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Crónica

La noche de los muertos

Daniel Lucas Moreira

Número revista:

6

Abril, 2020



Caminamos, cada uno con una silla plástica al hombro, por las calles de cemento de este pequeño pueblo manabita, en lo profundo del Ecuador. Pasamos el parque, doblamos un par de esquinas y llegamos hasta una calle cubierta de piedra y polvo; una cuesta estrecha y oscura nos espera, innumerables casas de madera nos hacen cortejo fúnebre. Mientras avanzamos, escucho niños llorando, cucharones golpeando las ollas de las personas que preparan la cena, una radio distorsionada en la que apenas se logra escuchar al Ruiseñor de América: “¿Por qué los días terminan así, en esas tardes tan tristes señor?”.


Avanzamos, la abuela Auxilia lleva unas flores en su mano derecha, mi madre la toma de la mano izquierda para que no tropiece. “Hola, comadre, ya nos vemos acá”, le dice la abuela a una amiga que reconoce en el trayecto. Hemos llegado al final de la calle, una pared blanca se levanta sobre nosotros, un enorme rótulo nos da la bienvenida: “Aquí termina la soberbia y comienza la igualdad”. Es el cementerio.


Todo Barraganete se amontona en un solo lugar cada noviembre. En el Día de los Muertos —que en esta parroquia es, más bien, “la noche de los muertos”— las familias dejan sus hogares y acompañan a los difuntos, encienden velas, comen junto a ellos en las tumbas, lloran su ausencia, cuentan sus historias. Porque los difuntos, aunque muertos, no dejan de ser queridos. Porque, aunque estén muertos, ellos todavía se llaman Papá Abilio, Tío Tito, Mamá Toya. Porque, aunque sean solo cadáveres y no haya plata, siempre habrá madera para hacer una caja en la cual ponerlos antes de meterlos al hueco de cemento, porque, si no, es como enviarlos desnudos y para desnudo el nacimiento, a la muerte hay que ir vestidos. Porque los muertos, aunque de ellos solo queden los huesos o las cenizas, llevan impregnado en el cuerpo, ese cuerpo que ahora es cadáver, nuestros afectos más humanos.


Nos sentamos junto a ellos. Hay un silencio profundo. La abuela solo mira las tumbas. Me pregunto qué piensa, qué recuerda, qué siente. Comienza a llegar la familia. De repente, el momento solemne y triste se convierte en alegría. La gente conversa, ríe, come, baila, bebe. Las generaciones más jóvenes se sacan fotos: “Una selfie con mi abuelito”, dice una chica mientras posa frente a la tumba de Teófilo Moreira Zambrano / 1937-2019. Así de vivos están los muertos, tan presentes que hay que reír, comer, bailar, beber y tomarse fotos con ellos. Los muertos nunca dejan de estar.


Unos meses más tarde, en Guayaquil, esta ciudad llena de «gente extremadamente ignorante, indolente e indisciplinada» que migró de lugares como Barraganete, pareciera que nuestro espíritu de supervivencia le ha ganado la batalla a los afectos. A diferencia de Barraganete, a Guayaquil se le acabó el amor por los muertos. No hay memoria ni recuerdo, ni llanto, ni bailes, ni rito, ni tumbas, ni entierro. En el Puerto Principal los cadáveres descansan en las veredas, en las calles, en los basurales, aislados en algún cuarto oscuro de alguna casa, en los pasillos de los hospitales, amontonados en contenedores. Los muertos ya no tienen nombre ni identidad, ni dignidad, ni humanidad, ni derechos. Han dejado de ser madres, padres, primos, sobrinos, tíos, abuelos, para convertirse en el estorbo de un sistema de salud eficaz, en el problema que ha deteriorado la imagen internacional de un país entero. ¡Qué horror! En la evidencia de que Ecuador no necesitaba 324 millones de dólares.


El problema en realidad son los guayaquileños, pero no los “madera de guerrero” de cepa, sino esos migrantes primitivos que se quejan por todo. Si se les ha dado hospitales equipados con suficientes respiradores, médicos preparados, bien pagados y con equipamiento para su seguridad personal, ambulancias, bono... ¿De qué se quejan? Incluso tienen ataúdes gratis para sus difuntos. La ciudad de los adoquines, de la regeneración urbana, la ciudad de la metrovía y la aerovía, la ciudad de Las Peñas, del puerto Santa Ana, la ciudad de Guayarte, del Malecón 2000, de El Salado y El Lineal, la ciudad de la Perla, de la iguana, el mono, el papagayo y de Guayas y Quil, la ciudad moderna y cosmopolita les da, encima de todo lo que les da el Estado, ataúdes de cartón para sus muertos. ¿De qué se quejan?


De vuelta en Barraganete, ese noviembre terminamos la noche frente a la casa de una tía, comiendo una torta en la vereda. Recordando a otros muertos amados —el Papalucas, la Mamaula—, insistiendo en su memoria para que no dejen de ser ni de estar. Siempre seguiremos amando a nuestros muertos, tanto como amamos a los que todavía sobreviven. Cuando podamos pelear por ellos, estaremos ahí en la Plaza Grande, junto a Pedro Restrepo, reclamando a nuestros difuntos para hacer el velorio, comer roscas con café, caminar hasta el cementerio, enterrarlos, hacer el duelo. Pero hoy que la gente se reconoce abandonada, sin derechos, sin salud, sin alimentos; hoy que los vivos apenas y se sienten humanos o pueden quejarse; que su derecho a la salud se ha reducido a un número telefónico, que son criticados por salir a comprar todos los días y no guardar la cuarentena sin considerar que hay vivos que sobreviven de lo que ganan a diario; hoy que nos mandan a quedarnos en nuestras casas sin agua, ni luz, ni internet, ni aire acondicionado, ni rutinas de ejercicios, ni recetas de comida, ni libros, ni música; hoy hay que alzar la voz en resistencia, por los muertos y por los vivos que lo parecen.