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Cuento

Profecía

Camilo Sánchez

Número revista:

7

—Prosiga.


—Le decía, si hoy es miércoles y es 13, tuvo que haber sido alguna tarde de la semana pasada. No puedo ser más preciso porque mi memoria, en especial a corto plazo, ya no es la misma desde que decidí relajarme y trocar al menos parcialmente el alcohol por otras cosas. Pero bueno, estoy seguro de que una tarde de día laboral, entre el 4 y el 8 de febrero del 2019, se produjeron los hechos que me pide recordar hoy.


Como es bien sabido por los lectores de la llamada literatura fantástica y también por los de la televisión de terror para adolescentes: desear es una actividad para nada exenta de peligros y que posee consecuencias bastante azarosas. Sin embargo, la insensatez de la juventud y el aturdimiento al que nos conduce la vida en sociedad nos hacen olvidar incluso esas vulgares pero certeras premisas. En fin, mi deseo de esa tarde no era, pues, del calibre suficiente como para compararlo con los de los clásicos literario-televisivos: transmigraciones de cuerpos, reanimaciones de muertos, vivir en temporalidades alternas, etc, etc. Se trataba, más bien, de un deseo prosaico y rupestre: un chuzo, un pinchoclo, un anticucho, un sable, una brocheta, o como se quiera, pero en definitiva, una carne bien condimentada, empalada y finalmente asada al carbón para ser consumida al vuelo y sin problema, sin la necesidad de infraestructura o de herramientas adicionales. Como se verá, no representaba mi deseo ningún tipo de afrenta contra el destino, ni de loca fantasía contra natura; ni siquiera se trataba de uno de esos irrealizables y poco específicos deseos como pacificar Medio Oriente o eliminar las hambrunas asiáticas o africanas. Era, pues, mi chuzo, sencillo, tal como la etimología de la palabra anticucho, que posee probablemente los radicales quechuas anti (Andes o Este) y kucho (corte), o bien uchu (ají). Ají, el Este, un corte, Los Andes, todas palabras tan trascendentales como básicas. Palabras tan elementales que fueron seguramente determinantes para las culturas andinas prehispánicas; tal como lo son ahora pobreza, democracia y racismo para las culturas nacionales andinas. Era mi deseo de un pincho, prosaico y común como un robo callejero, o como caer en quiebra o en la cárcel (todxs en Latinoamérica sabrán de lo que hablo), y, sin embargo, me trajo unas buenas horas de angustia y psicodelia que, si bien no puedo recordar con absoluta nitidez, tampoco podré olvidar en mi vida entera.


No sé si fue un mensaje intempestivo o fue un compromiso anterior el que me motivó esa tarde a lanzarme en busca de mi compadre Jhony Guerrero para proponerle ir a quemar el tiempo en las brasas ardientes de una pinchería y refrescar el gaznate con una cebada bien fría. Lo que sí es seguro es que el plan que habíamos trazado no podía ser de ninguna manera concretado de una forma sencilla porque el destino, camuflajeado en la identidad de otro amigo, se me presentó a través de un nuevo mensaje en el que me invitaba al concierto de graduación de uno de sus alumnos de guitarra clásica. Y yo que aún cargaba en la espalda las culpas y la incertidumbre de haber abandonado la música, confundido, no pude sino aceptar esa invitación. Así que acordé con el primero de mis amigos asistir al concierto juntos y después seguir con nuestras aspiraciones gastronómico-etílicas. Ah, ¡pero qué ingenuidad, qué delirio de control! Unx no puede pretender dictar el futuro como si fuera una lección de cívica o mecanografía que se arroja como balanceado sobre cualquier vacada de estudiantes.


Le decía, a veces olvidamos hasta las premisas más básicas que conocemos. Yo, que me jactaba de tener incorporadxs a la retina los distintos modos de lectura y las estrategias básicas de las tramas literarias, no fui capaz, esa tarde vulgar, de ver los signos; porque las cosas son así: uno puede leer en abstracto, pero la carne, la bilis, el asfalto y los detalles se nos escapan como insectos a los que no damos relevancia hasta que el dengue termina por lanzarnos al purgatorio que es la sala de emergencias de un hospital público. El punto es que la tarde se me presentó llena de oráculos y de giros narrativos que llegaron a lo mucho a inquietarme, pero nada más.


