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Cuentos

Dos cuentos de Mapa criminal (inédito)

Alfredo Noriega

Número revista:

6

Un sueño


Un día, Ibrahim y Mohamed se van de sus casas, sin anunciarlo, pues ya tienen la edad para andar solos y arreglárselas, doce años el uno, catorce el otro. Caminan hasta la carretera de Agona a esperar que un carro los lleve rumbo a la capital. Una camioneta viejísima los trepa y los deja en la ciudad de Takoradi, a unos setenta kilómetros de allí. Deambulan por las calles. Perros sin dueño y poquísimas probabilidades de conseguir uno. Algo comen de las manos de gente bondadosa, también beben unos sorbos de agua y juegan a la pelota con otros niños en un terreno baldío, entre la avenida Collins y la calle Wiawsi. Mohamed viste una camiseta de Moses, jugador del Asante Kotoko en los noventa, heredada de un pariente. Por la noche, se esconden entre los puestos del Mercado Circular, centro neurálgico de la vida en Takoradi. Al día siguiente, caminan hasta el redondel donde confluyen las calles Axim y Cape Coast, agarran un tro-tro, suerte de minibus destartalado, que los lleva a la ciudad de Cape Coast, Oguaa, como la llaman los fantis, construida en torno a un castillo donde metieron mano portugueses, holandeses y británicos, ahora patrimonio cultural de la humanidad. De ese puerto, salían los barcos de esclavos hacia América. El tro-tro los deja en el centro, otra vez perros sin dueño, arrimados a una tapia cuya sombra los protege de un sol incandescente. Les queda todavía por recorrer unos 170 kilómetros, están hambrientos y cansados. Aparece un tropel de niños por la esquina, seguidos de cuatro mujeres, cada una con un bebé colgado en la espalda. Una de ellas se para delante. ¿Y la familia?, les pregunta. Bien, gracias a Dios, responde Mohamed. ¿Y la salud?, le pregunta él. Bien, gracias a Dios, responde la mujer. Les estira un plátano a cada uno, que saca de su bolsa. Comen eso. Para pagarse el viaje a Acra, mendigan todo el día. A las doce de la noche llegan a la capital. Duermen envueltos en cartones junto a la estación de buses. Se despiertan muertos de hambre, olisqueados por cuatro perros callejeros, tal cual ellos están. Los espantan a pedradas y gritos. Deambulan en busca de comida, pero no encuentran nada en los basureros y a nadie que les dé ni un mendrugo. Ibrahim siente pena. A esa hora estaría correteando a sus hermanos pequeños con la barriga llena. Mohamed salta un muro y vuelve con dos frutas milagrosas y un mango. Alguien surge de una puerta y les grita ladrones. Ellos corren hasta sentirse a salvo entre una muchedumbre que va o viene del mercado Makola. Nunca han estado rodeados de tanta gente. Mendigan. Se compran un plato de fufu y un vaso de asaana que comparten. Le ayudan a un viejo a subir unos costales de papas a una carretilla. Encuentran en el suelo dos cedis. Ambos se llenan de felicidad. Agarran un tro-tro rumbo al aeropuerto internacional Kotoka, en el que viajan apachurrados entre dos hombres, uno anciano y tan alto que su cabeza roza el techo, y otro gordo y pequeño, de edad indescifrable. Nunca habían visto aviones de cerca. En el último tramo circulan en paralelo a la pista y con ojos inmensos ven el primer aterrizaje de sus vidas. Los corazones de Mohamed e Ibrahim palpitan fuerte. Ambos se cubren los oídos, adoloridos ante el ruido de las turbinas del DC-10 de la Ghana Airways. Su pista se pierde en este punto. Se la recupera en el aeropuerto londinense de Heathrow. Un mecánico encuentra sus cadáveres en el tren de aterrizaje. Según Scotland Yard, “van vestidos de manera ordinaria y parecen bien comidos”. La camiseta de fútbol y la procedencia del avión dan los indicios de su nacionalidad.





Primera Guerra Mundial


Un frío llegado del mar calaba los huesos a esas horas de la mañana, en las afueras de Ypres, en la Flandes Occidental. Abdullah y Bora rezaron y rogaron a Alá que les diera a ellos y a los suyos la debida salud. Desayunaron y salieron hacia la construcción. Al llegar, sus compañeros de trabajo, los búlgaros Borislav y Grigor los estaban esperando, rodeados de un vaho invernal. Se saludaron en inglés, pues ninguno hablaba francés o flamenco. Llegó el contramaestre, un portugués pequeño y regordete, y abrió las rejas. En la barraca agarraron sus cascos y salieron rumbo a la excavación. Mathis, el único belga del grupo, fue tras ellos. Subió a la pala excavadora, el tubo de escape soltó un humo negro y la máquina corcoveó. Hizo girar la cabina hacia el hueco y bajó la pala a nivel de la tierra, golpeándola con el dorso de la cuchara, como si quisiera aplanarla. Tras esa maniobra, levantó la pala al cielo, observó a los trabajadores agenciándose cada uno en lo suyo, y empezó a extraer la tierra, desplazándola a un costado. Sonó un relámpago lejano. Unos minutos después una lluvia suave empezó a caer. Abdullah levantó la mirada, en el horizonte aparecía un borde azul. Con suerte, en un par de horas, los vientos empujarán las nubes y podremos trabajar el resto del día secos, pensó. Enseguida las botas se llenaron de lodo. Mathis movía la excavadora con precisión y celeridad; no le gustaban los tiempos muertos, sobre todo desde que le habían prohibido fumar dentro de la cabina. Grigor le pidió que se desplazara a un costado mientras ellos nivelaban el muro con sus picos y palas. Mathis tocó un obstáculo. Una piedra, pensó. Levantó la pala y la desplazó un metro más adelante. Volvió a clavar la cuchara y, al traerla hacia él, ésta chocó nuevamente con algo. Se bajó de la cabina y se paró en el borde del hueco, a ver si lo percibía. Una piedra, le dijo Mathis al contramaestre portugués. Éste silbó en dirección de los trabajadores quienes acudieron con sus picos y palas. A rock!, les dijo, señalando hacia el hueco. Los trabajadores se metieron dentro. Bora dio un golpe en la tierra con la punta de su pico, un cimbrón le subió hasta el hombro. Los otros empezaron a cavar en torno a la piedra. Abdullah dio un golpe, pero esta vez un ruido de metal le subió. Iba a decírselo al contramaestre, pero no se le vino a la mente la palabra metal, en inglés. El contramaestre gritó algo, que no escucharon. El obús estalló. La primera guerra mundial volvió a aparecer en Ypres, cien años después.[1]


[1] Desde el fin del primer conflicto mundial más de trescientas personas han perecido víctimas de piezas de guerra. En Bélgica, solamente los nacionales pueden pretender una indemnización en caso de explosión accidental. Ypres se encuentra en una de las líneas más sanguinarias del frente, donde perecieron cerca de trescientos mil soldados.