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Cuento

Lanzaperfume

Daniel Félix

Número revista:

6

Ese largo y angustioso escalofrío que parece mensajero de la muerte, el verdadero escalofrío del miedo, solo lo he sentido una vez.

Valle Inclán


Los huesos fueron arrojados por el sepulturero en una caja blanca de plástico al lado de la sepultura. Tres cucarachas y un ciempiés rojo subieron por las paredes, el ciempiés parecía más veloz que las cucarachas, pero las cucarachas huyeron primero.

Rubem Fonseca



Íbamos los jueves a la medianoche y nos reuníamos ahí en el jardín detrás del cementerio. Syd, Inclán y yo, los tres, y un rito para vencer el tiempo, aguardando a que el amanecer o la fortuna corrompieran nuestros cuerpos.


Íbamos cada jueves a juntar nuestras carnes descompuestas y conversar entre la paz de los muertos, o simplemente para reír y mirar nuestras sombras temblorosas en el frío intermedio de la noche.


Aquel jueves, Inclán tardaba en llegar. Syd y yo nos mirábamos en una oscuridad de ojos huecos, y le esperábamos bebiendo y disfrutando de la paz nocturna, del viento azaroso chocando contra nuestros pensamientos, del silencio mortal del cementerio, de aquel jardín adelante donde crecían claveles negros que hacían soto bajo la sombra de la noche.


Syd lucía una chaqueta nueva, recién desenterrada; los tatuajes del cuello sobresalían la prenda, las botas desamarradas y llenas de barro. Syd contaba ansioso, con dedos cadavéricos, los segundos, golpeteando en el piso con ansiedad. Tomó de un bolsillo el cloroformo. El sudor comenzaba a calentar sus mortajas cuando no inhalaba puntualmente los vapores del frasco. Yo me complacía viéndolo anhelar un aliento vital que le faltaba.


La noche posada sobre la tierra, las nubes avanzando despacio por el cielo negro, como una superposición de oscuridades enfriándose. A esa hora, el cementerio era el mejor lugar para estar, esperando a Inclán y gozando de la imagen desdichada de Syd. Y así, bebimos mientras las nubes abrían claros de luz sobre el pequeño jardín de claveles negros. A lo lejos, el silencio se perdía ahogado y envuelto por los ruidos de la ciudad.


Solos entre los muertos, Syd, Inclán y yo podíamos sentirnos vivos. No estábamos muertos todavía, claro, pero eso carece de importancia.


Syd, los ojos dementes y el pulso acelerado, inhaló el vaho del frasco. Yo bebí y le vi que me empezaba a mirar como a algo abstracto, como si fuese yo una idea, una voz, o algo salido de su cabeza. Yo pasé. No se me dan las drogas duras.


Syd se levantó del asiento y empezó a gatear por el jardín detrás del cementerio, imitando a un animal recién nacido, preso de una inocencia demente y vehemente. Me quedé solo, sólo bebiendo.


Primero fuimos Inclán, yo, y unas cervezas (antes incluso de que se casara. Asunto adverso, padres de por medio), todavía mocosos. Entonces no terminaba de criarnos el vello del cuerpo. Luego, cuando ya cogimos viada, se nos pegó Syd.


El cielo, preso del arrebato, proyectaba las sombras de las nubes sobre el soto, mientras Syd se escurría por los claveles negros. Vi la silueta de Inclán. Los hombros anchos, ligeramente encorvados, la mirada torva detrás de los anteojos, la barba espesa y chamuscada, el abrigo de gamuza hasta las rodillas y las piernas intensas. Llegó con prisa y se sentó a mi lado.


Le ofrecí de beber.


Tomó un largo trago eufórico y me afrontó:


—Cogiste con mi esposa, cabrón.


Me miró con sorna. Sus lentes cóncavos me amenazaron.


—Patty —murmuré deseoso.


Inclán ardía. Con el pecho lleno de violencia, resoplaba como animal.


—¡Perro! —me gritó y se puso de pie encarándome.


Vi hacia delante, al jardín, pero ya no encontré a Syd.


