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Adelanto novela

Episodio II - Sushi

Francisco X. Estrella

Número revista:

4

II


Inserto la tarjeta en la ranura y la autopista se abre en su interminable soledad. Débora mira, escéptica, los lentes redondos Persol que siempre quise y ahora llevo, sobre un fondo de palmeras y montañas a la luz de un martes que transparenta la piel. ¿Son nuevos? ¿Cuánto te costaron? Ejem…, muy caro. Mientras guío, el polvo de piedra de las canteras viaja por el aire de páramo de la meseta en que se extiende el aeropuerto. Advierto sus pupilas en mis sienes, su reproche, sus reclamos en mi silueta de dios implacable. Sus ojos suelen achinarse con el enfado, escruto su nariz respingona. Cuatrocientos dólares que podrías haber usado en pagar el impuesto: es demasiado. Demasiado. Su avión aterrizó con minutos de retraso, a la una y quince del día siete de enero. Ha traído cinco maletas con exceso de equipaje por más de cien dólares y en el andén lleva de la mano a Óscar que tiene mucha hambre. Nos detendremos a comprarle un rollo.


Quiero ir a Miami y traer ropa para Óscar. Lo hablé con mi prima y podemos ir en agosto, en vacaciones. No hemos abierto aún las maletas y planea viajar otra vez. Estuvimos fuera quince días, como todos los años en Navidad. Regresé un par de días antes para revisar papeles, instruir a los más confiables y he venido a recoger a Débora y a mi hijo. Enero, el año comienza. Su beso de rigor transmite la temperatura de una rana en el estanque al vernos en el aeropuerto. Nunca supe que su cuerpo o su rostro había revestido necesidad, apremio, instinto para mí. Débora es abogada de una empresa de aduanas y suele estar ocupada, ostensiblemente ocupada; practica fitness, ha perdido peso, unas veinte libras. El espacio que antes era ocupado por redondeces ahora ha rendido en potencia, según se dice, como un mundo que perdió su forma primigenia y camina hoy hacia el artificio.


Tendré reuniones el resto del día al llegar a la ciudad, rápidas y eficaces conversaciones acerca de lo que debemos hacer. Trabajo con cuatro personas para un cliente. La precisión es importante, pero el corazón de nuestro trabajo es convencer, el arte de persuadir. Debemos mentir con temeridad y decir la verdad con hiriente convicción, construir el tipo de revelaciones que indignen a las personas como se indignan las mujerzuelas. No vuelvo mucho a casa y el poco tiempo en ella me lo paso con teléfonos en mano y llamadas incesantes. La noche de un viernes, hace un mes, me recogí, cansado y  expectante, y vagué entre las imágenes de la pantalla hasta encontrar algo en el Animal Planet. El rostro de un macaco diminuto en cincuenta pulgadas fue lo último que recuerdo, no sé cuándo me dormí, cuándo apagué el aparato. Quizá desde lejos llegaron a mis oídos estertores de hojas de araucaria sobre los adoquines del garaje, durante el sueño, tal vez. A la mañana siguiente, la luz parecía tomar cuerpo tras las cortinas cerradas; observo el perfil cerúleo de mi esposa Débora, con el teléfono celular en la mano, incorporada en el almohadón escasos minutos antes de las seis de la mañana. Ha muerto, dice. Qué bueno que haya muerto, digo yo, y me escondo bajo la almohada. Pero en menos de un segundo me pongo de pie: el dictador Castro ha muerto, deberemos escribir las palabras para el viaje y las exequias. Llamo a mi jefe de redacción: Castro ha muerto, ¿sabías? Es sábado, noviembre de algún año.


