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Narrativa
Huacos familiares

Memorias de un cuerpo fraccionado

Pamela Rovayo López

Número revista:

Huacos

PIES

A los cuatro años recuerdo a mi madre decir que tenía los pies planos. Ella se quejaba con mi padre de no tener dinero para comprarme un par de zapatos ortopédicos. Mi padre siempre me reñía y controlaba para que no corriera, para que no subiera cuestas empinadas, no brincara en un pie; corría el riesgo de tropezar, caer, ensuciarme y lastimarme. Para él tenía "las patas planas" y por eso había cosas que no podía hacer. Mi padre me decía que si me caía y me lastimaba él me iba a lastimar más a correazos. Mis pies huesudos crecieron más rápido que el resto de mi cuerpo. Mi padre se burlaba de mis pies enormes y si insistía en salir al parque me amenazaba con descargar su correa sobre ellos.


ESTÓMAGO

Papá nos prohibió a mis hermanos y a mí comer gran variedad de frutas, verduras y dulces que en una economía raquítica eran prohibitivos para mi familia; también porque, según él, comer de todo podía dañar nuestra salud. En eso, como en otras cosas, mamá no estaba de acuerdo pero callaba y no hacía nada para impedirlo, a pesar de ser ella quien mantenía a toda la familia. De niña nunca probé el queso, ni las uvas, ni las manzanas. Llegué a la adolescencia sin saber de la existencia de muchos comestibles. Nuestra dieta fueron las sopas de zanahoria con patata, arroz blanco y a veces leche mezclada con agua al cincuenta por ciento para que alcance para todos y, según la cosmovisión de mi padre, para evitar que su pureza nos causara indigestión.


CULO

Para mi padre, portarse bien era permanecer sentada. También quieta y en silencio. Como sin existir. Con el culo en una silla. Era la única forma en la que no me gritaba, ni me amenazaba con la correa ni se atrevía a descargarla sobre mi cuerpo, esa pequeña estructura de piel y huesos que era mi cuerpo. Él cuidaba de nosotros en casa. A ratos, en mi infantil inconsciencia, soñaba con escapar y vivir en la calle. Por ese entonces yo tenía un libro ilustrado de Ediciones Coquito que recogía cuentos de varios países del mundo. Mi favorito era Cufi-Cufu, que contaba la vida de una anciana que tenía por casa un tonel. Pensaba que no sería tan difícil encontrar un tonel para guarecerme.


COLUMNA

No quería ser como el tallo de las plantas que se enderezan con la luz del sol y florecen; más bien, quería ser como caparazón de tortuga, como concha de caracol, curva y fuerte para proteger el resto de mi cuerpo del castigo y del agua fría de la ducha de una vez por semana. Así mi espalda tomó la forma de una joroba protectora para salvaguardar el cuerpo de las miradas de los viejos morbosos del barrio y para protegerme de todo lo que podía caerme encima.


SANGRE

La ruptura vino con la sangre, copiosa y rutilante. Durante mi transición de gusano a crisálida, me incomodaba ver mis pechos casi inexistentes, mi cintura y caderas carentes de curvas, plana y flaca. Me miraba sin gracia, sin gusto, sin nada de cariño para esa figura que veía en el espejo. Mi primer beso llegó el día en que mi madre me dejó a solas con su amante. Luego aprendí sobre sexo mirando a hurtadillas las películas triple equis que el canal de televisión transmitía pasada la media noche. Hasta el momento no hay placer más grande que el que he aprendido a proporcionarme por mi propia mano.


TUMOR

A mis 21 años, luego de tres meses de no tener la regla, supe por un examen de sangre que estaba embarazada y que la única alternativa sería dar a luz sola. Me resistí a dar a luz pero no logré abortar. Tampoco pude sentirme tranquila ni llevarme un bocado de comida a la boca sin sentir mucho asco durante los interminables nueve meses, tiempo en el cual odié mis tobillos y mis pies hinchados. Odié mi panza, me sentí monstruosa, fea. Esa panza no era mi bebé gestándose. Tenía la idea de que en esa barriga se albergaba un tumor que terminaría por consumirme, por hacerme desaparecer. Al menos eso, si este tumor pudiera borrarme completa.


HIJA

A las 39 semanas y media salió de mí una niña con peso y salud de prematura a pesar de mis intentos por compensar, con vitaminas y suplementos en lata, la falta de apetito y de entusiasmo. Durante aquel tiempo mi cuerpo estuvo en rebeldía, gritándome que era demasiado frágil, delgada y nerviosa como para propiciar la formación de otro ser. Contra mí misma y por cesárea, di a luz a ese cigoto que se aferró a mi útero a pesar de que más de una vez estuve segura que se desprendería durante cualquier visita al baño. Una vez que nació, mis padres se convirtieron en los suyos y, con ello, tácitamente acepté que el ciclo se repitiera con ella. No puedo entender mi existencia en el rol de madre, aunque diga y haga cosas para negármelo.


COÑO

Vivo con mi cuerpo semiatrofiado: no sé nadar, ni montar bicicleta, ni darme un trampolín, ni pararme de cabeza; sin embargo, todo eso trato de compensarlo en la cama con mi compañero de turno, gracias a la lectura del Kama Sutra y unas cuantas clases de danza árabe. Siempre estoy pensado en sexo; no puedo estar mucho tiempo sin tener sexo, sin un hombre. Me gustaría acostarme con alguien que me ame pero, como no lo he logrado, ahora, más bien, busco a alguien dispuesto no a amarme, sino a pagarme por mi coño. Trato de conservarme lo mejor posible para exhibirme en el supermercado de los cuerpos a la espera de que me compren. Vengan, vengan, que a pesar de todo aún estoy buena.

*Texto resultado del “Taller de escrituras familiares” de Gabriela Wiener, llevado a cabo en el Centro Cultural Benjamín Carrión , en Quito, en marzo de 2022.

Pamela Rovayo López (Quito, Ecuador, 1987)

Escritora y pintora. Estudió una maestría en Literatura con mención en Literatura Latinoamericana, en la Universidad Andina Simón Bolívar. Ha trabajado como reportera cultural, fotógrafa y correctora de textos en la revista de difusión literaria Rocinante y Revista Q, del Municipio de Quito. Ama la lectura, el cine y las artes plásticas; le gusta escribir por las tardes en compañía de su gata Manchitas.