Image-empty-state_edited.jpg

Narrativa

Las Marías de José

Gabriela Polit Dueñas

Número revista:

10

Hoy es un buen día para escribir. Es un buen día porque es lunes, feriado. O sea, es un lunes que no va a ningún lado.


En las bibliotecas las palabras están unas sobre las otras —si los libros están apilados en una torre— o arrimadas unas a otras, si están de pie. Lo que sucedió el año de pandemia es que al abrir libros que habían permanecido cerrados por mucho tiempo, las palabras se vengaron y huyeron de su encierro mirando con sorna a los lectores, porque eran ellos a quienes les tocaba padecer la reclusión.


La venganza es una miel, y el néctar de esta venganza sale de un libro en el que las palabras estaban unas sobre otras. Fue editado en el 58, ya no tiene lomo que lo mantenga unido, su dueña lo sostiene con una liga de goma, por eso el libro estaba acostado. De sus páginas descuajeringadas salieron palabras como vacas salvajes, tomaron el rumbo que quisieron y llegaron hasta donde estoy yo, en otro libro abierto. Este es sobre migración y los problemas de este siglo desventurado, lo que explica que la historia que voy a contar no es mía, o no es solo mía. Es también de don José de la Cuadra, la escribimos a cuatro manos, casi como sugiere su apellido.


Dirán que eso es imposible, que don José murió el año de la guerra con el Perú, en 1941, y están en lo correcto. Pero don José escribe esta historia no por voluntad ni por virtud sino por descuido. Algo se le quedó en el tintero y ha llegado hasta mí para que lo enmiende, así me piden las vacas salvajes.


Confieso que cuando supe la dimensión de su descuido me sorprendí. Él, un hombre tan sensible a los entuertos de la representación; al sonido de las palabras; tan vulnerable a las paradojas que a veces hacen la vida invivible. Cómo, después de que hiciera de Lola Velandia una mujer tan avanzada para su tiempo, pudo descuidar a las Marías. Protagonista de su primer cuento, Lola se hace un aborto porque no quiere llevar en el cuerpo el embrión de un hombre al que detesta, y luego lo mata para liberar a los peones que trabajan para él, un patrón déspota. Nadie se lo agradece. A Lola la creen loca y se la llevan los gendarmes, por asesina. Solo don José glorificó sus hazañas cuando al terminar su historia dice que era digna nieta de libertadores. Ese, como digo, es uno de sus primeros cuentos. Yo soy fruto secundario de uno de sus últimos.


Antes de empezar debo aclarar que en algunas secciones de la historia dejo espacios en blanco. Es una decisión que tomé porque o bien no entendí lo que decían las vacas salvajes o bien quise hacer comentarios que habrían interrumpido el flujo de la historia. La habrían estropeado con explicaciones estúpidas y extemporáneas. Dejo a las lectoras el gusto de hacerlos desde su fuero interno, sin que nadie las juzgue; ese es un regalo que nos da la lectura.


Cuenta don José en Los Sangurimas, que los tres hermanos Rugeles enamoraron a sus primas María Victoria, María Mercedes y María Julia. Los Rugeles eran montuvios valerosos y arrojados, pero con un fondo canalla que se revelaba especialmente cuando estaban en copas (ahí está su descuido). Cuando Facundo Rugel se roba a María Victoria, la mayor de las tres hermanas, las otras dos la siguen por cuidarla, por curiosidad, por vanidad. ¡Vaya una a saber! Eran tan jóvenes, bonitas… y los Rugeles tenían que haber tenido su atractivo. Pero los muchachos venían con el orgullo herido, porque las habían pedido en matrimonio y el padre, que era el tío de los muchachos, les dijo que sí, pero que ellas primero terminarían sus estudios en Quito. Ellos eran demasiado hombres para recibir una negativa. Las muchachas desaparecen. Las buscan durante días. Como viven en el campo, el vuelo de los buitres avisa al padre dónde están sus hijas. Seguramente Facundo, tras desflorar a la doncella, la entregó al apetito de sus hermanos…

Quién sabe cómo moriría la muchacha…


La hemorragia acaso. Quizá “los Rugeles” la estrangularon. No se podría saber eso.


Entre la descomposición y los picotazos de las aves había desaparecido toda huella. Sólo quedaba ahí la sarcástica enseña de la cruz en el sexo podrido y miserable.


Los Rugeles estaban tan borrachos, y tan ensañados con María Victoria, contaba mi bisabuela, que no se dieron cuenta de que ella y María Mercedes corrieron hacia la selva y desaparecieron. Caminaron por horas, todavía dentro de la propiedad de su abuelo, La Hondura, cuya extensión —nos había dicho don José— era vasta como el horizonte, y aunque los Sangurimas vivían cerca de la casa principal, todos los peones sabían quiénes eran. Por eso, aunque venían con los vestidos rasgados, sin calzado y llorando a gritos, una pareja de peones de La Hondura reconoció a las niñas. Ellas contaron lo que sucedió y dijeron que no podían volver a su casa. Pasaron la noche en esa cabaña y, al alba, el hijo de los peones las llevó en su burro hasta donde terminaba la tierra de don Nicasio Sangurima. Llegaron a una pequeña casa de madera donde vivían tres hermanas. Ellas ayudaron a las muchachas a regresar a Guayaquil, al colegio de monjas donde habían estudiado hasta esas vacaciones aciagas.


