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(fragmento de novela)

'Empezar a olvidarte'

Montserrat Martorell

Número revista:

6

Esta es una historia sobre la muerte. Y no sobre cualquier muerto. Es sobre nuestra muerte. La tuya. La que te va a tocar a ti. La que no conoces. La que no conoces todavía. La que van a decir los otros cuando pregunten: ¿qué pasó con él? La que va a tener la culpa de sacarte del mundo con unos determinados años, con un determinado peso, con un determinado oficio, con un determinado estado civil. Con arrugas y sin arrugas, con hijos o sin hijos, con ganas o pocas ganas de estar acá, de estar aquí.


Tenía treinta y siete años el día que me morí. No me importaba la muerte. No era un tema, menos una energía que pisara mi sombra. Quizás, como para todos, significaba una promesa rota, el anhelo, la luna morada, la casa en el árbol. Si me preguntaron alguna vez si iba a tener una vida corta o larga, no me preocupé. Tenía un abuelo que había muerto con 62. Otro que tenía 96. ¿Acaso puedo sacar una estadística de cuánto voy a vivir a partir de las edades de los otros? Durante casi cuatro décadas conocí gente que fue desapareciendo. Vivir implica eso: despedirse. Amigos que se mueren de cáncer, amigos que son atropellados, amigos que tuvieron accidentes adentro de una micro, de un auto, de un helicóptero. Amigos que sufrieron enfermedades raras, ataques al corazón, suicidios que nadie vio venir porque ni siquiera el que lo hace tiene una idea muy establecida de cuándo es un buen momento para hacerlo. Probablemente no lo haya. Y eso es lo curioso. Puede ser cualquier día de tu vida. También está esa gente a la que le perdiste la pista y después de un tiempo te enteraste de que ya no existen y sin embargo nunca se terminan de ir del todo; su ausencia solo las reviste de una fuerza que no tenían cuando te las podías encontrar en la calle. Qué decir de los vivos que parece que están muertos. Esa extraña gente o especie que no figura en redes sociales. Que pones su nombre en el buscador de Google y no logras dar con nada. Veinte años sin saber de ella, de él. Desconoces si tuvo hijos, si se casó, si fue feliz, pero de repente lo ves de lejos, quizás en un vagón de metro, y en vez de acercarte a preguntarle aquellas cosas que no tienes cómo saber, aceleras el paso en dirección contraria. No lo vas a volver a ver nunca. Y lo sabes, pero no te da pena, tampoco te importa demasiado. Si hay un espacio de verdad en todas estas cosas es que nuestros afectos están cada vez más inmóviles, cada vez más individualizados, cada vez más truncados por el contacto parsimonioso que tiene la tecnología sobre nuestros rastros. Sin embargo, esos encuentros insinceros y poco elaborados, que no alcanzan a configurar ninguna tela de realidad, nacen también de las preguntas horizontales, esas que te haces cuando estás acostado, sobre tu cama, debajo de las sábanas, solo o acompañado. Yo vengo de esas preguntas. Y las repaso. Y las muerdo. Y las aglutino, lentamente, cerca de mi garganta.


¿Cuántas cosas dejamos pasar durante una vida relativamente larga? ¿Cuántas caras? ¿Rostros? ¿Señales de idas y vueltas? ¿Despedidas? ¿Cuántas cosas terminan por ordenarse en nuestra cabeza como un llanto sereno y anunciante que tiene el nombre de una palabra que desconocemos, que trizamos, que rompemos? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que dejemos ir a una persona? ¿Para conocerla? ¿Para enamorarse? ¿Y el olvido? ¿Queda en algún lugar? ¿A dónde van todas esas cosas?


El mar debería estar en alguna parte. El mar debería estar entre tus partes.


El día que nos vamos a morir. El día que vamos a dejar de creer. El día que vamos a decir la verdad: te engañé/ya no te quiero/no quiero seguir/no quiero ser madre/no quiero ser padre/ no quiero ser hijo. Me aburrí de ti, de lo nuestro, de los demás. Me aburrí de que no me dejaras ser. Me aburrí de las relaciones forzadas, de los vínculos obligatorios. De compartir tu cama, de mirar tus pupilas vacías. De quemarme por dentro. De la espera inútil que es a veces el sacrificio humano de aquello que no nos pertenece.


Romperme en mil fragmentos, en mil pedazos que caen detrás de la ventana de un avión que muestra una isla, tus ojos, las pestañas infinitas, delgadas, infinitas, delgadas, dormidas. Dejarse ir. Ola abajo. Mar abajo. Contar segundos, deshacer segundos. Lunas de papel. Imaginarias. Semidormidas. Tiempo espacial que no tiene extraños.


Algún día me voy a morir. Algún día todos nos vamos a morir. ¿Y si solo faltaran tres días?


No puedo escribir con el corazón caliente. No salen las ideas. Brotan palabras, emociones, luciérnagas vacías que corren debajo de tu espacio, luciérnagas que se esconden, que temen la penumbra, que se inquietan intentando no mostrar lo que son, lo que callan.


