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(fragmento de novela)

'La carnada'

Ernesto Carrión

Número revista:

6

If all time is eternally present

All time is unredeemable.

T. S. Eliot



1


En la habitación del hospital en Boston el médico movió las cortinas permitiendo que algo de luz recorriera la suave sábana naranja que lo tapaba hasta el cuello. Martín seguía adormilado por los medicamentos, por las pruebas a las que se había sometido durante las últimas semanas  para llegar a este punto. Tenía veinticuatro años, había estudiado finanzas en esa ciudad, aún no tenía novia fija y trabajaba en el Bay Bank desde hacía seis meses. Iba camino al éxito. Al éxito que sus padres le habían diseñado. Miró sus pies congelados y pálidos escabullirse por debajo de la sábana naranja, apareciendo del otro lado, de pronto, como quien se libera de una máscara en el teatro. Movimiento inesperado hecho con la intención de atrapar la noticia: estaba enfermo. Muy enfermo. «Cáncer», dijo el  doctor. Y no solamente eso: «Usted tiene diez meses de  vida, aprovéchelos».


Comió una ensalada pequeña acompañada de una sopa insípida y un yogur. Durmió mirando por la ventana la nieve transformándose en pantallas líquidas sobre otras ventanas, lavando paredes y bordillos más allá de su habitación. No quiso telefonear a sus padres para contarles lo ocurrido. Esa noche durmió aferrado a la idea de la muerte. Esquivó el ruido del televisor que permaneció encendido proyectando cientos de imágenes de personajes que de pronto cobraban la textura de la realidad de la vida. Sintió que esa gente disfrazada de otra gente estaba más viva que él. Y que seguiría así para siempre. Cerró los ojos cuando oyó la tonada del himno de los Estados Unidos que  anticipaba el comienzo de un partido de béisbol.


Cruzó la avenida Fenway. Pensó en su trabajo por unos segundos. Se detuvo frente a una tienda, entró y se compró un paquete de cigarrillos. El hindú lo miró con algo de desconfianza cuando cobró por los cigarrillos e intentaba entregarle el cambio, mientras Martín continuaba congelado mirando unos boletos amarillos de lotería. La  suerte no existe –pensó Martín– todo es tragedia en dispersión que más tarde o más temprano te alcanza.


Su departamento quedaba en un segundo piso. No se cruzó con nadie cuando giró la llave de la entrada principal del edificio. Estaba helado por el clima y por lo que le sucedía. Subió la escalera sin darse cuenta de lo que hacía. Era un robot. Una carcasa que actuaba comandada por algún piloto dentro de su cabeza, que ya no era él. Así se  sentía: muerto y vivo por dentro. Vivo y muerto por fuera. Entró a su casa, cerró la puerta, encendió un cigarrillo. Y al rato se lanzó a llorar sobre la alfombra.


Esperó. Fue un día tan largo, atravesado por todo tipo de recuerdos y pensamientos oscuros y deprimentes, que apenas se percató del leve golpeteo de la lluvia. Del otro lado de la ventana: autos y gentes aparecían al azar rodeando con sus movimientos la gran vida americana. Finalmente entró a su habitación. Se quitó la ropa y se sentó frente a su computadora.


Un charco de semen, dividido, apareció sobre los costados de ambas piernas. Tomó algunos clínex de la cajita sobre el escritorio, se limpió y echó las servilletas al piso. No le importó. No había sentido en volver a limpiar su habitación. En protegerse de los gérmenes. Miró una vez  más el perfil de usuario que empleaba desde hacía años para moverse por webs y chats sexuales. Un cuervo negro  expectante, de ojos rojos, emergía en un círculo impregnado de oscuridad.


Al tercer día Martín empezó a viajar a través del  tiempo.

Cortesía de Editorial Planeta, Seix Barral (2020)