Image-empty-state_edited.jpg

Narrativa
Huacos Familiares

Porno

Macarena Orozco

Número revista:

Huacos

Conocí el costo de un blanqueamiento de ano a los 16 años. Para entonces, casi todas mis amigas se habían operado o se habían hecho algún tratamiento de belleza. Implantes de senos, hilos tensores, rinoplastia, bichectomía, lipopapada, carillas, microdermoabrasión, blanqueamiento de ano y vagina. En mi casa no había dinero para eso, así que me recordaban que lo importante es el interior, lo que eres como persona. Pero para mí no hay nada más aburrido que amarse a uno mismo tal y como es.


Desde que era adolescente he medido cada parte de mi cuerpo, he buscado qué tipos de pezones se consideran normales, sus formas y colores, el tamaño promedio de los pies de una mujer, los tipos y proporciones de las vaginas de las mujeres en el porno. He investigado qué es una cirugía reconstructiva y cuánto cuesta. He googleado cuántas cirugías puede realizarse una persona al año y si se puede ingerir alcohol después de una cirugía bariátrica. He hecho un cálculo matemático de cuántos años debo trabajar para hacerme las cirugías de Bella Hadid. Aún me faltan dos.


Estas preguntas me acompañan todo el tiempo. Son algo así como el origen y el recordatorio de lo feo.


Porno I

La primera vez que vi pornografía tenía 13 y estaba en la casa de una amiga a la que le habían prestado varias películas porno. Vimos una que se llamaba 18 años. En la película aparecía una rubia bastante guapa, delgada, con senos grandes, pezones pequeños y rosados. Pensé entonces que todo lo que fuera diferente a esa imagen que se me había quedado en la cabeza era feo, asqueroso, repulsivo.


Durante los primeros años de colegio me llamaron de muchas formas: gorda, gigantita, leñadora, marimacho, machona, lesbiana, gorda matosa, obesa. En más de una ocasión me recordaron que la obesidad es algo asqueroso, algo de qué avergonzarse y sentirse culpable. Para el ojo hetero, la obesidad parecía ser un delito.


A lo largo de mi vida la gente ha hecho comentarios acerca de que no sería tan fea si fuera flaca. Recuerdo que, alguna vez, alguien me dijo que no debería desperdiciar mi estatura siendo así de gorda. En Zara, por ejemplo, me han recomendado en tres ocasiones ver ropa en la sección masculina.


He perseguido la feminidad sin éxito. Quizás esto le ha dolido más a mi madre y a mi abuela que a mí. Quizás esto me unió más a mi abuelo materno.

Mi búsqueda de la feminidad terminó a los 18, cuando entendí que nunca iba a ser como la actriz porno de la película 18 años, que nunca iba a ser deseada y, claro, nunca iba a darle sexo oral a un tipo blanco en un Mustang en movimiento. Todo esto lo aprendí del porno, de la escuela milenial de la sexualidad del mundo.


El porno fue mi experiencia erótica blanca y heteronormada. Fue mi ley y mi censura sobre el cuerpo.


Desde que cumplí 14 años no he podido verme en un espejo sin sentir incomodidad. A veces, cuando me miro desnuda frente al espejo, lo hago sin lentes. Es extraño cómo la miopía me permite imaginarme siendo otra. Tal vez lo sea por unos segundos, en las mañanas.


Posporno

Con la Kosakura, Kosacruda para los amigos –Ángel Burbano por las mañanas–, hemos hecho del chisme una metodología para pensar el porno y el mundo marica. Hemos hablado de todo tipo de violencias, del doloroso inicio de la vida sexual, de las violaciones, de los videos que alguien ha subido a xvideos, de los delitos en el porno. El sexo hetero en pornhub es tremendamente violento; el sexo anal, la doble y la triple penetración, golpear, ahorcar, escupir, ser la puta de alguien. El porno tiene una lógica muy clara: la dominación del cuerpo femenino.

Hemos hablado de las cabinas, de los heterocuriosos que siempre pasan por ahí y del tipo que en alguna ocasión dijo “quisiera que me metan un muñón en el culo”. Junto a él estaba su esposa. Moldear anos también es un arte. Hemos hablado de los saunas, de esos que quedan por la Isla, cerca de Las Casas, a los que van hombres blancos que aún usan sus argollas de matrimonio. También hablamos de los saunas sudakas, de la experiencia chola y marica de la que tanto se avergüenzan los gays de la ciudad.


He pasado los tres últimos años pensado en el posporno como discurso o contradiscurso. He visto cuerpos gordos, mutilados, mamas caídas y tuberosas, anos, penes, vaginas y clítoris de muchos colores y tamaños. He visto otras formas y fantasías del placer femenino. Me cuestioné mi sexualidad. Otra desgracia: soy heterosexual.


Durante mucho tiempo vi el cuerpo como un objeto; sigo viendo el mío como uno. Aún me culpo por lo feo, por lo gordo, por la flacidez, porque después de la pandemia me creció aún más la papada, porque me estoy haciendo vieja. Me culpo de todo y, a la vez, no.


Cada día escojo ropa holgada que me cubra los rollos. Busco camisetas con mangas largas para que no se vean las estrías de la parte inferior de mis brazos. Casi siempre me siento encorvada con los brazos cruzados para cubrirme la panza. No me odio, pero tampoco me autocompadezco; me pienso diferente pero no me pertenezco. Este cuerpo que es mío fue expropiado hace mucho tiempo.

*Texto resultado del “Taller de escrituras familiares” de Gabriela Wiener, llevado a cabo en el Centro Cultural Benjamín Carrión , en Quito, en marzo de 2022.

Macarena Orozco (Quito, Ecuador, 1994)

Periodista por la Universidad Central del Ecuador. Su investigación El cuerpo marica en la crónica roja fue expuesta y publicada por el CAC. Trabajó como comunicadora y diseñadora en el FCE Ecuador. Realizó gestión cultural y proyectos sobre género, disidencias y decolonialidad en la librería Ulysses & Co. Actualmente es coordinadora editorial en el Centro de Publicaciones de la PUCE.