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Cuento

Los ojos del ciprés

Gabriela Verdezoto Landívar

Número revista:

8

Sentada en el balcón, sin dejar de sentir esa opresión en el pecho y la falta de aire que viene con toda despedida, mientras recordaba las tardes de juego en ese gran estudio, llamó a la empresa de mudanzas para pedir un par de personas que vinieran a auxiliarlos con un pequeño inconveniente.


Se levantó a las cinco de la mañana, como todos los días desde hace treinta años. Bajó las escaleras y llegó descalza a la cocina para preparar café. Era la última vez que hacía todo lo de siempre.


La casa se vendió a muy buen precio. Eso no evitaba el dolor de recorrer con la mirada cada rincón y escuchar los recuerdos de una vida tranquila y afortunada. Pero era cierto el consejo de sus hijos: no necesitaban tanto espacio para ellos dos. El nido vacío se hacía más insoportable.


Hace dos semanas que venía empacando las cosas más delicadas: cuadros, vajilla, libros... La casa estaba lista para subirla al camión. Solo quedaban los grandes electrodomésticos y los muebles.


A las diez de la mañana llegaron las personas contratadas para el cambio. Tres hombres fuertes, con mamelucos cafés y soportes de espalda. Sus dos hijos llegaron también a colaborar en la faena. Ella se dedicaba, en silencio, a despedirse del pasado: el sonido de las carreras infantiles en los pasillos, los floreros rotos con las pelotas de fútbol, las camas de sus hijos con ese olor a inocencia, el sillón naranja y las noches de pelis, los trofeos colegiales, las lámparas, los domingos de almuerzos familiares, los espejos que absorbieron todas esas risas, los pocos llantos y la rutina.


Antes de bajar, entró al estudio y se despidió del piano. Lo limpió con la delicadeza de una madre que repasa con su manga la cara de su hijo el primer día de escuela. Sintió la misma emoción y nostalgia. Abrazó sus recuerdos por última vez y se dio a la tarea de ayudar en la mudanza. En el espejo que todavía colgaba detrás del piano se encontró con el reflejo del gran mueble de ciprés, embellecido con el tiempo, con esos ojos negros que son el pedigrí de la madera clásica. Dio la vuelta, se acercó al armatoste e intentó abrir el primer cajón. No pudo. No recordaba haber dejado algo sin vaciar. Tampoco recordaba qué guardaba ahí. Intentó con el segundo cajón. Nada, cerrado completamente. Igual pasó con el tercero y el cuarto. ¿Qué pudo haberlos bloqueado?


Por el balcón, junto con el viento de primavera, entraban los gritos de los cargadores que intentaban acomodar la refrigeradora en el camión. Ella separó el mueble de la pared. Primero el lado derecho y luego el izquierdo, así lo arrastró tres veces hasta que el mueble estuvo a un metro de distancia del muro. Revisó la parte trasera. Se había acumulado bastante polvo, pero no vio nada que pudiera explicar el bloqueo de los cajones. Lo movió un poco más. Esta vez, el peso del mueble demandó más esfuerzo. No encontró nada atorado entre las patas de la cómoda que, en ese momento recordó, fue un regalo de su tía Martha de cuando estuvo embarazada de su primer hijo. ¡Es verdad! Ahí guardó las primeras ropitas del Sebas, sus escarpines, sus camisetas con  dos botones para sostener el pañal, los pijamas de rombos y los gorritos de invierno.


Recordó que también ahí guardó la ropa de su segundo hijo. Y luego, las sábanas, toallas y manteles. Y que, cuando compraron la casa, no quiso deshacerse de él, porque el ciprés es noble y dura. Así lo designaron al estudio. A pasar vergüenza junto al piano negro y elegante de nogal.


Intentó mover el mueble una última vez para regresarlo a su lugar, pero fue imposible. Como si de repente hubiera ganado unos cincuenta kilos. En ese momento llegó su esposo y ella le pidió que la ayudara a desbloquear los cajones. Ante sus intentos frustrados, se pusieron en la empresa de cargarlo entre ambos. Ella del lado izquierdo y él del derecho, así lo elevaron unos centímetros del suelo, pero mientras avanzaban ―al estilo cangrejo― el mueble se hizo más y más pesado. Lo dejaron ahí porque temían bloquear la salida del piano.


