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Microcuentos

'Gorjeo primario' y dos microcuentos

Karla Armas

Número revista:

5

Hipérbole


La cuna de roble de mi abuela, ex barril de cerveza, ex árbol de la casa, ha comenzado a moverse. La arrullo, pero tiene pesadillas. Le cuento el cuento del pájaro, le hablo en fotos. Me pide agua bendita, le paso de la llave. Bailo. Ella es torpe, pero intenta. Dos atrás, uno a un lado. ¿Cuál?, me pregunta.  Abre los ojos de ángel tallado en la cabecera y solita da vuelta a la izquierda. Bota todo a su paso. No exagere el paso, cuna, le grito desde la esquina del cuarto. Parece sorda. La cuna para en seco, viene hacia mí con las patas donde los taninos han exudado varias veces en estos años. Se para al oír gente llegar. ¿Le presento? ¿O se queda quieta hasta que yo regrese?





Archivos de último cajón


Miércoles 11:11, Día 13, Paciente P.: Día y noche esa televisión pasaba prendida. No importaba el dolor de cabeza o la desconexión que tenía con ella. Nunca se apagó. Intenté desconectarla. No funcionó. La pantalla se mostraba obscena ante mí. Entre el miedo de que me haya vuelto loco y entender que ella necesitaba que la viera, pasaron tres días. Luego solo me dediqué a limpiarla, mirarla todo lo que podía. Las noticias parecían empezar a hablarme. Si yo pensaba en salir, me contaba de los contagios extraños de Hong Kong. Si me ponía triste, empezaba inmediatamente una noticia sobre las bondades de una anciana en Luisiana que atiende a animales en medio del campo. Me enamoré sin darme cuenta. Fue cuestión de tiempo para que ella me pidiera los ojos como ofrenda.


No dolió sacármelos, pero, como verá, doctor, no logro cicatrizar del todo el izquierdo.





Gorjeo primario


Señores y señoras, buenas tardes. Quizá se pregunten qué hago en este congreso. Debo confesar que tampoco estoy seguro de por qué estoy aquí.


Nunca he tenido intención de fama o crédito alguno, ni siquiera de alguna recompensa de ningún tipo. Mi vida ha carecido de significado en cualquier sentido.


He caminado por la acera con el calor del sol en mis vértebras y, aun así, esa experiencia no ha contribuido a ningún leve afán de impulso por ser más que una criatura que sobrevive, como un perro callejero o una lagartija.


Soy de esas personas sin alteraciones importantes en su planificación, que no tienen ningún problema en admitirlo. Mis placeres sensoriales se reducen a la complacencia de mi paladar con café negro en la mañana y de mi tacto con el agua caliente de la ducha. Todo lo demás me está desprovisto de emoción. No tengo preferencia por una u otra comida, si es que las mismas tienen proporciones medianamente correctas de sal o dulce. El amor tampoco me ha sido especialmente favorable y la mayoría de las veces rechazo el contacto humano o animal.


Si estoy aquí, es porque, hace un año, se produjo un acontecimiento que provocó en mi rutina un ligero cambio.


Esa mañana, mi madre, templo del saber, me llamó como de costumbre a mi teléfono celular para contarme un sueño: ella embarazada brillaba en medio del vacío. Esa frase despertó en mí calambres estomacales; razón por la cual, tuve que interrumpirle para explicar una vez más que, aunque no tengo nada por lo que ella pudiera enorgullecerse y lamento que su seguro episodio de psicosis haya devenido en ese sueño, sugiero que encuentre alegrías en sus múltiples actividades sociales, para después colgar inmediatamente.


Fue en ese momento que el cable aún conectado a la corriente produjo un aumento de voltaje que atravesando el teléfono llegó a mis tímpanos provocando una explosión que devino en una sordera instantánea.


La sordera en mi adultez no interfiere en mi capacidad de habla, pero ese hecho no tiene nada de inusual. Perder mi capacidad auditiva en un noventa y seis por ciento ha agudizado ese cuatro por ciento que sigue activo de extraña manera, pues me permite escuchar a la gente, únicamente, cuando canta. Tanto si es alto y con energía o muy bajito pero entonado.


Después del primer susto y respectivos exámenes, busqué la manera de adaptar mi nueva condición a la rutina sin molestar a nadie, dejando el hecho de escuchar cantos como algo providencial para mí. El único aspecto que me embelesa ahora es comprender con cierta exactitud los sonidos que emiten muchos animales. Eso y la alegría súbita que me produce uno que otro canto inesperado en medio del silencio absoluto de mi sala.


En fin, para no alargar esta intervención, bástame decir que hace unos meses me arriesgué a comprar un cancionero de la música favorita de mi madre; practico cada día a escucharme a mí mismo en un canto que viene, sobre todo, de la memoria de la infancia y las eternas fiestas de mi casa primera.


Son cortísimos los segundos en que mi voz responde con cierta nota que hace que mi piel se estremezca con esta especie de trino lejano.

Fue uno de sus colegas, amigo de la familia, quien me trajo aquí muy a pesar de mis constantes negaciones, que vienen del hecho de creer que es prematura cualquier investigación, dado el poco grado de experimentación que tengo con mi porcentaje de audición. Pero quién soy yo para afirmar esto frente a ustedes con mi torpe voz, que cada vez se parece más a un gorjeo primario.


Con esto me despido. Tienen ustedes la palabra.