Quito, primeramente, ya hace años que había dejado de ser la ciudad en la que crecí. La tarde en cuestión, esa certeza se exacerbó dentro de mí. Yo paseaba entre absorto y entontecido esquivando las excavaciones, los cortes de calles, lxs migrantes venezolanxs empobrecidxs por los vericuetos de la política y de la historia, y los relucientes edificios nuevos. La cita con el viejo Guerrero era en la puerta de ingreso del Palacio de la Circasiana, sobre la avenida Colón. El edificio es uno de esos caserones aristocráticos tipo villa palladiana de principios del siglo XX, que había sido obscenamente renovado en una especie de inversa hecatombe para la satisfacción de los terribles dioses del progreso ecuatoriano. Era como si, a través de la ocupación de esos sitiales, se renovaran junto con las fachadas y los jardines las obscenas nupcias entre Estado y aristocracia, entre presente, pasado y futuro colonial, entre progresismo nuevo y conservadurismo de antaño. El concierto iba a darse allí y esa fue una de las señales que no pude ver. Menos mal Guerrero, aunque de mi misma leva, podía fungir de Virgilio criollo o mestiza pitonisa, y guiarme por los laberintos de la ideología de las clases medias y más aún por la intrincada y protocolar mentalidad de la burocracia local. Él se desenvolvía como pez en el agua, o mejor dicho, como pez en el turbulento mar de corruptelas livianas, escarceos sexuales entre compañerxs de trabajo, casas propias, hijxs, perrxs, bodas de plata, etc, etc. Seguramente la presencia misma de Guerrero era otra de las advertencias que no alcancé a comprender. Apenas lo saludé, me mencionó algo sorprendido que le llamaba la atención que el concierto se realizara en ese lugar, en una de las dependencias del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural. Nunca supe si los recitales de jóvenes estudiantes de guitarra entran, por así decirlo, en la jurisdicción del INPC. En todo caso, el lujo del edificio era desproporcionado para la ocasión, y las formalidades no cuadraban con la naturaleza misma del conservatorio en el que trabajaba mi amigo (el profesor de guitarra), que si bien no era pobre, era pequeño y tenía muy claros sus límites.


Una vez adentro, me obnubilaron los brillantes pisos de mármol con diseños geométricos, los grandes espacios vacíos y la perfecta iluminación artificial. Me sentí aturdido por todo lo que veía, pero más aún me perturbó el sorpresivo encuentro con lxs progenitores de un viejo amigo que murió hace pocos años. Ellxs siempre se habían mostrado (por decirlo como ellxs) apolíticos y elegantemente distanciadxs de las camarillas de advenedizxs que habían trepado a los peldaños medios y altos de la escalera burocrática desde el 2006. Pero allí estaban, y ante mí se iban entremezclando distintos estratos de mi vida personal, de la sociedad ecuatoriana y de la historia misma. Era como si lxs burócratas, las restauraciones, la guitarra clásica y lxs padres de mi amigo muerto fueran engranajes de una maquinaria encargada de reacomodar la vida misma en general, de ocupar de a poco los mundos interiores y los espacios personales. Eran, pues, todos estos elementos como piezas de un rompecabezas sin bordes destinado a una frenética e irrefrenable expansión.


Sentados ya, mi amigo Guerrero y yo comenzamos a presenciar cómo caían por goteo, entremezcladxs, lxs músicxs y lxs burócratas. Era complicado distinguir a unxs de otrxs porque los trajes bien planchados, los vestidos, las joyas y el maquillaje recubrían a todxs por igual. Y si no hubiera sido porque yo ya conocía de antemano a muchxs de lxs músicxs y Guerrero, por su vida y sus estudios de política, a su vez reconocía a algunxs jerarcas de la burocracia, hubiera sido prácticamente imposible taxonomizar a lxs individuxs que iban ocupando, una a una, las doradas sillas enfiladas ante el púlpito que había soportado cien años atrás la pasión irrefrenable de la verborragia católica y conservadora, y que hoy iba a hacer de tarima para el guitarrista. Guerrero me dijo con una voz picante: “¡Qué nivel! Ese es Franklin Maigua, uno de esxs asambleístas regionales tan absurdamente radicalizadxs en su apoyo al presidente”. Nos reímos, pero ya con nerviosismo ante el aguaje de políticxs que no paraba de anegar la sala. Una vez repleta, arrancó el concierto que fue más o menos como todos los conciertos de graduación de guitarra: una obra renacentista, una barroca, una clásica, algo de romanticismo español (inevitablemente Asturias), algo más moderno y al final (también inevitablemente) música nacional. En definitiva, un acto protocolar, predecible en sus virtudes y defectos, y moderadamente aburrido. Sin pena ni gloria, pasó el concierto y el guitarrista se graduó. Pero el verdadero espectáculo estaba por comenzar.


