moscos. Quiere decir esa palabra que aprendió en la escuela y por la que su mamá le dio un cocacho. No entiende por qué Panchito se adelanta como si estuviese solo y por qué no quiso quedarse en casa para el inicio de su fiesta.


—¿Les importaría ir más despacio? —pregunta.


Y enseguida dice:


—Esperarme y no ir a su ritmo.


Los chicos voltean.


De pie, en medio del bosque, con el sonido del río ya cerca, Fausto siente que podría llamarlos hijos de puta, como lo hace su mamá cuando conduce en la ciudad y los demás conductores giran sin poner la luz direccional.


Panchito se le acerca. Lo mira desde arriba porque empezó a estirarse el año pasado y Fausto todavía se siente como el niño que es para los ojos de su mamá. Pregunta:


—¿Te da miedo quedarte solo en el bosque?


Y también dice:


—No te vamos a dejar solo. Tranqui.


Klever vuelve a reírse.


Semanas antes de venir, Fausto escuchó a su mamá hablar por teléfono con Narcisa. Le escuchó decirle que aquello era inaceptable, que debía castigar a Panchito porque si un árbol crece torcido jamás su tronco se endereza. Supo que escuchar la conversación estaba mal, pero siguió haciéndolo hasta que entendió lo que había sucedido: lo habían suspendido en el colegio por pegarle a una niña. Enterarse de aquello lo hizo imaginarlo como uno de los bravucones de su escuela a los que él detestaba.


—Panchito, van a ser las seis—advierte Klever—. Se hará de noche.


—Ya, simón—responde—. Solo vamos a mirar el río.


El canto de los pájaros es una música de fondo. Los niños descubren el río con el sol todavía sobre sus cabezas. Fausto y su padre bañándose en él, saltando al agua desde las ramas de un árbol; riéndose sin pausa en lo que queda del verano. Guarda nítidos esos recuerdos de la cercanía de entonces de su padre. Antes del divorcio y su partida. «¡A que no se atreven, sopas!», grita Panchito y con su voz lo regresa al bosque y al río del presente. Los chicos han encontrado un panal de abejas y Panchito los reta a que lo golpeen con un palo. Klever toma una rama caída a las orillas del río y se aproxima. Titubea al principio, pero alcanza el panal y cientos de abejas emergen de él. Panchito se ríe en tanto escapan; le divierte que sus amigos estén en peligro.


Los chicos tardan en recuperar la respiración tras el susto. Fausto todavía no sabe nombrarla, pero descubre en la mirada de Panchito la desmesura. Y es apabullante: es violencia.


Años antes, cuando el establo en casa de Narcisa apenas acababa de construirse y ella todavía atendía sus negocios en la ciudad, Fausto aprendió que los animales no se meten contigo si muestras respeto. Bajo un pilo de paja descansaba una serpiente que se había infiltrado en el establo. A Fausto le inquietaron sus colores, quiso tocarlos con un palo y no logró salir ileso. La mordida de la serpiente lo internó en el hospital dos días y jamás pudo olvidar la velocidad con que el calor del veneno se esparció por su cuerpo diminuto; cómo creció quemándole la piel.


No sabía por qué, pero sentía ese mismo calor subiéndole por las piernas. Sentía que el mal otra vez lo había encontrado.


—¿Y tú, Fausto?


—¿Yo qué?


—¿Tú a qué te atreves? —le pregunta Panchito.


—¿De qué hablas?


—Aquí este man ya dejó claro que no es sopa, pero tú no le hiciste al panal —le dice—. Es tu turno de mostrar que tienes bolas.


Klever juega a la orilla del río, metros más adelante: saca renacuajos del agua, los mira ahogarse y sacudir sus colas sobre sus manos. Fausto se ha detenido sobre un nido de gansos que apenas tienen plumas. Deben haber salido del cascarón hace poco, piensa, y le maravilla que la vida pueda emerger de un huevo. Por alguna razón que no precisa, verlos le recuerda las veces en que su padre ponía sus manos sobre el suelo para sentir la respiración de la tierra. Él le enseñó que en las gotas de lluvia en la hoja de un árbol comienza la vida. Él le enseñó casi todo.