La casa en que despertamos ella y yo ha sido avaluada en 240 mil dólares. Contrajimos deudas con el Banco Nacional, que recibe nuestro dinero mes a mes desde hace diez años. Nuestro primer automóvil, un Volkswagen, costó menos de la décima parte de esta casa de casi 200 metros cuadrados de construcción. Tardamos cinco años en enderezar el rumbo y comprarla. Antes hubiera sido posible huir, pero ahora es algo fuera de toda consideración; escapar es la hipótesis de un juego más allá de exigencias y ataduras, en los extramuros del banco y la tranquilidad. La escapatoria es, estoy seguro, una bomba.


Óscar goza de la impunidad de quien se queja. Ha dormido mal en el avión, seguramente no más de una hora en las rodillas de Débora. Es vigoroso, somnoliento, insatisfecho, inquietante. Nunca deja de sugerir un enigma, las situaciones cotidianas encienden desesperación en él. No hay alegría, viaje, frustración o risa que no termine con un Óscar desesperado y dudoso, con un niño frágil e interrogante, una incógnita. Ahora necesita una proteína, pastillas y algo que llevarse a la boca. Nada importante, nada grave, nada que temer, solo estar atento y darle de comer.


Los sucesos se mueven con lentitud, sin compás; el oscilar de esta barca opera sobre un negro mar de plástico. Todo ha sido medido en la casa a la que nos dirigimos: los granos en los frascos, la alacena, el azúcar en recipientes de tapas verdes, las aceitunas negras en el refrigerador, la variedad de quesos como quien desea atender gustos y horas, siempre a tiempo, siempre dispendio; los recibos de los servicios a un costado de la mesa; los recuerdos de viajes por el mundo en la puerta del refrigerador, ordenados en eras y continentes sobre los cimientos de esta casa de tres plantas levantada en un antiguo desagüe de la ladera donde el barrio creció hace sesenta años. Son láminas de tierra y granitos sedimentados, capas que, según me han dicho, aún son jóvenes y podrían resquebrajarse; son aguas subterráneas que no han dejado de desplazarse debajo de vetas nuevas bajo nuestros pies.


Débora nunca había usado uñas postizas. Pero ahora observo, mientras acaricio su mano al conducir por la autopista, que se ha colocado un manojo con motivos de máscaras africanas color marrón, diminutos demonios con puntos blancos alrededor de los ojos y las bocas fruncidas. Una querida me dijo, una tarde de sexo, que si un día Débora llegase a saber que yo amaba a otra, se marcaría con tatuajes el cuerpo y mutilaría su pelo como un niño. La mano que acaricio al dejar libre la palanca de cambios es lánguida y sin sangre bajo la mía, la mano de mi Débora. Los avisos en la vía invitan a gasolineras y restaurantes a la vera del camino, a hostales por horas y criaderos de abejas al pie del árbol que domina la meseta, cuyo tronco se desgaja en tiras y muestra la piel sonrosada y joven de la madera nueva, el rejuvenecer constante de los eucaliptos. Un tropiezo al tomar el redondel que abre la vía principal a la ciudad nos desvía por el camino de un pueblo del que tuve noticia cuando niño pero que no he visto más de dos veces, como un desvío en mi ruta hacia el equilibrio. Andamos doscientos metros en la vía del pueblo hasta que, con desgano, Débora hace mía su inquietud y la desesperación de Óscar por comer. Ella y yo hemos compaginado el resentimiento: conocemos las defensas del otro, las tensamos como cuerdas a punto de romperse, como amenazas de un niño que desconoce la moral, el miedo de quien teme el latido del otro pero más teme a su silencio. Nada pasará, supongo, no habrá tatuajes ni jirones en la piel de Débora, la esposa, mi esposa: no creo que yo pueda amar a nadie, como no la amé en su momento ni amaré a nadie en las grietas de un domingo. Giro en U para tomar el destino correcto al volante del Peugeot. Débora, con gafas hexagonales muy grandes, heredadas de la madre, del estilo que yo le enseñé a usar hace años, dice acerca del camino y mis palos de ciego al guiar:


Siempre equivocas el rumbo. Siempre.