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Narrativa

Río

Mariana Moreno

Número revista:

8

I

Luego de tomar un café en la frontera entre Ecuador y Perú, en un hotel ubicado exactamente en la esquina de la plaza central de Huaquillas, evadió con éxito el centro de control migratorio, tal como le había explicado su amigo Wacho:

–Cruzas recto por una especie de mercado en el que se manejan las dos monedas, pagas todo en soles, no en dólares… solo es un camino, no hay cómo perderse. Preguntas por el bus que va a Aguas Verdes y nos vemos acá.

Río alzó el café, se puso la mochila al hombro y comenzó a atravesar a pie la frontera. Un montón de miradas se clavaron sobre su cuerpo. Era muy raro que por ese lugar de la frontera pasaran turistas tan blancos y excéntricos como Río, que no solo era excéntrico en todo el sentido del término, sino que además era de género dudoso, lo que complicaba aún más el asunto.

Ya había caminado por un buen rato y no encontraba el paradero. Parecía que todas las personas a las que se acercaba a averiguar sobre el transporte se habían propuesto darle direcciones equivocadas para desviar su camino. Pronto se vio huyendo en un callejón de dos potenciales violadores que le ofrecían llevarle a Tumbes por un precio excesivamente bajo.

Estaba a punto de rendirse y regresar cuando encontró la buseta. Decía “Aguas Verdes” en el rótulo, la miopía apenas le permitió leerlo. El alma le regresó al cuerpo y, una vez arriba, pudo respirar y sentirse momentáneamente a salvo.

II

–¡Maldiciao’, no eres más que un marica! ¡Hazte pa’llá chato… quita que me quiero sentar!

El chofer del ómnibus regresó la mirada hacia los asientos con ira y desaprobación; trataba de reconocer entre esas personas al pasajero que se había subido hace un par de minutos armando escándalo y regando sin tapujos sus expresiones ofensivas. Al parecer, el viejo pasajero no había caído en cuenta que junto a la primera ventana se encontraba sentada una persona de género fluido que, pese a no responder nada, había regresado a ver al sujeto que ahora no dejaba de mirarle desde los asientos traseros con confusión y burla al mismo tiempo.

–¡Calle boca! dijo el chofer en un tono violento, mientras regresaba la mirada con disimulo hacia la que parecía ser una muchacha cubierta con ropa muy floja para su cuerpo. El viejo había tratado como a un chico a la que para él era obviamente una chica. Qué extraño, pensó, al notar que no vestía precisamente como chica, pero ese detalle no le impediría llevar a cabo su deber de conservar el orden dentro de su establecimiento móvil:

–¡Calle boca! repitió mirando fijamente al viejo. Este se calló por un momento, no porque tuviera la intención de obedecer al conductor, sino porque no terminaba de entender el motivo por el que había sido obligado a callarse. Quería entender, pero un abismo de ignorancia que era más como una laguna mental se lo impedía; de modo que terminó por rendirse y apoyó su frente en la ventana fría para empezar el viaje, los viajes…

Resultaba impresionante la capacidad del viejo para hablar sin parar y, sobre todo, a un ritmo que impedía discernir con claridad y a detalle sus despreocupadas frases. No se calló nunca durante el viaje, excepto dos veces porque se quedó dormido. Pero medio saltaba el ómnibus, se despertaba, se restregaba los ojos, enderezaba el torso y continuaba delirando en voz alta lo que seguramente estaría soñando o recordando. Algunos pasajeros lo observaban con fastidio, otros hacían chacota. Río mantenía una expresión estoica, muy hermética. Intentaba no llamar mucho la atención de ese ser cuya nariz siniestra le recordaba a la de sus maestros de la escuela, cuando le imponían comportarse como lo que “era”. Esa nariz tan distinta a la de su padre que, desde su estatura, reflejaba la sabiduría de los años. Recordó que un día, mientras paseaban, le había surgido una duda o esperanza que, pese a su tierna edad, supo que debía maquillar como pregunta. Tomando con fuerza la mano de su padre –y después de pensarlo tanto– finalmente le preguntó:

–Papi, ¿a qué edad las niñas se convierten en niños?