Un hombre que evidentemente era el padre de William, el graduado, tomó el micrófono y se presentó a sí mismo como un importante funcionario del Consejo de la Judicatura y comenzó a deshacerse en halagos y agradecimientos dedicados a lxs otrxs políticxs que se habían hecho presentes para apoyar al muchacho y a sus padres en esa feliz ocasión. Después, su discurso excesivo poco tuvo que ver con la música o con su hijo, y se centró de lleno en la política nacional. Para finalizar su intervención lanzó con una voz mantecosa: “Ahora llegó el momento de lo sabroso”. Guerrero me miró con la risa saliéndosele por los ojos, y yo no pude evitar pensar en una sazonada comida nacional, en uno de esos platos suculentos y sebáceos que acompañan a los burócratas desde el alba de sus carreras hasta su ocaso jubilatorio. Pero lejos de invitar a los asistentes a servirse un bocadillo o una bebida, el padre, el funcionario del Consejo de la Judicatura, el flaco charlatán trajeado, estaba dándole una especie de señal secreta o de retórica introducción a su esposa, la madre del guitarrista, la asambleísta nacional por Alianza País, la orgullosa expresidenta del sindicato de secretarias y la soberbia poseedora de una cabellera corta tinturada y de un cuerpo robusto, moldeado por el sedentarismo propio de su oficio y la fritada nuestra de cada día. La señora, demostrando tener una profunda emoción que le embargaba el pecho, se dirigió a la audiencia más o menos en la misma línea que su cónyuge, pero con la confianza y desenvoltura propias de su rango. Sin embargo, lo distinto, lo nuevo en su presentación, era una sorpresa audiovisual que había mandado a realizar exclusivamente para la ocasión. En una loca fusión, la burda tradición de proyectar fotos o videos para amenizar una reunión familiar se había entremezclado con la naturaleza institucional de la pareja, y el resultado era una especie de corto documental destinado a destacar las virtudes del nóvel músico.


El producto era de muy baja calaña, tal y como lo son los videos institucionales que miles de productoras anónimas e inmediatas realizan cada día y que después se proyectan una sola vez, o nunca, o se suben a internet para que nadie los vea, y allí no mueren nunca, pero tampoco viven. Allí quedan casi completamente estáticos, sencillamente ocupando algún recoveco de un servidor ubicado quién sabe dónde. Para Guerrero y para mí, la proyección fue motivo de burla en un inicio; sin embargo, el final terminó por pasmar nuestras alegrías y llenarnos de una extraña sensación parecida al miedo. En el video, después del desfile de modestos personajes (profesorxs, tíxs, primxs y compañerxs de clase), estaba como agazapada una excelentísima sombra, los grandes bronces de esa corta sinfonía audiovisual: el mismísimo presidente de la República, Stalin Vicente Delgado Garcés. Un sujeto grandilocuente con un burdo discurso izquierdista, que había enloquecido por el poder y la ambición, tal como les pasa a todxs lxs que emprenden una carrera en la política. Era el mismísimo presidente, proyectado en pantalla gigante, llenando todo el interior de la adaptada sala de conciertos. Era el presidente siempre televisado, ocupando a plenitud una de las tardes de mi vida. Era un rostro enorme y demencial felicitando a William por sus recientes logros y augurándole un futuro que llenaría de orgullo a sus padres y de gloria a la cultura nacional. Y yo no pude evitar la evocación de las imágenes del presidente tocando la guitarra (comandante Che Guevara) y bailando un sustancioso reguetón con una adolescente. Tampoco podía dejar de pensar en una novela argentina que en el marco de un futuro medianamente cercano y levemente distópico describía un régimen autoritario en una isla caribeña presidido por una estrella de la canción pop. Me sentí en ese momento como dentro de ese lugar más que común de la televisión gringa (que es la universal), me sentí atrapado en el famoso comercial para la presentación de la maquintosh 128k en 1984 (que fue reeditado en 2004 con la inclusión de un iPod en la cintura de la heroína sin nombre como única variación).