Entonces llegaron los tres hombres de la empresa de mudanzas. Vaciaron el estudio. Se llevaron el piano, el espejo, los dos sillones y los cartones sellados, mientras ella se encargaba de desmontar las lámparas y las cortinas. La habitación quedó desnuda y con el mueble de ciprés en el medio. La imagen de la habitación vacía la llevó a su primera visita a la casa; esta era la segunda vez que veía su hogar desvestido. Recordó que fue en el balcón donde tomaron la decisión de comprarla. Y fue en ese mismo sitio donde se cerró la venta a la nueva familia que la habitaría.


Los pasos de los hombres la sacaron de sus reflexiones. Jadeantes y con las voces apagadas por el cansancio, entraron junto con su esposo a cargar la cómoda regalada por la tía Martha. Solo faltaba llevar ese mueble al camión para cerrar definitivamente la puerta de ese gran capítulo familiar.


Ella salió por última vez al balcón, mientras los cuatro hombres contaban al unísono. El conteo se convirtió en gemidos y maldiciones. El mueble no se movió ni un centímetro. Hubo risas y un segundo intento. Nada. Llegaron sus dos hijos. Tres hombres de un lado, tres del otro. El mueble se veía diminuto y estrangulado por los doce brazos. No cabían seis cuerpos alrededor de ese miserable mueble de ciprés. Dos jalaron de los cajones y cuatro empujaron por atrás. Las risas se convirtieron en gritos de rabia.


Sentada en el balcón, un poco desesperada, presionada por su esposo y sin dejar de sentir esa opresión en el pecho y la falta de aire que viene con toda despedida, llamó a la empresa de mudanzas para pedir ayuda.

El cielo comenzó a perder su color dorado. Parecía que la luz de la habitación, ya sin objetos que alumbrar, perdía su fuerza. Las frentes de los hombres sudaban desesperación. Al fin llegaron dos refuerzos. Amarraron cuerdas al pesado mueble e intentaron poner trapos en las patas para arrastrarlo a la salida. Nada. Todos empujaron de un lado, y luego todos del otro, todos de un lado, todos del otro. Toda idea nacía imposible. Golpearon y maldijeron la cómoda varias veces. También hubo patadas. Todo en vano. La noche cayó completa en su oscuridad. La ira de una virilidad puesta en duda por un viejo mueble de ciprés mató el buen humor de la tarde. Ella tuvo que abandonar la habitación para no avergonzar más a los ocho hombres que hablaban a gritos.


Bajó por las escaleras y vio la sala y el comedor completamente vacíos. Se había olvidado de cómo se enamoró a primera vista de esa casa cuando la vio así, exactamente así. Vacía.


―Parece que hubo un problema, dejaremos el mueble ahí.


―¿En mitad del estudio?


―¿Tienes alguna idea que no hayamos intentando?


La nostalgia de apagar la luz, despedir a los empleados de mudanza, abrazar a sus hijos  y cerrar la puerta por última vez silenció cualquier indicio de discusión.


Tres meses más tarde, ella volvió a su antigua casa para firmar unos últimos documentos, por solicitud de los nuevos propietarios. Era un matrimonio con dos hijos pequeños, en espera de la tercera. Como sabían del aprecio que tenía por la casa, le dieron un tour para que viera que había sido adoptada por otra familia que esperaba convertir ese lugar en una fábrica de recuerdos; en un hogar. Llegaron al segundo piso. El antiguo estudio había sido adecuado con una cuna, un moisés, una silla mecedora y de fondo, contra el muro, el mueble de ciprés con sus ojos negros, más negros y brillantes que nunca. El primer cajón estaba entreabierto y ella pudo ver que allí se acurrucaban escarpines rosados, camisetas blancas y gorritos de lana. La futura madre se disculpó por el descuido y empujó suavemente el cajón, que se deslizó como el susurro a un recién nacido.




Gabriela Verdezoto Landívar (Quito, Ecuador, 1980)

Periodista, geógrafa, viajera. Estudiante de Maestría en Literatura con mención en escritura creativa por la Universidad Andina Simón Bolívar. Ha trabajado como productora de contenidos en diversos programas de televisión con énfasis en investigación y divulgación científica. Madre de dos niños pequeños.