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Cuento

Recordando a Kafka

Luis Felipe Sánchez

Número revista:

5

La cola era interminable. Recordé sin querer aquel San Valentín en Puerto Rico; las parejas hacían cola para entrar a un hotel de mala muerte. ¡Qué gracia! Hacer cola para fornicar por treinta minutos era la forma más genuina de demostrar que el hombre es la medida de todas las cosas, pero la burocracia es la medida del hombre. Había gente que llevaba haciendo cola todo el año. En la mano, sostenían el número de su turno: …3.456, 3.457, 3.458…, ya descoloridos por el continuo manoseo. Un andinista les había enseñado la técnica del vivac para pasar la noche, que consistía en meterse en cuclillas dentro de una mochila térmica; con eso, no se corría el riesgo de perder el turno. Había extorsiones y mercado negro en la venta de turnos, pero obtener uno dentro de los primeros mil costaba un ojo de la cara. Había personas que no resistían y morían. En esos casos, su turno lo tomaba el inmediato anterior y este pasaba el suyo al de atrás y así en cadena infinita. Pero se descubrió que, por este sistema, el último de la cola era un ser incógnito y maligno, un ser semejante a Dios.


Mientras más se alejaba la cola de la caja, el mito sobre quién estaría en ella adquiría mayor color. Por ejemplo, aquellas personas que ocupaban los puestos 7.334, 7.335, etc., sostenían que el cajero era un marroquí de dos metros, asexuado como un ángel y que, al hablar, su voz les tocaba el alma. En los turnos 8.756 y 8.757 hablaban de la posibilidad de un muñeco vudú. En el 12.612, la imaginación se deleitaba con las posibilidades sexuales de una reverenda negra en cuyo pubis crecía vegetación. Para el turno 85.000, ya no era negro sino caucásico.


Por el contrario, cuando se visitaba las regiones por debajo de los 5.000, el retrato del cajero se moderaba. Su currículum condescendía con lo contemporáneo: dos maestrías, tres idiomas, intercambios; nacido en Nigeria, padre de cinco hijos en siete mujeres. Desde el turno 1.735 ya se lo divisaba. Llegar a ese nivel era el sueño de muchos. Llegar a ver esa espesa sombra detrás de la ventanilla, como un santo en su urna, se igualaba a estar en la lista de Schindler.


Cada trámite demoraba un día, el estrés se confundía con devoción. El negro hacía, aproximadamente, 7.000 preguntas desde la mañana hasta poco antes de la puesta del sol. Las preguntas se dividían entre actividades espirituales, legales y sexuales. Él mismo había diseñado el cuestionario en Excel, y a la postre era el único que lo podía aplicar, debido a su suspicacia al localizar contradicciones en las respuestas de los encuestados. El objetivo del trámite era poder acceder a una pequeña celda con una silla delante de una caja de cristal de proporciones medianas, cubierta por un lienzo negro. En un determinado momento se bajaban las luces y se descubría la caja, en cuyo interior estaba una mujer.


Cada vez que había una contradicción a la hora del interrogatorio era una barrera a ser derrumbada. Algunos sostienen que la metáfora de la barrera es muy freudiana, prefieren, pues, utilizar el término resquicio. La tarea del negro era entrar en ese resquicio y localizar el desequilibrio. Por ejemplo, en la respuesta a la pregunta “¿prefieres las fotografías full color o blanco y negro?”, al negro poco le importaba la respuesta; en realidad le importaba el tiempo en segundos que se tardaba en responder. Si titubeaba a la pregunta “¿Comes arroz con cuchara o con cubiertos?”, el negro sabía que había un desajuste entre su autoestima y su autocompasión. Luego del interrogatorio, sin ninguna muestra de cansancio visible, a plena vista, daba un veredicto.


Así pasaron los años, hasta que el diagnóstico computarizado arrojó un resultado satisfactorio:


—Lo felicito ―dijo el negro―. Está usted admitido.


―Gracias.


―Ahora, una última pregunta ya fuera de toda formalidad: ¿Trajo la copia de la cédula?


Esta pregunta resonó como una bomba en la cola. El encuestado quedaba desarmado. Naturalmente, no se le había ocurrido portar la cédula en esta masa donde todos pierden un poco de su individualidad. El murmullo se repetía hacia atrás en forma de especulación, que se iba convirtiendo en conjuro. Cada cual suplicaba con una insistencia disimulada en una moderación apática, parecida a la de cualquier vendedor: “Me cuida el puesto”. La cola se iba desintegrando, hasta llegar al último. Aquel que, según la mitología, era Dios, no tuvo más remedio que pedirle que le cuidara el puesto al encuestado de la ventanilla que había logrado el resultado satisfactorio y que poseía el número 32.535.


Así pues, todos desaparecieron y quedaron tan solo el negro y 32.535.


―Lo lamento, pero creo que se lo perdió. Era una gran oportunidad para ver a una mujer. ¿Hace cuánto que no veía a una? Probablemente ni siquiera tenga una idea exacta de lo que es una mujer, ¿verdad?


―Escuche, si me voy, nadie va a volver en buenos términos, yo represento a toda esta humanidad, ¿me entiende? Todos han dejado sus respectivos turnos para ir a buscar el documento y luego, cuando regresen, todos querrán ser atendidos enarbolando la responsabilidad de quienes quedaron cuidando los puestos. Más vale que me haga firmar la aprobación. Ya se escucha la primera horda que amenaza con romper este vidrio que nos separa.


―Es un gran argumento.


En ese instante, una pedrada de tantas que se tiraron contra la ventanilla pegó en la nuca de 32.535 y este cayó al suelo antes de firmar los documentos de membresía. Al otro lado de la ventanilla ya no estaba el negro, habían pegado con cinta un rótulo que calmaba los ánimos excitados: “¡Haga silencio!” Entre la multitud que seguía agolpándose alrededor de 32.535, alguien se sacó el sombrero y muchos más lo imitaron sometiéndose obcecadamente al rótulo.


Lo mismo hizo el último de la fila, aquel que había encargado su puesto directamente a 32.535. Bien pudo haber reclamado para sí el documento, firmarlo con legítimo derecho y beneficiarse de él; al ser el último podía ser el primero, como rezan los cánones católicos, pero se quedó quieto examinando de lejos el cuerpo inerte, ya sin esperanza de que se pusiera de pie. Con una profunda vergüenza, el último de la fila se fue para su casa, con cierto resabio al admitir que él había sido el que lanzó la mortal piedra.