Encontrarme con Dolores. Desear a Dolores. Querer meterla a mi cama. Sentirla suavemente. Aunque sepa que no va a funcionar, pero saber/saber/saber que las costras de nuestra relación caen como caen pedazos de algo que está muy roto.


Y sin embargo está ahí, agonizando, conmigo, su cuerpo blanco hablando, hablándome, diciendo lo que quiere y no quiere, exigiendo. Y es perfecta. Quizás perfecta para mí. Pero no la veo. No me veo. No la toco. No podemos estar juntos porque la guerra es también silenciosa.

Dormir entre dos puertas, entre dos vidas, sabiendo que algo va a pasar. Algo que se supone importante, pero no pasa nada. Hace mucho que no pasa nada. Y eso debería ser suficiente.


Cuatro meses después entro por la misma puerta que salí cuatro meses antes. Dolores no ha hecho ningún cambio todavía. Sigue acá, igual que la lámpara, el sofá y el cuadro de mi viejo. También muchas de mis cosas que mis amigos dicen que le debería pedir y no le pido. No vivimos tanto tiempo juntos o quizás sí. Cinco años. Nos íbamos a cambiar pronto. O eso me parece que hablamos las últimas veces. Tener más espacio. Querer más espacio. Tener tiempo para tener hijos. Tener plata para tener hijos. Tener tiempo y tener plata y volver a tener tiempo. Alcanzamos a ver dos departamentos. Hasta que pasó lo del piano. Piano que yo tocaba y que es mío y que es de mi familia y que te deberías traer a la casa, me recuerda mi mamá día por medio. Debería. Pero a veces debería hacer también tantas otras cosas.


Me he juntado con Dolores dos o tres veces después del incidente. No se saca nada. Los rencores que dejan las rupturas son grandes y pesan. Siempre. Esa es una regla. La primera en el amor.


Si están pensando que su nombre duele, duele, pero la historia es más simple que su nombre: llegué más temprano a la casa (eso suena como una maldita obsesión en la cabeza). No entró la llave y la llave siempre entra. No entró la llave por segunda vez. Qué raro, siempre está abierto. Clac clac. Ahora sí. Avanzo desde la puerta al pasillo y del pasillo al living que está a la derecha. Siento un ruido, un gemido familiar y sigo caminando. Voy despacio. Prendo la luz y escucho muy al fondo, pero rozándome la oreja, un gemido, el de Dolores. ¿Un gemido? Sí, eso dije, un gemido. Viene desde nuestra cama. No. No es nuestra cama. Viene de la habitación donde yo toco a veces el piano. Sigo caminando medio aturdido porque todavía no descifro qué está pasando. O sí. Otra vez sí. La puerta está semijunta. La puerta de mi escritorio está semijunta. No hay necesidad de abrirla. Se ve todo. Mi mujer o Dolores encima de un tipo que me cuesta reconocer, pero que conozco porque es compañero de ella, de su oficina. Follando. Follándola. Mi mujer me engaña con otro. Mi mujer se acuesta con otro. Mi mujer.


Le rompería la cara, es lo que primero pienso. Lo segundo es una sensación de vértigo, de irrealidad. Me quedo inmóvil, casi parece que me estoy mirando desde afuera. No hago nada. Corrección: elijo no hacer nada. La escena es de por sí muy patética. Y yo si algo que jamás he sido es patético. Me agobia el ridículo, hacer el ridículo. No soy tímido, parece que sí, pero no lo soy.


Soy bajo perfil, ensimismado. Me gusta el poder, tener el poder, tener el control. Eres autoritario, me decía siempre ella. No sé qué tan autoritario fui. Pienso que me faltó autoridad. Lola te paseó, me dijo la mina con la que estoy saliendo hace poco. Me quedé callado. No suelo hablar mal de Dolores. No suelo hablar mal de ninguna de las mujeres que fueron mis parejas. Lo entiendo como un pacto tácito. Hay que ser leal. O hay que intentarlo al menos. Pero no puedo negar que me duele, que me despierto en las mañanas con esa sensación de haber dormido mal, de enfrentarme a la puta realidad cotidiana, de ducharme en piloto automático, de darme cuenta que estoy viviendo, otra vez, en la casa de mi vieja, en la pieza que tenía cuando era chico, en la pieza que habité sin ser consciente de nada. Sigo enojado. El recuerdo persiste. El piano, el olor, las ventanas cerradas, los gritos, la respiración, la sombra del cuerpo de uno sobre otro. Las cosas buenas. El recuerdo de mis últimas noches de sexo con ella: sus besos, sus palabras, la sensación que tenía cuando me desplomaba después del orgasmo y sentía que mi semen la cubría. El sentimiento de pertenencia, de saber hacer bien las cosas, de conocernos mucho. Y el mundo exterior: la familia que habla y dictamina. Los amigos que te dicen que no puedes perdonar, tú que no puedes perdonar, mis cuatro meses como soltero viviendo de allegado acá, donde mi hermana, donde un primo. Los fines de semana en la playa, en Tunquén, sentado sobre la chimenea y mirando los nueve negritos que decoró mi mamá hace unos años y que siento que si me quedo dormido me entierran el puñal. La vida como algo que no es mío. Que poco tengo que hacer. No, no me lo esperaba. La rabia de la infidelidad, de la obsesión, de preguntarse qué había pasado, por qué no habló si estaba todo tan mal. El silencio.