Su padre sonrió, bajó la mirada hasta posarla fijamente sobre sus aún ingenuos ojos y le explicó, con un tono imponente pero dulce, que esa metamorfosis era imposible, que nadie cambiaba de sexo en ningún momento de la vida. Esto fue un golpe para Río. Ese día comprendió el verdadero significado de la resignación.

III

Treinta minutos después de cruzar la frontera, el viejo desembarcó refunfuñando y poniendo pretextos absurdos para no cancelar la totalidad del pasaje.

–¿En qué te gastaste, chato marica? –le decía a su propio reflejo en la ventana de la buseta–, ¡a ti te di los soles! –insistía convencido realmente de su enojo y su locura; una muy bien actuada mentira.

El chofer, que no tenía tiempo para payasadas, prefirió perdonar el saldo. Cerró sus puertas y continuó aliviado su camino. Los pasajeros reventaron de risa. La silueta del anciano seguía inmóvil su monólogo –ahora indescifrable– y se alejaba hasta desaparecer por completo en el paisaje. Regresó la mirada lentamente, quería hacer contacto con los ojos de Río. Su nariz le parecía particularmente atractiva y eso le ofuscaba; era muy joven y su estética tan ambigua como para despertar en él algún tipo de fascinación, pero ese hormigueo lo conducía a un éxtasis del que no tenía escapatoria. Tenía que entablar el diálogo para evitar lo que, si no lo hacía, resultaría ser un trayecto incómodo e inútil:

–No eres de aquí, ¿verdad? Pareces de otro mundo –murmuraron los gruesos y partidos labios del chofer desde el asiento delantero, antes de absorber con fuerza el tabaco que acababa de encender. Las manos le sudaban, lo delataba la humedad del volante, y si alguien se hubiese detenido a observar sus gestos a detalle, hubiera podido darse cuenta de que estaba realmente nervioso.

Río se había dado cuenta, sin mucho esfuerzo, de la incomodidad del chofer desde que el anciano quedó varado –con la inmovilidad de un bejuco en invierno– al borde de la carretera. Afortunadamente, la apatía le salía muy natural, la consideraba un mecanismo de defensa. No le molestaba disimular, amaba la idea de ir por la vida de incógnito, pero –en el fondo– lo que sí le molestaba mucho era ese tipo de discriminación que te sonríe a la cara mientras te insulta en la mente… Pensaba que preferiría mil veces las patadas que la hipocresía. Pero ya estaba ahí y tampoco estaba de ánimos para amargarse el trayecto. Guardó los auriculares y se dejó llevar por la conversación.

–Tus ojos me dicen que tienes miedo –continuó el chofer–, yo no elijo a quienes se montan en mi omni, perdona que hayas tenido que pasar por este trobo. ¿Cómo te llamas?

Pero el chofer no recibió respuesta. Decidió intentar por última vez:

–¿A dónde vas?

Nada. Solo se escuchó el silencio del viaje en carretera, los sonidos metálicos del vehículo y su crocante rodar por los caminos rocosos y áridos del norte de Perú. Miró por última vez el reflejo de Río por el retrovisor en búsqueda de un atisbo, algo… Suspiró, y justo antes de rendirse por completo, escuchó:

–Hasta Piura… me dijeron que me quede en el casino del centro.

–Solo hay un casino en el centro –respondió el chofer enseguida.

Río agradeció la aclaración sin decir palabra, solo asintiendo con la cabeza. Ahora miraba con un poco más de confianza los ojos del sujeto gordo y enrojecido que manejaba ese ómnibus blanco y viejo por una carretera que corría sobre el irregular lomo árido del paisaje de la sierra. Era su primera vez en Perú y le sorprendía cuánto podía llegar a desconocer de su propio continente a tan pocas leguas; le asustaba desconocer su propia lengua en la boca de otro dialecto y no lograba descifrar si las personas que viajaban en el mismo bus peleaban o solo conversaban. En ese primer cruce de palabras, el chofer pudo escuchar el tono de voz de Río y automáticamente algo como una llama se encendió en sus ojos. La infantil nariz aguileña de esa criatura de otro mundo regresó como un recuerdo intrusivo. No podía evitar sentirse cada vez más inquieto.