Mira a los peces dibujar sus formas en el agua; y ahora, también en ella, el reflejo de Panchito sosteniendo una roca.


—Te reto.


—¿De qué hablas?


—Te reto a que le des al nido.


—¡Qué te pasa, oye!


Psssss.


—Los animalitos también sienten.


—Dale, no seas maricón. Son unos gansos nada más. Son como bichos.


Y le entrega la roca a Fausto.


Él cierra los ojos: piensa en el sol sobre los cultivos de arroz y en los niños que deben haberse comido ya los dulces de la fiesta. Piensa: «¿por qué Panchito me pide esto?». Y desea con todas sus fuerzas que al abrir los ojos estén en casa para ver la sorpresa que Narcisa ha preparado.


Abre los ojos: la roca entre sus manos temblorosas. Los polluelos, bostezando, se incorporan, se miran entre sí, lo miran a él. Algunos se duermen. Deben pensar que el ala de su madre los protegerá, pero mamá no está en el nido y lo que sí está es una roca sobre sus cabezas, tan pequeñas, tan recientes. «Bueno, Fausto, —dice Panchito—. Ya sabemos que eres maricón». Y basta esa palabra para que Fausto suelte la roca.


Con sus ojos azules bien abiertos, se queda en silencio. Y durante esos segundos de silencio duda de la realidad. Entonces, detiene él el tiempo, se congela y solo vive y siente en su pecho la intensidad de sus latidos; el calor que trepa por sus piernas. Lo hizo. Sabe que lo hizo.


El sonido inconfundible de la muerte en el golpe de una piedra contra el suelo.


Un calor se esparce en su cuerpo. Le quema el estómago. No se atreve a mirar la destrucción a sus pies, que los otros niños husmean ahora con un palo.


—Ya, Fausto, ha sido un juego. Di algo —le pide Panchito.


Los pájaros del bosque detienen su canto. Fausto oye y siente el silencio como a un enemigo. Se cuestiona si acaso ese silencio del bosque es Dios. Tiene miedo; quiere llorar, pero se contiene. «A las mujeres nos toca llorar toda la vida», le escuchó decir a su madre cuando papá se marchó. Por eso sabe que no debería hacerlo, porque el llanto es de las niñas.


Suena el celular de Panchito. Su madre grita: «¿Dónde chucha están?». Panchito no responde, sino que empieza a correr. «¡Soplen!», ordena. Klever le sigue sin dudarlo; dice conocer un atajo. «¡Mueve, Fausto!», gritan ambos.


Cuando han avanzado por la senda junto al río, Fausto descubre en la orilla la blancura de una gansa que se yergue entre la maleza. Sacude sus alas como imponiéndose ante los niños corriendo en el bosque. Tiene el pico agrietado y el tamaño de un ganso adulto. A Fausto le duele el estómago y quiere vomitar. «Tiene que ser la madre», les dice a los niños entre sollozos. Ellos le responden que se deje de huevadas y camine.


Once o doce minutos después llega la noche y los chicos al patio trasero de la casa. Fausto deja que Panchito se integre a su fiesta. Él solo quiere apartarse para poder llorar sin ser visto. Por eso entra en el establo. Las risas de los invitados, complacidos con el show de los payasos, se oyen hasta allí y, sin embargo, los animales duermen.


Fausto atraviesa un estado de conciencia que no debería conocerse en la infancia. Un miedo febril que le hace cerrar los ojos y repetir: «perdóname, Diosito», porque así lo aprendió en la escuela y es necesario disculparse con Dios por todas nuestras faltas. «Panchito miente —piensa—. No es verdad que haya sido un juego», se dice. «Ninguna vida puede ser un juego». Y entonces llora porque siente que Diosito ya no lo escucha; que está enfadado con él. «A los niños malos Diosito hace oídos sordos, Fausto», le explicó su maestra.


