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Cuento

Extraña hendidura

Sylvia Miranda

Número revista:

4

Dejemos hablar al viento 

J. C. Onetti 


El verano ha vuelto a esta cala perdida, se dijo ella mientras continuaba  pintando desde la zona donde la arena comienza a encontrar el camino  firme, a una altura considerable, un excelente panorama que englobaba armoniosamente este trozo del Mediterráneo. Desde hace ya varias horas,  los niños juegan con sus pelotas de colores, con sus cometas de pájaros  exóticos al borde del agua; las mujeres muestran sus torneadas piernas  detrás de sus sombrillas coloreadas, mientras miran a sus hombres jugando a la paleta. En sus gafas de sol, ellas esconden sus pensamientos que frente a este espectáculo crecen, se vuelven intensos.  


Al fondo, los veleros, invisiblemente atados, son movidos por una marea  suave y constante de aguas cristalinas verdiazules, llenas de sal y de vida.  Pinto este olor salino y dorado, se dijo, esta brisa ligera que de tanto en  tanto me trae el color de risas desconocidas, manchas esparcidas en  precavido concierto; manchas, solo manchas que se humanizan. Sigo  buscando el movimiento: lo que reverbera en el sólido arenal persiguiendo el artilugio, la materia que habla, la materia que se humaniza.  


En esta tierra caliente de volcanes dormidos, de apacibles veraneantes,  todo sigue siendo extremo. La raíz se desgaja del barbecho ardiente, las uvas nacen de las cenizas, el viento que no ceja en mudanzas; sin embargo,  cuánto carga, cuánto pesa… como aquella borrasca que se aproxima, que  sopla y se anuncia en este aire frío que va llegando. ¿Partir? ¿No partir?,  dudaba. Se dibuja también sobre el lienzo una extraña hendidura, como una sombra naranja, un reflejo extraño de la luz, una forma que emerge de la tela misma que termina abriéndose, invitando al paso… ¿Entrar? ¿Atravesar la puerta que se ofrece?


Al otro lado… era, era, era una ciudad lejana; la puerta se abría a un antiguo bar cuyo estado de abandono era más que ostensible. No solo el tiempo había impreso su sabia pátina en cada silla, en cada mesa, en los  descascarados espejos de mercurio, en las baldosas que guardaban un brillo singular y perdido en medio de tanto desgaste del tiempo; también cierta luz sepia parecía hablar de otra vida. A lo lejos se escuchaba la bulla,  los trasiegos de un mercado de abastos entre los arcos de unos portales  cercanos, gente hablando lenta y desprejuiciada bajo el sol.  


Ella no lo sabía, pero había llegado al Sur, a otro Sur, a la tierra del viento,  había llegado a Santa María, al negocio de Barrientos, ese Barrientos que  había sobrevivido a todo, al mismo Medina. Pero ella no sabía quiénes eran, no sabía nada de todo aquello, de ese mar, de esa ciudad polvorosa, un auténtico far west. Tomó asiento en una de aquellas mesas, detrás de otra que estaba ocupada por dos hombres mayores, dos viejos. Un muchacho apareció con una botella de caña. Uno de los hombres, el más desgarbado, el más  viejo, el más basto, le arrebató la botella casi al vuelo, una botella de contrabando, de las suyas. Era Barrientos, el jefe. Llenó las dos pequeñas copas que yacían sobre la mesa, una frente a la otra. Del otro hombre solo podía ver la espalda, pero se desprendía de él un aire extranjero, guardaba una cierta compostura, una hermosa cabellera blanca bien cortada. Debió ser gallardo en sus tiempos, se dijo, y ahora estaba visiblemente incómodo. 


― Aquí está el cuaderno del que le hablé ―le dijo Barrientos sacándolo  del bolsillo de la raída chaqueta y poniéndolo sobre la mesa. El hombre lo cogió, lo abrió, hizo un gesto de reconocer la letra y lo cerró. Era bien la letra de Fina. 


― Gracias ―dijo al fin. 


― Es suyo ―dijo Barrientos como si cumpliera con un mandato. 


― ¿Lo ha leído? ―preguntó el hombre con una voz cortante.