Today, we celebrate the first glorious anniversary of the Information Purification Directives. We have created, for the first time in all history, a garden of pure ideology, where each worker may bloom, secure from the pests purveying contradictory truths. Our Unification of Thoughts is a more powerful weapon than any fleet or army on earth. We are one people, with one will, one resolve, one cause. Our enemies shall talk themselves to death, and we will bury them with their own confusion. We shall prevail!


Pero en este caso, en el salón principal de la readaptada mansión Jijón, a principios del 2019, no hubo heroína anónima, ni martillo, ni fisura en la oficial pantalla-discurso del gran hermano, ni…


—Por favor, Señor Sánchez, le pido que se concentre y que no se desvíe.


—Disculpe. Se terminó el video, llegaron los aplausos, los abrazos y, por fin, la invitación al convite. La orgullosa madre había preparado un detallito para lxs asistentes, nada más y nada menos que vino y champán importados (que decidí no tomar), y una generosa y surtida guarnición de bocadillos provistos por el servicio de catering de la propia Asamblea Nacional. En las bandejas se entremezclaban el sabor criollo y la alta cocina. Entre los bocadillos, figuraban pequeñas empanadas de verde y morocho, ceviche de camarón y precisamente unos pinchos en miniatura. Cuando tomé uno de esos miré a mi amigo Guerrero y no pude hacer otra cosa que sonreír con impotencia, comer el pincho de un solo bocado y pensar un segundo en “La pata de mono”.

El ambiente de esa casa y la suntuosidad del banquete me saturaron. Le propuse a Guerrero salir al estacionamiento y después buscar un antro para tomar cerveza con aguardiente y así ahogar los terribles recuerdos de esa tarde. Pero nuevamente la vida se encargó de recordarme la inutilidad de elegir o de planificar las cosas. En el estacionamiento del lugar apareció Cristian, otro amigo que había asistido al recital. Saludó contento y me ofreció compartir un porro de creepy, que es la marihuana que ahora se consume entre los círculos juveniles urbanos y que no es otra cosa que flores de plantas modificadas para generar cantidades paranormales de THC, producidas, apelmazadas y distribuidas por las grandes mafias del narcotráfico colombo-ecuatoriano. No fue necesario demasiado: con solo dos golpes, con solo dos quemadas de creepy, entendí que esos narcos se tomaban muy en serio la tarea de dar nombres descriptivos y justificados a sus productos.


Entonces fue ahí, entre la oscuridad de los autos y el lejano rojo de los semáforos, fue ahí cuando vi a lxs niñxs sumidxs en la pobreza y en la adicción, trabajando en los campos de coca y de marihuana desperdigados por la amazonía, las yungas y la selva paranaense. Lxs vi lamerse mutuamente los dedos después de haber pisoteado por horas y horas el horrendo amasijo de hojas, cal, ácido, uñas y sangre. Vi las obscenas bacanales donde políticxs y criminales famosos se revolcaban fecales en la felicidad de su riqueza; y vi San Lorenzo y Tumaco sin agua ni alcantarilla, con el barro hasta las rodillas arrancándole al pantano palmo a palmo los moluscos y crustáceos que ornamentan los fotogénicos platillos de Quito, Guayaquil, Medellín, México, Nueva York, Berlín y China. Vi el caserío negro de Limones (y a su violada cotidianidad), lleno de patrullas y de cámaras que buscaban como perros adiestrados a un tal Walter que no se le había perdido a nadie. “Camilo, ¿estás bien? ¡Levántate, loco!” y una mano que se me posa en el hombro como un animal amigo. Pero de súbito, otra vez la sangre y el petróleo en indistinto fluir, los tractores arrastrando las selváticas techumbres de las casas de El Pangui. Otra vez el renacer de los viejos rumores, la selva está llena de oro, yo he visto el mapa que lleva hacia El Dorado, y otra vez zarparon río abajo nuevos Franciscos de Orellana con sus nuevas expediciones. Pero esta vez, la palabra se hizo mina y habitó bajo nosotros porque el terrible Yahveh, hacedor de ejércitos celestiales y terrenales, hace tiempo que apresó a los espíritus de los bosques y de las aguas americanas. “¡Loco, levántate! ¿sabes dónde estamos?”. “Sí”. “Pásale un tabaco prendido”. Y yo estaba erguido de los pies a la cintura pero mi mitad superior permanecía horizontal…


