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Cuento

Ojos

Andrea Armijos Echeverría

Número revista:

2

Cada medianoche Samuel Aguilar entra al baño y aplasta a la cucaracha. No muere. Cada medianoche a Samuel Aguilar lo despierta la necesidad de orinar. Es inconfundible. Su vientre lo aprisiona contra la cama y entre sueños intuye que debe levantarse e ir al baño; si no lo hace, lo sabe por una experiencia infantil, la necesidad será satisfecha en medio de un sueño y despertará mojado, oliendo a callejón. El pasillo que conecta su habitación con el baño (siempre soñó con tener uno propio, pero era muy caro) es totalmente oscuro. Una maniobra ridícula de diseño dejó el interruptor, el único de toda esa área, casi al final del corredor, ya después del baño. Samuel Aguilar debe recorrer ese espacio, con el recuerdo del trayecto a plena luz del día, en su mente asustada. Llega al baño sudando, pero solo ahí repara en ello y sacude los brazos como para darle aire a su propio cuerpo. Prende la luz y cierra la puerta. Afuera está el peligro, cualquier criatura que habitase en la oscuridad queda recluida. Parado, frente al lavabo, Samuel Aguilar recuerda la película que vio hace años, donde una mujer fantasmal y desdentada se colgaba del marco exterior de la puerta, mientras su víctima gritaba al fondo de la tina del baño. Todo era seguro (relativamente seguro) adentro.

Pero ahí está la cucaracha. No es como las de ficción, enorme, marrón, brillante y con las antenas más largas que el cuerpo. Esta es más pequeña, más real. Es una cucaracha, lo sabe, las ha visto antes. Es negra y ovalada, no es tan ágil porque no se mueve frente a la presencia humana; eso irrita a Samuel Aguilar que ve en ese animal idiota la traducción de sí mismo, de su propia actitud, siempre pasivo, siempre parado en un rincón esperando ser aplastado. Samuel Aguilar levanta la pierna, la recoge en un ángulo recto y la descarga sobre la cucaracha; asienta la punta del pie y la mueve de izquierda a derecha para asegurar la muerte. Una larga, progresiva y dolorosa muerte. Mientras aplasta al animal, se baja los pantalones, no vaya a ser que todo sea un mal sueño y se termine orinando sobre sí mismo y la cucaracha. Al asumir la muerte, Samuel Aguilar da la vuelta y empieza a orinar. Siente un cálido alivio, los ojos se le entrecierran. “Este es el momento de la noche”, piensa, “el que el sueño está asegurado”. Levantarse al baño, más que una costumbre, ha sido para Samuel Aguilar una especie de entremés teatral, de esos en los que no hay héroe ni villano; solo una historia tonta, fácil de aprehender, como matar a una cucaracha en medio de la oscuridad. Al terminar, respira una vez más el aire tibio del baño para recordar que no está soñando, se levanta los pantalones y se dispone a lavarse las manos. Ahí es cuando ve a la cucaracha, viva, tranquila, impasible. Sus pensamientos ahora no lo dejarán regresar a sentarse en la primera fila del sueño. Intenta liberarse de sí mismo y abre el grifo, se lava las manos con abundante jabón, pero evita tocarse la cara con el agua fría, pues eso lo despertaría aún más.  Vuelve la vista un segundo y ve a la cucaracha, ahora más arrinconada en el orificio del drenaje. “En cualquier momento se irá por ahí y no la volveré a ver”, se consuela Samuel Aguilar, pero es una autopromesa que se diluye en el agua sucia del retrete. Sabe que al día siguiente, a la madrugada siguiente, ella seguirá ahí, alimentándose de las partículas de suciedad y desesperanza  que Samuel Aguilar riega en el piso del baño cada vez que va a orinar sudando y asustado.

Cada mañana Samuel Aguilar debe cumplir su ritual de limpieza después de levantarse. “Si mi cara ya es lo suficientemente fea, que al menos no esté sucia” es su lema. Camina ya sin miedo, sin precaución hacia el baño del corredor, abre el grifo, el agua helada se acumula en sus manos y llega a su rostro velozmente, se seca y toma las gafas guardadas en un bolsillo de su pijama. Limpia los vidrios con el aliento y una de sus mangas. “Suavecito que son mis ojos”, se dice a sí mismo. Se calza las gafas, gira la cabeza a un lado y ve el agujero del drenaje. “¡Ah, sí! Eso era. Hay que arreglar la baldosa, se está descascarando y se pone negra, parece una cucaracha”.

De "Cómo tratan las mujeres a sus peces dorados" (FLAP, 2016)