La escena en mi cabeza, cada noche, como repitiéndola, como repasándola por si me encuentro con nuevos detalles porque, ¿qué hace uno en una situación como esa? Irse. Fue lo mejor que podrías haber hecho, me dijo una amiga varias semanas después. El incidente. La wea del piano. Así me gusta llamarlo. Así lo llamamos todos. El incidente del trece de mayo. A veces la escena me excita. Puedo masturbarme pensando en eso, puedo tener un orgasmo con la imagen de ella y de él en mi cabeza. Después viene lo obvio, la pena, la rabia, la frustración. Las ganas de querer tirar todo a la mierda. El miedo de sentir que me estoy volviendo loco.


“Estás desolado”, me digo a mí mismo. Esa es la palabra que tienes adentro, debajo de todo, detrás de la camisa, de la chaqueta, de la corbata, adentro de la billetera. “Estás desolado”. No siento que hayamos estado pasando una crisis. No creo ser un tipo conflictivo. Y no lo eres, me dijo Lola, pero estabas ausente, desconectado, con pocas ganas, con poca motivación. Yo me sentía sola. No me parece que eso sea una razón para meterse con el compañero de oficina. Eso te demuestra, insistía ella, que era algo aleatorio, que lo iba a hacer con el primero que se acercara. Jugar, coquetear, que me dijeran que era linda, que me dijeran que estaba rica. Yo te lo decía siempre. A tus maneras, a tus maneras. Esas maneras mías, por cierto, eran muy silenciosas. Se lo decía cuando hacíamos el amor, cuando la miraba, cuando le sonreía.


No soy un tipo demostrativo. No soy de estar llamando por teléfono cuando me toca viajar, no soy de decirle, así, sin previo aviso, que la quiero. Pero hacía otras cosas que ella decía que valoraba. No estoy para tirarme flores, pero me gustaba escucharla y si uno quería querer a Lola tenía que hacer eso. Ella hablaba primero. Probablemente por eso quiere que sigamos hablando y habla de psicólogos y psicólogas y psiquiatras y casos de parejas que les pasó lo mismo y que se perdonaron y que hoy están juntas. Que llevan treinta años. No puedo perdonarla. Sería falso. No sería yo. Mi negación para hacer algo por los dos ha sido absoluta. No quiero. No tengo ganas. Para qué. Lola insiste en eso, insiste con sus mails, sus llamadas, sus mensajes. Insiste hasta ahora, cuatro meses después, cuando no le veo sentido a lo que ella dice porque algo en mí se rompió o dejó de estar. No tengo ganas de seguir con ella, de intentarlo.


Hay días que olvido. Hay días que la obsesión disminuye, va perdiendo fuerza. Días que no repaso la idea en mi cabeza. La vivo solo, la converso solo, la dejo ir sola. Para ella no. Para ella todo depende de nosotros. Para ella hacen falta cosas: que me explique, que me diga, que la escuche. No te quiero escuchar, Dolores. “Es que no tuvimos nada, fue esa vez, una vez”. No quiero detalles. Son innecesarios. Puedes estar con él ahora. No quiero estar con él. Nunca quise. Vino a buscar unos papeles, me pidió ir al baño, después se sentó en el sillón, me preguntó si tenía café. Tú sabías que yo no iba a llegar. Yo sabía, pero no tenía intenciones. No sé cómo terminó pasando. Fue la primera vez. Me preguntó si me gustaba la música, le dije que sí, que tú habías estudiado en la universidad, antes de ingeniería. Que era tu pasión. Le sorprendió. ¿Le sorprendió porque cree que soy un imbécil? Le sorprendió que tuvieras esa veta artística. Me preguntó qué instrumento tocabas. Le dije que la guitarra, el violín, la flauta traversa… ¿y el piano? ¿Le dijiste el piano? Sí. Me pregunto si teníamos uno. Le conté que habías heredado el de tu abuela. Me pidió mostrármelo y cuando estábamos entrando a la pieza me agarró por la cintura, me tiró para atrás y me empezó a dar un beso. No tuve tiempo de reacción. Te juro por mis papás que no lo pensé. Solo pasó. Solo pasó.


Cuatro meses después entro por la misma puerta que salí cuatro meses antes. Lola siempre (no digas tanto siempre, me dice mi vieja) ha sido muy flaca. Ahora parece más. Se ve bien, pero no tanto. Me abre la puerta, sonríe. Esa sonrisa que lo puede todo. Lo podía todo, me corrijo a mí mismo.

*Cortesía de Editorial Turbina (2021)