—Inclán —le dije para calmarlo—, no fue mi intención. Fue un día que fui a buscarte.


—¡Dos veces perro! —me siguió gritando y metió una mano en el largo bolsillo de su abrigo.


—¡Solo fue una vez! —continué—. Una tarde que fui para buscarte. Allí estaba ella, salió a abrirme, en toalla, recién bañada, oliendo a flores.


—¡Silencio, perro! —su mano tembló dentro del abrigo.


—Patty me dijo: «Inclán no está, nunca está, siempre está con las otras, con esas putas de la esquina, lo sé, en la calle la gente habla, yo no quiero ni salir, ya, porque sé que hablan de Inclán, y él nunca está»; y me hala adentro entre sollozos, me empieza a desvestir, repitiendo tu nombre: «Inclán, Inclán, Inclán», como un hechizo, como un sueño, te lo juro que no lo creía, Inclán, mientras ella me lanzaba sobre un mueble y se trepaba encima mío...


Su mano temblaba dentro del abrigo. Su rostro se deformaba. El cementerio aguardaba, escuchando nuestra charla. No veía a Syd por ninguna parte. Su ausencia nos acercaba más a Inclán y a mí, nos hermanaba sin tregua hacia los márgenes de la realidad.


Inclán explotó. Con violencia, sacó su mano del abrigo dejando ver el puñal filudo con el que me encaró.


Le dije:


—Para, amigo. Inclán, si tú te la pasas solo en el puterío. No vengas ahora con una moral de monja.


(Acaso la idea de la muerte, la idea del final, ocasiona alergia. Por eso el cementerio, por eso los claveles negros y la ausencia de Syd desaparecido como un mal augurio, y la risa y la borrachera, para encarar el absurdo y sus ojos que nos miran como a presas.)


Inclán se inclinó hacia atrás, levantando el brazo y el puñal bajo la noche inerte.


—¡Detente! —grité, imploré y tomé la botella para defenderme.


Antes de que ocurriera nada, ambos, Inclán y yo escuchamos la voz de Syd, lejana, helada, a la distancia:


—¡Detente!


Silencio.


Nos miramos desconocidos, a punto de pelear por nuestras vidas.


Silencio, apenas nuestros ojos aullando ferales.


El grito violento quiebra la oscuridad. Syd, detrás del jardín de claveles. Lo persigue la Muerte: esquelética aparición impregnada de trozos de carne putrefacta, fémur gangrenado; una estampa de zombi antiguo, en serio, de cine viejo sucio o de portada de álbum de metal, detrás de Syd que corre aferrado al disolvente y viene hacia nosotros, atravesando el jardín. Los claveles negros vuelan a su paso, saltan por el campo como en una celebración. El viejo esqueleto lo persigue, poseído por una animación repugnante. Carrera furtiva contra el final.


Syd aúlla, grita desconsolado y ríe como loco. Todo al tiempo.


Inclán y yo, suspendidos en el silencio previo, la guardia baja. Carrera contra el tiempo, a postas.


Syd pasa como una bala entre nosotros. Queda rebotando su voz:


—¡Corran, hijueputas!


Y aprovecho el momento para romper la botella en la cara de Inclán. He esperado la eternidad para Patty, al fin, cintura aterciopelada.


Inclán se derrumba, suelta el puñal. En su caída proyecta un último aliento, una protesta, una queja inconclusa que se pega a su paladar como la halitosis. La pálida sentencia de la suerte.


Íbamos cada jueves, religiosamente, Syd, Inclán y yo, para vencer el tiempo, aguardando por si acaso antes de que el amanecer marchitara nuestros cuerpos. Hasta aquel jueves.


No quiero saber de mi último aliento. Nada de eso. Por eso corrí a pesar de todo, del miedo y del frío y de lo insensato del momento, corrí mirando atrás, todavía sin creer que la Muerte, nefanda sombra, lanzaba su perfume sobre Inclán, inconsciente, y luego se lo llevaba, arrastrándolo por un lado del jardín hacia las tumbas inciertas.


***