― ¿Qué quiere que le diga? ―repuso Barrientos, con su cara de sapo y  

ese tono de sabandija conciliadora. Un profesional hijo de puta, como  diría Medina―. Lo he leído. Sabe, usted, en esos tiempos no había nada de nada, nada qué hacer… Mi mujer tan enferma como estuvo siempre, terminó cayendo, ella también, frente al Covid. La embarcó en menos de cuatro días. De nada sirvieron las mascarillas, los guantes que aquí pude conseguir con mis contactos. La señora Fina hacía ya tres semanas que estaba con nosotros, le habíamos alquilado el ala derecha de la casa. Nos saludábamos al cruzarnos en la entrada, aquí mismo. Pero siempre mantuvimos la distancia. Allí se acomodó. Durante todo el tiempo que estuvo aquí fue nuestra única entrada económica, porque por aquí no pisaban ni los gatos. 


― ¿Y estaba siempre sola?  ―inquirió el hombre. 


― No. Pronto encontró una vieja amiga, otra de las tantas queridas de  Medina, que tenía un pequeño negocio de venta de baratijas, ya sabe, collares, pañuelos, esas cosas en que se gastan los cobres las mujeres. Para ese entonces, el comisario Medina ya había muerto. El canalla no pudo sortear lo invisible. Partió de los primeros. Mejor para él, así no pudo ver nada de lo que pasó aquí. La gente moría como moscas, los mercados se infectaron, nada alcanzaba, ni morgues ni ataúdes… 


― Entonces, ella no encontró a Medina… 


― No, pero una tarde, los primeros días, hablamos de él. Sabía que yo lo conocía bien. Quería saber cómo había muerto. Yo la recordaba a ella vagamente, de cuando era muchacha y andaba liada con  Medina… 


― ¿Lo incineraron? ―preguntó el hombre para evitar que continuara. 


― Como a cientos, como a ella. Al final ella pudo alcanzarlo allá en el  mar. Ambos habían pedido eso, que echaran sus cenizas al mar… Qué romántico, ¿no? Y ya sabe usted cómo es aquí la gente, medio desastrosa, pero cumplimos los juramentos. Yo fui con Adela al peñón y cumplimos con la difunta. Todo lo demás lo quemaron luego las brigadas de desinfección. Yo guardé su diario, allí lo tiene, allí encontré su tarjeta. 


― Gracias ―dijo el hombre mientras ponía la palma de su mano derecha  sobre el cuaderno. 


― ¡Échese ese trago! Le vendrá bien ―lo conminó Barrientos con un gesto de su mano rechoncha. El hombre lo bebió de un solo golpe y se puso de pie con ánimo de partir. Barrientos hizo lo propio, aunque con dificultad para erguir el cuerpo sobre las débiles piernas. 


Fue en ese momento en que ella, como sonámbula, se puso también de  pie y se dirigió hacia ellos cogiendo el cuaderno entre sus manos. El  cuaderno brillaba con una suave luz que poco a poco se hizo más  intensa, más abrasadora. No veía ni al viejo Barrientos ni al hombre, solo una enorme luz que lo cegaba todo.  


Cuando despertó de esa conmoción, ya casi no había nadie en la playa, los últimos bañistas estaban recogiendo desesperadamente sus toallas, unos corrían por el camino sembrado de polvo, otros iban directamente hacia el parking por sus carros y abandonaban la cala. Como pudo, la hija de Fina hizo lo mismo, se colgó el bolso en bandolera, recogió sus pinturas y pinceles en un saco, reunió la toalla y las sandalias que permanecían desperdigadas, levantó el lienzo que estaba borroneado por el viento y la lluvia, y allí lo vio: era el cuaderno, con su brillo mustio del principio, estaba allí. Lo cogió con ternura y lo puso en el bolso. En ese instante la playa ya estaba vacía, su móvil comenzó a sonar, tardó en encontrarlo, abrió el mensaje: “Buenos días, informamos que se encuentra en medio de una tormenta, en la cala número 48 del distrito D. Se aconseja abandonar el lugar. Toque 1 para aceptar, de lo contrario un dispositivo será puesto en alerta. Gracias”. Frente a ella comenzaba a escampar pero apenas si importaba.