—Señor Sánchez…


—… la voluntad no me alcanzaba para terminar de elevarme. Me había colocado como en una caricatura de pose meditativa, mi cuerpo parecía una ele invertida o una te mocha. Pero, a pesar de la incomodidad de la situación y la vista nublada por el humo, los reconocí en la noche oscura. Estaban ahí parados, infiltrados entre los punkies, con sus botas de servicio recién lustradas, jalando coca y prendiendo fuego en Santiago, abriendo con la uña verde una guatona con moño y manchando octubre de rojo con la sangre y el humor acuoso de lxs manifestantes; echando una caspita del diablo en medio del desierto de Sonora y cavando fosas para cadáveres de mujeres y de estudiantes bajo las órdenes de algún señor de la muerte. Los vi cortando líneas blancas de falopa con una Visa de débito con las esquinas blancas y arrugadas, mientras patrullaban en combis sin placas las zonas rojas del conurbano bonaerense, esperando el momento exacto para llevarse a alguna muchacha y cumplir así la cuota diaria. Entre los nubarrones de gas y el ruido de las piedras cayendo sobre los escudos de plástico, con la garganta y los ojos irritadxs, pude también escuchar, en Quito, sus mensajes por radiofrecuencia: fuego, disparen, fuego a discreción, dispersen la primera línea, avancen, procedan, go, go, go, go…


—Sánchez...


—… y también vi a lxs otrxs (y se oían levísimos pingullos), vi a lxs mendigxs del mundo, en el deporte extremo y cotidiano de recibir de primera mano la brutalidad de la policía, el gatillo fácil (y con más fuerza tambores pobres, rap y trutrukas); los vi caer por docenas, como vendidos al mayoreo, asesinados como perros, y reconocí en sus miradas la tierna luz de la anarquía, la alegría de descubrir que toda la ciudad es flamable (de pronto explota en sonido toda la selva, las semillas y el coro del lxs ancianxs, “Watuy, Watuy”, que diluvia sobre las grandes y empobrecidas capitales del tercer mundo: “Watuy, Watuy, Watuy”). Vi a lxs niñxs del sename, a Bosco Wisum y a José Tendetza, a Johanna Ramallo, a Andrés Chabla, a Isidra Guamacela, a Pablo Pumacuri, a María Lema, a Gaspar Tomayco, a Sebastiana Caxicondor…


—¡¡Deténgase, Sánchez!! Cállese. Ya tuve suficiente. Usted ha colmado mi paciencia. Acepté de buen grado que se desviara, que me hablara de etimologías, de novelas argentinas, de propagandas de televisión; acepté que se detuviera en detalles absurdos, que criticara injusta y generalizadamente a la burocracia, pero esto ya es demasiado. Le recuerdo que yo también soy un funcionario público y que si lo estoy defendiendo en este proceso, es porque así lo exigen mis tareas y responsabilidades como abogado de la Defensoría Pública. Personalmente, si de mí dependiera, mandaría a limpiar la patria de todos los malandros, de los indios y principalmente de los vagos como usted… Le recuerdo que lo único que le solicité es que me describiera limpia y ordenadamente los hechos que ocurrieron la tarde de su detención. No estamos para profecías y metáforas, Sánchez. Ni para sus locuras sobre la policía y los muertos. Ubíquese. Usted está detenido hace una semana y se le acusa de posesión de estupefacientes, de libar en la vía pública, de desorden público y desacato a la autoridad. Le doy un consejo aunque no lo haya pedido: no se gane más el odio de las autoridades. Lávese la cara, fúmese un cigarrillo y tratemos de organizar de nuevo lo que va a ser su testimonio…

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