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Cuento

La persistencia de lo efímero

Lucía Mestanza

Número revista:

3

Una idea fugaz cayó

sobre una laja

para eternizarse


Pensó en la suavidad de la región del papel. Empezó a inventar todos los suspiros  como eras del otoño lo mismo que hojuelas de nieve, gotas de verano,  primaveras en octubre o rosas sin porqué. Escribió sobre todo lo que en la  vida se escapa en un fragmento de segundo, pero descartó la idea al  recordar que las historias reales ya poblaban demasiado el tiempo. It’s so  quiet here, –se dijo–. Lo que un cuento es.

Sueños extraviados en un quiebre sutil de silencios en las profecías  del arte, ecos madrugados en abril, horas resbalando por los médanos del tiempo y el resplandor del sol a las nueve de la noche son el placer de evocar sobre el papel. La transición de estaciones infinitas, todos los besos que  aún no han sido dados en puentes que precisan no tener un final, la  contemplación del color y su aroma en la lluvia, en las melodías  recurrentes en el inmenso salvavidas que esboza la palabra. ¿Qué es lo que  tengo que hacer?

¿Un cuento de solo bondad? Lo perdurable supone también la decepción, el salado sabor de tener un enemigo, el olor a sexo con mentiras, el presagio del aire gastado en las palabras vacías, la escarcha vulgar de una traición, toda la suciedad tras una mirada, la carga de no superar un error. La soledad de madrugadas con desorden emocional, los pedazos extraviados después de romper un corazón; esto le hizo recordar el caleidoscopio que con ellos es posible construir, ¡cuán necesarios son para la vida!

Miró sus manos vacías y cuadradas, encontró palabras pervertidas en  sus surcos, ¡se escribe con el cuerpo, claro!, el sentimiento del cuento sería la gratitud, la gratitud en la antítesis de la venganza; la venganza del amor, o la del odio. Era buena la noche en brazos de un cuento, cuando las musas  han llegado y han abandonando toda perversidad cotidiana para instalarse en la  tarea de hacer poético lo prosaico. Perpetrar la alquimia exitosa, convertir  un grano de arena en un desierto habitado y saciado de sed, el deber de  rebuscar en las historias descartadas los poemas olvidados.

Los sueños almizclados, la orquesta cada vez más afinada de una tenue voz que en el umbral se perpetúa, el solo de guitarra hecho con trozos de trovas y los recuerdos milenarios barrocos e imprecisos; álamos rasgados de  tonos azulados, halos de melancolía celeste y almendrada; vertederos de  preguntas que construyen azares en el surtidor alargado y tornasol que  presume ser la vida. Es el retrato del momento que vives –se dijo–. Son todas las razones  que me faltan, un par de yemas que recorren el dossier del instante sin alas,  a punto de lo eterno.

¿Cuántas magdalenas de Proust se hundieron en la nostalgia? ¿Cuántas mariposas monarcas se evaporaron en una ráfaga, a lo lejos, el  tañido de un campanario arcaico, remoto? ¿Cuántas veces precisó evocar  las sensaciones repetidas y lejanas de la memoria? ¿Es verdad que el  efímero aleteo de una libélula en oriente puede provocar un tsunami de devastación absoluta al otro lado del océano? Si ese instante no lo logra, un  cuento sí. Una paradoja infinita es el don de lo fugaz, para eternizar en un  instante, una vida. Rememorar. Rememorar.

Su libreta abierta seguía vacía, pero ahora parecía sonreírle desde la  sabiduría de su corteza, así que abrió la ventana y se sentó a esperar, en la perpetuidad del instante, hasta que un ángel entrara y se posara sobre el papel.

Uio/Julio/16/dm16