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Cuento

La llamada

Santiago Montoya Ordóñez

Número revista:

3

El teléfono estaba en el suelo sobre un montón de libros tirados, cuando empezó a llamar insistentemente. Él estaba en la cocina. Miró el círculo de la llama que acababa de encender; le pareció que de la hornilla salían pequeños dientes azules. El timbre continuó taladrando en algún lugar a sus espaldas. Tomó una olla pequeña y sucia, puso un poco de agua y la colocó en el fuego. Había dejado el grifo abierto y podía oír la madeja del agua corriendo sus blancos hilos de cloro por la boca del desagüe y la voz que insistía detrás, como una mano tirando de su manga una y otra vez. Sobre una mesa había varios cigarrillos y una cajetilla ociosamente aplastada. Tomó uno y se acercó a la estufa para encenderlo. Fumó sin sentir lo que hacía, escuchando todo lo que pasaba.


Se puso a caminar sin propósito, siguiendo el movimiento de sus pies descalzos cada vez que los dedos se contraían a cada pisada; seguía el frío y las formas del entablado, las líneas que entreveian el vacío debajo de la superficie. Siempre se había imaginado que si levantaba los tablones encontraría un pozo negro: caer sería como caer hacia una noche sin estrellas, a una profunda oscuridad en la que perdería toda sensación que le diera un sentido del espacio y las formas, algo como disolverse siendo consciente de su propia disolución y a la vez algo como la inmortalidad. Eso tenía que ser la inmortalidad: un agujero sin fin bajo la tierra en el que uno siempre sabe que está cayendo, aunque se haya perdido la sensación de todo hundimiento.


Abrió la ventana y se sentó a fumar en el filo, con los pies colgando hacia el vacío. La ciudad era algo que tampoco sentía, una geometría vaga que estaba ahí por alguna razón ajena a él. Tampoco importaba. El sol iba a ponerse. Aspiró la última bocanada y arrojó lo que quedaba, mientras veía la roja estrella desapareciendo en el horizonte. El teléfono no se daba por vencido. Seguía llamando en algún lugar detrás de él.


Volvió a la cocina, apagó la hornilla y se preparó un café dejando el resto del agua en el mismo sitio: en la misma olla sucia y desteñida. Se quedó de pie contemplando el agua que salía del grifo. Sintió una cuerda fría que se hundía por su garganta; que algo tiraba de él hacia el suelo, que ninguna cuerda llevaba al cielo, sino que inmovilizaba la mirada, suspendía el horizonte, el tiempo, los sonidos. Cerró la llave, se cansó de oírla. Igual que con otras conversaciones inútiles, sintió la necesidad de apartarse.


Fue a sentarse en la sala junto a sus libros favoritos. Estaba en el suelo cerca del teléfono, que seguía llamando. Miró las portadas que tenía cerca, otra vez le pareció que el mundo era infinito, que no estaba en ninguna parte, que eso tampoco importaba.


Bebió despacio la oscura taza saturada de cafeína. Sintió los labios mojados, tibios, negros; el sabor de las paredes, las grietas, las telarañas, las cosas viejas que no tenían arreglo; las sombras que se movían como precavidos escorpiones, entre la lámpara y las patas de una silla que había sacado de la basura hace unos días. Bebió de nuevo. El teléfono seguía sonando.


Se dio cuenta que en algún momento se había metido los dedos en la boca y tenía la impresión de haber estado mordiéndose las uñas, pero estaba tan inmóvil y no sentía nada en las manos, apenas un peso sordo entre los dientes. No estaba seguro de cómo llegó a ese momento. ¿A dónde había ido su cabeza, su imaginación? Era tan fácil perderse, pensó. No saber dónde estás ni de dónde has salido y en seguida perder interés por estas cosas; de pronto leer, bajo el filo de la taza, el lomo de un libro que ha transpirado tus manos: Soares, escrito en letras negras sobre un margen sin ojos y pensar que nada está perdido, porque no hay nada que ganar, nada que valga la pena y solo sentir de pronto el deseo de partir a cualquier sitio.


Recordó al casero, el oráculo que lo había puesto en la calle hace cinco días y cómo había eludido el destino sin mover un dedo; al amigo que todavía se preocupaba por él, después de no haberlo visto en seis meses; al portero diciéndole que, en el piso sobre él, O. se había ahorcado y lo habían encontrado colgando de la lámpara en la sala. Imaginó a la muerte suspendida, como lo que queda de un péndulo que ha agotado sus posibilidades. Vio los pies colgando sobre los tablones y la silla tirada de costado, las sombras de las cosas mientras afuera todo era invariablemente lo mismo.


Seguía con los dedos en la boca. Decidió despertar y poner la mano en el suelo. El café estaba frío. Lo bebió sin concederle mayor atención: era lo mismo para él. Afuera, parecía que el sol todavía esperaba algo, las calles, las luces, la gente que iba a alguna parte, tal vez a colgarse de alguna lámpara o algo parecido.


¿Para qué?, pensó. El suelo mostró su corazón frío, como lo hacía a esa hora, entregó sus líneas, su sombra y sus manchas negras, sus interrogantes escritas con mano temblorosa. ¿Por qué? Le pareció distinguir todas las voces que todavía intentaban llegar hasta él.


¿Por qué uno se iba a molestar en responder? En alguna parte, alguien llamaba todavía.