Abre la puerta de la caballeriza. En el interior, una yegua reposa sobre su vientre. «¿Cómo has estado, preciosa?». La caricia de Fausto en su lomo la despierta. Ha montado al animal varias veces, durante veranos pasados. Pero la yegua se aparta de su mano; resopla y con ello parece alertar a sus vecinos. «Los animales saben —le decía su padre— los animales siempre saben».


En el interior del establo hay eco: son las risas del público disfrutando el espectáculo de los payasos. A Fausto tampoco le gustan porque piensa que no tienen gracia. Los animales, en cambio, son bellos y son nobles. En sus ojos el alma de la naturaleza. Por eso sabe que la yegua quiere que se marche y que los animales del establo están nerviosos. Retrocede, alejándose de ella. Se mira las manos. Piensa en cómo una decisión tan poco premeditada puede descomponer la vida.


—¿Qué haces aquí? —preguntan a sus espaldas.


Es su madre. La abraza al verla. Se deshace en llanto. No quiere que nadie más lo vea hacerlo. Nació hombre y, por ende, nada debe abatirle. No importa el miedo o el sufrimiento: un hombre debe imponerse una coraza contra el mundo. Fausto deja salir el llanto sobre el pecho de su madre. Ella se asusta porque siente en su frente la fiebre; le pregunta qué ha ocurrido, pero él solo quiere llorar.


Inés devuelve a Fausto a la casa; lo cambia de ropa, le lava la cara y lo sienta junto a ella en una mesa del patio. «Qué pena que te perdieras a los payasos, mijito —le dice—. Creo que estos sí te habrían encantado». Olvida —claro— que a él no solo no le gustan, sino que les teme. Inés siempre olvida muchas cosas. Y, mientras en el escenario un grupo de cumbia se despide de los invitados —tan complacidos, tan expectantes—, una amiga suya dice: «Qué guapo que está tu niño». Ella responde que le hace ilusión verlo cumplir la edad de Panchito y verlo hecho un adolescente. Fausto, no obstante, piensa en si cumplir esa edad, y ya no ser un niño, lo convertirá en lo que hoy ha descubierto que puede ser.


A la distancia, Narcisa toma el micrófono y dice: «Fuertes los aplausos». Y todos aplauden porque un mago sube a la tarima con su mono sentado en su hombro. Es flaco y tiene una capa roja; el mono, un sombrerito. Parece un mago de verdad y no un farsante de semáforo o autobús. Ni bien agradece al público por la bienvenida y desanuda un pañuelo con un solo soplo. Esta es la sorpresa de Narcisa. Los niños de la primera fila se asombran cuando enhebra argollas, pero, sobre todo, cuando el mono se mueve entre el público y saca cartas de los calcetines o las carteras de los invitados. ¿Cómo lo hace?, se preguntan todos. En las fiestas de los niños del pueblo nunca hay magos. Pocas familias podrían costear uno. Por eso Narcisa sabe que se hablará de su sorpresa por semanas. Klever, por ejemplo, no puede ocultar su asombro: ignora a Panchito, que ha alcanzado otro nivel en su videojuego, para no perderse el acto.


—Panchito es un malagradecido.


—¿Lo dices porque no mira al mago?


—Por todo. Ya no me cae tan bien Panchito, mami.


—Está creciendo, mijito —explica Inés—. Tal vez ya no tenga los mismos gustos que tú ni tampoco le gusten los magos.


—Panchito ya no es Panchito.


Y de repente una luz aparece en el escenario. El mago ha encendido una llama en la punta de su varita. Panchito deja a un lado el celular porque ciertamente le ha sorprendido el truco.


Una mano le revuelve el pelo a Fausto. Es Narcisa que ha venido a saludar.


—¡Qué maravilla, oye! —le dice Inés.


—Sabía que les gustaría, amiga.