La historia se la escuché a mi abuela, ella repetía lo que María Julia, su madre, le había contado varias veces. Las monjas las acogieron hasta encontrarles un lugar donde trabajar. Mandaron a decir a su padre, Ventura, que las niñas de 15 y 16 años habían escapado del feminicidio (¡ay!, perdón. Esa vaca salvaje no existía en ese tiempo) del crimen atroz de los Rugeles. Las muchachas no regresaron nunca a La Hondura, ni volvieron a ver a sus padres, ni pudieron gozar del bienestar económico que habrían podido tener. Tampoco terminaron los estudios porque Ventura ni se insinuó a seguir pagando el internado de sus hijas. En el fondo, aunque triste, el padre estaba aliviado porque recibir a dos hijas que posiblemente fueron desfloradas por los Rugeles habría sido deshonroso. Decidió olvidarlas, como si nunca hubiesen existido, borrarlas de la faz de su memoria. Nunca más preguntó por ellas, ni se interesó por su bienestar. La madre no logró sobreponerse a la pérdida pero eso a Ventura le pareció normal. Mi bisabuela y su hermana migraron a Guayaquil sin un centavo, sin más ropa que la puesta y tuvieron que buscarse la vida. ¿Su crimen? María Mercedes, la hermana de mi bisabuela, trabajó en casa de una familia rica del puerto, hasta que se hizo vieja. Murió sola, ciega y postrada en el asilo de ancianos financiado por la Junta de Beneficencia de Guayaquil, de la que sus patrones eran miembros. Mi bisabuela, María Julia, trabajó para una familia que se mudó a la sierra, donde su patrona tenía tierras. Ahí conoció a mi bisabuelo y los patrones les hicieron cuidadores de su hacienda en Aloag. Mamá cuenta que su abuela nunca logró adaptarse a la neblina, al frío y a la tristeza de la gente de Aloag. Le entusiasmaba salir a la carretera a vender empanadas de verde los fines de semana, y ver a la gente trajinar entre un bus y otro. Cuenta que una vez le dijo a su marido que tenía que ir a Guayaquil a visitar a su hermana y fue. Volvió después de dos semanas, pero nunca habló del viaje. Ella y María Mercedes se escribían cartas cada cinco o seis meses. Nadie guardó esos papeles. La abuela dijo que nunca vio a su madre reír. Era una mujer taciturna, con unos profundos ojos negros que parecían siempre estar llorosos. Murió cuando mi abuela era casi una niña. Fue algo del corazón, dicen. La llevaron al hospital del Seguro en Quito y, cuando llegó, el médico dijo que ya era tarde, no había nada que hacer.


Mi abuela crió a sus hermanos y hermanas y cuidó de su papá hasta que murió. Vivieron en Aloag hasta que fueron migrando a Quito de uno en uno. Si don José hubiera escrito esta parte de la historia, hubiera conservado el acento de la gente que creció en Chillogallo. Por fortuna, no es el caso. A don José le habría dolido mucho que le dijeran que esa era una forma condescendiente de representar a los otros.


No queda mucho más que contar. Mi madre nos mandó a mis hermanas y a mí a la escuela y algunos, incluso, terminaron la universidad. Tardó años en dejar a mi padre, que nos maltrataba cada vez que se emborrachaba. Yo vengo de unas mujeres valientes que se libraron de que les pusieran una cruz en el sexo, y no voy a dejar que pegues a las niñas, le gritaba a papá en sus peleas. Si le llegas a poner un dedo encima a tu mujer —le dijo a mi hermano cuando anunció que quería casarse— yo voy a ser la primera en decirle a tu mujer que te deje. A los 16 yo me quedé embarazada, sin querer. Mamá me llevó donde una señora que me ayudó a abortar. Tuve suerte. Tengo amigas que nunca volvieron. Cuando la policía llegó al barrio buscando la casa de la partera que ayudaba a abortar, mi mamá pagó a un pollero y me mandó para acá. Mi historia está en otro libro. Cuando sea otra vez un lunes feriado, les cuento. Solo me queda el alivio enorme de no haber acabado como tu Lola Velandia, don José. Porque habría terminado en una estadística común. Yo no soy nieta de libertadores.

Gabriela Polit Dueñas (Quito, Ecuador)

Es crítica, catedrática, y escritora. Tiene una licenciatura en Filosofía, una maestría en Ciencias Políticas, y un doctorado en Literatura Latinoamericana en New York University. Fue profesora en Stony Brook University y actualmente es profesora del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Texas en Austin. Su escritura versa sobre literatura, género, feminismo, caudillos, periodistas; del dilema ético que es describir el dolor de los demás. Su trabajo ha sido publicado en varias revistas especializadas en los Estados Unidos, México, Argentina, España, Ecuador y Colombia. Ha publicado: Historias de la radio (Editorial El conejo, 1997), Cosas de hombres. Escritores y caudillos en la literatura latinoamericana del siglo XX (Beatriz Viterbo Editora, 2008), Narrating Narcos. Culiacán and Medellín (University of Pittsburg Press, 2013), Amsterdam Avenue (Literal Publishing, 2017), Unwanted Witnesses. Journalists and Conflict in Contemporary Latin America (University of Pittsburg Press, 2019), Rompiendo de otras maneras. Cineastas, periodistas, dramaturgas y performers (Múltiples editoriales, 2021), Agujas / Needles (Literal Publishing, 2022).