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Cuento

INERCIAS

René Gordillo Vinueza

Número revista:

4

De compras


Un gran supermercado, todo ordenado y limpio, a la entrada cientos de carros apilados para que la gente los tome y no tengan que cargar con el peso de su trabajo. Qué triste se siente uno al tomar el manubrio de uno de estos cochecitos. El trabajo se cambia por energía y la energía que gastamos por papel con imágenes y monedas de metal, por cierto que no sabemos qué metal es este. En la antigüedad eran de oro o plata, lo cual resultaba más estimulante a la hora de hacer transacciones comerciales. Incluso tenían más valor, se los podía guardar, no tanto por lo que representaban, sino por lo que eran. Sin embargo, el concepto es el mismo. Solo Virgilio merece ser perdonado, ¿sabía usted que el poeta gastó el equivalente a un millón de dólares en el funeral de su mascota, la cual era una mosca? Hasta contrató una orquesta y el vino nunca escaseó.


Ahora es tiempo de marchar. El carrito sigue el movimiento de mis pies. Todo está clasificado; carnes pasillo B1 , higiénico C3 , lácteos D4. Y en cada pasillo hay decenas de marcas de lo mismo. Nuestro nivel de comodidad exige que haya tantos productos para tantos humanos, porque cada uno es un mundo, cada uno es U-N M-U-N-D-O. Tan diferentes, tan especiales, tan excepcionales, en fin, solo haga la prueba. Nuestros bolsillos a miles de años luz, pero siempre el mismo cuadrado para dar inicio. ¿Qué es inicio? No importa, estaba contando la historia de un individuo en el supermercado. Así que dejemos hablar al individuo.


‘‘Qué congestionado está este pasillo, solo deseo tomar el pan y largarme. Hay un hombre atrás mío, parece que algo quiere de estas estanterías llenas”. No me dice nada, ha preferido dejar su cochecito y pasar por la hendija entre mi carro y la otra estantería. Toma una funda de pan tostado y luego vuelve por el camino que entró, como una sabandija, después se va y se pierde entre toda esta miscelánea. ¿Pero qué ha pasado? ¿Por qué no me ha pedido permiso? Exijo saber por qué este hombre no me ha dicho ‘‘con permiso señor’’ y dónde está la mirada bucólica o geórgica. ¿Por qué no ha tomado su carrito y ha pasado con él hasta las estanterías? ¿Por qué no me ha molestado? ¿Por qué no me ha incomodado, señor? ¿Por qué?


¡Atención , atención, Personal de Blanco, acercarse urgentemente al pasillo de cereales! Personal de blanco, acercarse al pasillo de cereales. ¡Hay un hombre que no sabe!



La mancha


No creí que la menstruación de mi novia, Agustina, terminaría invadiendo el mundo de la forma que lo hizo. Nos amábamos, sí, pero no era para que su sangre tiñera primero de rojo las sábanas, después de que mi pene entrara en su vagina. Fue después de bañarnos que descubrimos que la mancha roja comenzaba a expandirse lentamente. A medida que pasaba el tiempo, ganaba velocidad, hasta que el piso mismo de la habitación comenzó a teñirse; luego, todo el cuarto. Nosotros mismos, ahí parados, desnudos, tratando de comprender y de no enloquecer, teníamos el aspecto de una foto expuesta a demasiada luz. Agustina parecía apenada; después de todo, aquello había salido de dentro de ella.


La mancha comenzó a regarse por la sala, invadía todo lo que se le imponía en su camino; pronto salió del departamento y comenzó a pintarrajear todo el edificio. Subimos a la terraza para verlo todo desde arriba. El mundo se estaba convirtiendo en un charco sanguíneo, en un óvulo no fecundado que ahora salía para comerse todo lo que habría de perderse. En la terraza contemplábamos el cambio. Era como pasar a otra dimensión. En menos de veinticuatro horas el país había sido devorado y ya era una emergencia internacional. En dos semanas, la mancha ya ocupaba todo el planeta y había salido a conquistar el universo. Las sondas espaciales dijeron que ahora viajaba a la velocidad de la luz; como el universo se expandía a cada instante, la mancha estaba condenada a viajar eternamente por el infinito.


Después de un mes, la gente comenzó a acostumbrarse; parecíamos vivir en un constante filtro sepia de algún programa de edición. Yo, por mi parte, seguí con Agustina; claro que no se lo dijimos a nadie, ni fuimos el centro de alguna investigación para esclarecer el tema de una vez. Verán, es que Agustina es muy tímida respecto a eso, pero hemos tomado medidas. Ya no hacemos el amor cuando tiene el periodo. Además, tenemos extremo cuidado cuando ella corta el pan o rebana la carne; otra ola rojiza nos perdería en una ceguera constante, ya intolerable. Después de decenas de generaciones ya nadie se acordará de aquellos colores que solían habitar el mundo. Todo es una sombra rojiza y ahora, después de meses de convivir en este estado de somnolencia, me da la impresión de que cada cosa que miro se mueve rítmicamente, como un pulso sutil, pero presente: el cielo, las montañas, esta grieta de la pared, todo parece seguir un microtemblor acompasado, como algo que no termina de decidirse. Han pasado años, muchos años; incluso el color del mundo, que solo se conservaba en nuestras mentes se ha ido tiñendo de aquel rojo sutil. La vida se ha desenvuelto con normalidad, pero últimamente me parece observar unos pequeños filamentos, parecen que buscan entrelazarse;  es perceptible solo con una determinada luz que no logro precisar.


Agustina me abraza en las noches; la lentitud con la que pasa sus brazos sobre mi pecho me conmueve, siento que mi corazón late más despacio, la tensión de sus manos se va desvaneciendo, cierro mis ojos y exsiste la oscuridad. Está ahí, solo si me quedo así, sin pensar, sin imaginar; tan pronto recuerdo cualquier cosa, el filtro rojizo se extiende en mi cabeza. Me concentro en no sentir, en no amar, en no soñar, para estar otro momento afuera de todo lo que al universo le contiene. Este es mi más secreto refugio, aquel que todos sabemos que existe, pero no hablamos nunca de él, tal vez por miedo a que nos sea arrebatado también.