Por un instante, Fausto mira al mago y su ayudante. Aplaude igual de fuerte que los demás niños en la fiesta. Le baja la fiebre y sonríe porque el mago —el talentoso mago, hay que decirlo— reta a su mono a copiar sus muecas y este las hace. El mono replica cada gesto en la cara del mago con precisión. Los invitados, por supuesto, ríen y ovacionan el espectáculo que el pueblo nunca antes ha visto.


El mago sabe que en la magia, como en el arte, hay que saber despedirse mirando a la audiencia desde la cúspide: partir siendo amado. Así, anuncia su último acto para el que saca un sombrero de copa de una bolsa; muestra su interior a los niños de la primera fila y, a continuación, se lo coloca en la cabeza y hace un baile que el mono imita. Hay quienes se levantan de sus mesas para bailar. El mago es tan simpático que no hay nadie en la fiesta que no lo escuche tan pronto solicita un participante. Se levantan muchas manos en el público. Los niños le ruegan que los elija, pero él concede la elección a su compañero. Narcisa está convencida de que el animal escogerá a Panchito. Después de todo, es su cumpleaños. «Ojalá que no se ahueve este chico», le comenta a Inés que sigue con la mirada al mono mientras camina entre la gente. Está segura de que Panchito será quien suba al escenario. Lo cierto es que el mono ignora la mesa de Panchito y sus amigos, se escabulle por debajo de los manteles y llega hasta la que comparten Narcisa, Inés, su amiga y Fausto. El mono trepa por el mantel, camina sobre los platos, mira a su jefe sobre la tarima y señala a Fausto con su dedo diminuto. Entonces, el mago pide un aplauso. «¡Mi camarada ha hecho su elección!», dice. Fausto siente las miradas de la gente sobre sí; a Klever detestándolo por ser el elegido. Lee en los labios de Panchito: «¿Qué chucha?».


—¡Acércate, muchacho! —le pide el mago.


El mono tira de la camiseta de Fausto, como diciéndole que hay prisa.


—Anda—susurra su madre—. Será divertido.


Él obedece. Sigue al mono hasta el escenario. Todos los invitados lo miran como se mira a una celebridad. Y en cierto modo lo es: el ayudante del mago lo ha elegido para acompañarlos en el acto final entre tantos otros niños. Debe ser algo asombroso, sospechan todos. Un mago del nivel que ha demostrado el hombre no podría permitirse otra cosa para el desenlace.


—Esto es un error—aclara Narcisa a sus invitados— Debe pensar que él es mi Panchito.


Ahora el mago pide silencio a su audiencia. El mono, que sostiene con su mano el sombrero, le entrega la varita. «¿Cuál es tu nombre, niño?», le pregunta. Está nervioso porque nunca lo habían visto tantos ojos a la vez. Responde en susurros. «¡Fausto será vuestro mago, damas y caballeros!», anuncia el mago. El mono aplaude; podría decirse, incluso, que está contento. Le entrega el sombrero a su jefe. El público comprende que el acto requiere silencio cuando el mago se pone el dedo índice sobre los labios.


Narcisa está enfadada. Es el día de Panchito. Él debería protagonizar el acto final y no Fausto. «Pero me van a oír», piensa ella.


La noche está estrellada. En el bosque, los animales duermen.


Narcisa quiere subir al escenario, tomar el micrófono y anunciarle al público que hay un error. Al verla acercarse, el mono le muestra los dientes: de ninguna manera le dejará impedir el acto.


El mago extiende el brazo que sostiene el sombrero. Con el otro sacude la varita. Susurra un conjuro. Y entonces, pétalos rojos salen del interior. Los niños de la primera fila los recogen con ilusión; abren bien sus ojos cuando ven un ramo salir del fondo que antes comprobaron hueco. El mago le dice al mono: «No seas grosero, compañero» y le entrega las flores a Narcisa. Ella se ruboriza con el obsequio y olvida por ello su disgusto; las señoras del pueblo suspiran. «Es un encanto», dicen. «De verdad que el mago es un encanto».


—Bien, Fausto. Es tu turno.


