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Narrativa

Los muros de la piel

Santiago Rubio Casanova

Número revista:

8

–Un eco apenas… una cuerda rota… Y un gris harapo de melancolía!–

(Francisco Granizo)


A C. Rivera, para que abra o cierre las puertas necesarias



La había soltado con desdén, como si su brazo pesara excesivamente. La chapa todavía conservaba el calor de su palma izquierda que ahora pendulaba sin energía, deteniéndose de a poco. Separó la frente de la superficie, después de tocar un par de veces con ella. La puerta se había cerrado para bien, para siempre… para él. Testigo de madera, rugosa por los años, la puerta fue cómplice de sus deseos: le permitió ser espada y se dejó fungir de pared.


Consejera lo indecidía entre tocar la puerta  o no cuando se había peleado con ella, la que de aquí en más solo habitaría del otro lado. ¿Cuántos besos, arrimones, caricias desmesuradas había presenciado? A veces, la muy proterva lo delataba: se quejaba angustiosa con un chirrido agudo que salía de sus bisagras descascadas. Delatora a momentos, era una tumba en otros, a veces abierta, a veces entreabierta, pero se cerraba hoy para romperle el tiempo, imposibilitarle el paso, el superarla, para dejarlo fuera con una naciente y despiadada agoralepsia.


La contempló, al menos, una hora antes de que algo de luz le alcanzara la cervical. Su palma derecha no se había desprendido de ella mientras la izquierda se posaba en el centro de su pecho buscando un inexistente calor.


Alguien podría salir. El cuerpo indeciso se puso de perfil, pero la mano se negaba a despegarse de la puerta. El brazo empezó a estirarse hasta quedar completamente recto pero la mano, apática, resistía el desapego. El cuerpo, ante el dolor de partir, ensayó unos pasos que hicieron que la palma se deslizara por la puerta sin despegarse. Los pies se apoyaron en alguna remota voluntad de retorno a un incierto, empolvado hogar, y la mano se arrastró del centro de la puerta a un quicio metálico y luego al borde de una pared. Las breves uñas se resistían formando imperceptibles surcos en la madera y, sin embargo, logró salvar la casa y su muro de piedra con un milímetro de espesor menos en su mano y con uno más en los recuerdos: en la amargura de un sindestino.


El cuerpo se rozó, al pasar, con un jardín vertical, una reja negra, un muro de ladrillos, una puerta lanfor, dos enormes cerramientos con vidrios en la parte superior, una vidriera, una cuadra, un día… dos…


Cuando una excesiva cantidad de charcos –insalvables en su posición– le recordaron que los pies también se desgastan, ya su mano se había consumido hasta el codo. Se detuvo un momento… caviló poco. Y prosiguió consintiendo a los muros de la ciudad su pausado carcomer, sin separar la mano de las superficies. Un riesgo persecutor le evitaba detenerse: volver a tocar otra puerta o peor aún… que alguna se abriera.



Santiago Rubio Casanova (Ecuador, 1979)

Ph.D en Literatura Latinoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar. Entre sus publicaciones recientes están: el ensayo “El terremoto de Charleston” (2016); el cuento “Habitus”, incluido en Antología bilingüe del cuento ecuatoriano (2017); el ensayo “La Capoeira y la música de protesta: mímesis solidaria en pro de la educación” (2019); el cuento “Ligera (o libre adaptación de Ligeia de Poe para niños)”, incluido en Antología ecuatoriana del cuento infanto-juvenil (inédito – 2022). En la actualidad, se encuentra en el proceso de revisión editorial de su próximo libro de cuentos y se desempeña como docente y Coordinador Académico del Programa UDLA Honors.