A Río le costaba escuchar con atención lo que susurraba el hombre entre el cigarro y la saliva hecha espuma en el borde del labio inferior. Recordó súbitamente que al salir de casa tuvo esa sensación de siempre: el dolor de estómago y la náusea. Lo que hacía que la ansiedad le subiera hasta quemarle el vientre era el recuerdo de que viajaba en completa soledad. La soledad es como los sueños, pensó, pasan cosas de las que nadie se entera. Ahora volvía a sentirse igual, cada que el chofer gordo y peludo, amable y rosado lo miraba por el retrovisor, para luego devorar con ojos subrepticios el cuerpo de Río, desde distintas perspectivas y con todo tipo de juicios, con horror y deseo. Miraba su rostro y su ropa con miedo, extrañeza y morbo al mismo tiempo…

IV

Marcaban las tres de la tarde cuando el chofer se detuvo en una cabaña que funcionaba como restaurante a la altura de Zorritos.

–Aquí pueden bajarse para estirar las piernas. Vamos a descargar las tablas que están en el techo y luego continuamos. Aprovechen para comer algo e ir al baño.

La zona era desértica; el sol, inclemente. La gente acalorada bajó de la buseta y, sin soportar ni un segundo al aire libre, fue a guarecerse apresuradamente a la sombra del restaurante. Río no tenía ganas de fumar en ese calor sofocante, pero tenía mucha ansiedad, necesitaba liberar tensión de alguna manera. De todos modos, cuando fumaba, justo antes de la primera náusea, se le aclaraban las ideas. Se sentó en el piso junto a la cabaña y, lejos de las demás personas, encendió su áspero cigarro. No quería entablar ningún tipo de relación con nadie, la gente elucubraba sobre su género y era algo que le indisponía. Intentó demostrar expresamente su apatía desde la distancia para que nadie se acercara. Se escondió detrás del restaurante y concentró la vista en el horizonte, en esa película ondeante producida solo en medio del calor voraz del desierto:

–Creo que, después de todo, soy un ser que, para evitar la retorcida permanencia de una vida común y corriente, prefiere arrojarse a la incertidumbre del cuerpo siempre en movimiento, siempre en condición de migrante. Por fin podré migrar de nombres y sexos; como la estela errante que nunca es la misma. Eso es lo que amo de vivir: los encuentros, los reencuentros, los desencuentros, esos accidentes que me llevan a descubrir y a redescubrir constantemente.

No había terminado de fumar cuando vio en el suelo una sombra aproximarse a la suya:

–Te doy un consejo que de nada te servirá porque no tendrás vida para aplicarlo: La carretera es como la ruta que siguen las hendiduras de las manos, hay muchos caminos y no sabes cuál te llevará al final. Viajamos, pero no sabemos con exactitud qué representa simbólicamente cada línea, no sabemos lo que nos depara cada camino, no podemos prever los accidentes, ni la muerte... El final del túnel para nosotros, quienes conducimos nuestra propia vida, no está del otro lado de un túnel, está en el punto de fuga que marca la eternidad del camino, de la vida o de la muerte, no sabemos. Pero no todos merecemos vivir, no todos merecemos viajar. Yo soy un ser de viajes, alguien que prefirió entregar su vida a un oficio para evitar pensar, para evitar vivir de la única manera en la que podría. Tú... eres un fenómeno, representas la degeneración de este sistema ya podrido. Hoy te he descubierto a ti y me he enamorado, aunque sé que nunca te tendré, jamás te besaré porque te odio, y te deseo, te amo y al mismo tiempo me repugnas.

Río regresó la mirada y se encontró con los ojos rojos llenos de lágrimas del chofer, que sostenía entre sus manos uno de esos fierros que sirven para levantar llantas y forzar puertas. Al terminar de proferir su perorata, golpeó en el estómago a Río y, una vez en el piso, le clavó la varilla en el aún desconocido sexo.

Mariana Moreno (Quito, Ecuador, 1994)

Licenciada en Artes Liberales por la USFQ y Magíster en Estudios de la Cultura con mención en Género por la UASB. Dibujante de utopías. Una piel intérprete de realidades y dos retinas tejedoras de textos. Actualmente colabora en El Espectador Chimborazo como escritora y editora de su propio proyecto: "La Tecla Crítica".