Todavía no entiende por qué, pero Fausto siente de nuevo el veneno de serpiente ardiéndole en las piernas. El mago le entrega el sombrero y le levanta el brazo en dirección al público.


—Repite el conjuro después de mí.


Y él obedece.


Esta vez no hay pétalos ni fuego. Los invitados murmuran entre sí, sin entender qué ha sucedido. También los niños quieren una respuesta: «¿Ha sido este el acto?», se preguntan. «Mete la mano en el sombrero, Fausto. Mete la mano en el sombrero», le oyen decirle a su elegido. Al niño que bien podrían haber sido ellos.


Pobres, que no saben que, en la magia, como en la vida, las casualidades no existen.


Fausto introduce su mano. El ardor en su cuerpo se agudiza al sentir, en el fondo, una materia babosa. Le asusta que sus dedos no puedan adivinar el objeto. La aparición, dirían los magos. Así, descubre moscas y gusanos subiéndole por el brazo.


Desde su mesa, Inés no ve los insectos, pero siente que algo no anda bien. Y aunque ellos sí pueden verlos, los niños de la primera fila insisten: «¿Qué es? ¿Qué es?». Hasta que Fausto por fin extrae la aparición del fondo del sombrero. El mago suelta el micrófono y las madres se apresuran a cubrirles los ojos a sus niños. La revelación deja al público absorto: un cadáver blanco, de huesos triturados y plumas secas. Y, a pesar de la podredumbre, hay quienes reconocen en él a un polluelo. Piensan que nadie debería conocer la muerte en su infancia y, no obstante, el bosque le ha mostrado a Fausto que sus manos pueden infundirla.


«No hagan tanta bomba, —dice Panchito—. Es un simple pájaro muerto». Fausto envidia su capacidad de que tantas cosas le importen tan poco.


Espera una instrucción del mago, que no llega; quiere que la escena no sea más que una alucinación. En su cabeza habla su padre: «Los animales saben —le susurra—, los animales siempre saben».


Este no es el acto que el mago había planeado. Por eso no tiene caso que Fausto espere algo de quien se aparta, asustado. No del polluelo muerto ni del acto fallido, sino del centenar de pájaros que, poco a poco, se posan sobre la valla que cerca el patio de la casa.

Un manto blanco se dibuja en el patio bajo el cielo nocturno.


Inés sube al escenario. «Ven, mijito —le dice a Fausto—. Suelta al animal». Pero es inútil. A Fausto le invade la misma quietud absoluta de los pájaros. Inés le sacude el brazo y el polluelo se cae.


De pie sobre la valla, los gansos miran a Fausto, a salvo bajo el brazo de su madre. Sobre el escenario, el cadáver de una cría. «Ojalá no te hubieras ido, papito», susurra él, que, por un instante, imagina a los pájaros devorando su carne a picotazos. Sus lenguas abriéndose paso entre sus tejidos.


Pero nada de eso sucede: los gansos no hacen otra cosa que mirarlo.

Fausto, su madre, y el ayudante del mago —el mono, que aplaude como si el dolor de un niño fuese un espectáculo— permanecen sobre el escenario, del que los invitados no pueden apartar sus ojos.


Nada podrá borrar esta estancia en el pueblo de la vida de Fausto.


Este, el último día de la infancia.

*Tomado del libro Una boca sin dientes (La Caída, 2022).




Jorge Vargas Chavarría (Guayaquil, Ecuador, 1992)

Es escritor, educador e ingeniero químico. Ha publicado los libros de cuentos Aquí empieza lo extraño (Serenity, 2016) y Las cosas que no decimos (Casa de la Cultura, 2018). Sus textos integran, entre varias, las antologías Despertar de la Hydra: antología del nuevo cuento ecuatoriano (La Caída, 2017) y Antología iberoamericana de microcuento (Torre de papel, 2017). En 2020, resultó ganador del V Concurso literario de microcuento de la UNAE. Una boca sin dientes (La Caída, 2022) es su último libro.