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Cuento

Silencio

Daniela Páez Hervas

Número revista:

7

Cuando desperté, me di cuenta de que los ratones me habían comido la lengua durante la noche. Quise retorcer mis piernas, llevar mis manos a la herida, gritar. Pero mi cuerpo permaneció inerte. Mis ojos exploraron el cuarto, que se veía como siempre a excepción de la ventana, rota hace algunos días, que permitió la entrada de los roedores. Por alguna razón no hubo sorpresa; solo un dolor de cabeza y la seguridad de que nadie me veía. Porque los ratones me habían observado por días. Desde que se rompió la ventana, mi cuerpo sabía que cientos de ojos pequeñitos se clavaban en él todas las noches, sin importar que cerrase las cortinas o pegase fundas de basura para tapar el hueco.


“Los ratones no te van a hacer nada”, me habían dicho.


El hueco me asustaba. Se lo había comentado a mis padres y a los fabricantes de ventanas que me pedían una semana de espera para el reemplazo. Ese miedo les pareció irracional y provocó que los ratones me comieran la lengua.


“Los ratones no te van a hacer nada”, se habían reído.


Con un mareo que me causaba náuseas y la sensación de tener algo adentro, me levanté de la cama. Las patas me recorrían. Por dentro y por fuera, miles de patas sucias corrían por todo mi cuerpo. No pude saber si la falta de lengua causaba dolor, porque lo único que sentí fue a la madriguera entera volviéndome suya, metida en mi boca vacía para detener el llanto que quería soltar. Una parte de mí sabía que los ratones no estaban, ya habían huido y ningún ojo me miraba. Aún así, sentí asco. Temblé y sentí asco.


Tardé más de lo usual en la ducha; parece que eso pasa cuando una se siente sucia. Me froté el cuerpo entero con todas mis fuerzas mientras batallaba con las ganas de vomitar. ¿Me habría dolido hacerlo? ¿Me habría salido sangre, al fin, si vomitaba por esa boca sin lengua? La sensación de las patas de ratón no se iba y yo continuaba intentando arrancármela, sin importarme que debiera salir pronto al trabajo o que mi piel se tornara roja por la fuerza con la que usaba el jabón.


Por la falta de apetito y de lengua, salí sin comer. Rumbo a la parada del bus me pregunté si debí haber dejado una nota sobre lo que me había pasado. Pero, ¿qué? Los ratones me comieron la lengua. ¿Así, simple y llanamente? Sonaba tan estúpido, tan falto de explicación, tan quieto y pasivo. Me subí entumecida al bus.


“Está pálida, ¿quiere que le abra la ventana?”, me preguntó la señora a mi lado después de algunos minutos de inspeccionarme con la mirada.

La miré y tuve el impulso de contarle sobre la ventana y los ratones, pero no pude. Repitió la pregunta y mis dedos temblaron mientras buscaban una libreta y un esfero en la cartera.


“¿Qué le pasa a la señorita?” le preguntó a la mujer un señor parado en el pasillo, que también me miraba con intriga.


“No sé. Le pregunté si quería que le abra la ventana y no dice nada”.


Les rogué con los ojos a ambos que me esperasen para poder explicar todo. Se me cayó el esfero y mi respiración apurada terminó por asustarlos. Él fue a pararse a varios metros de distancia y la señora se levantó para bajarse del bus. Me quedé sola con un papel en la mano, con asco a los ratones y sin lengua.


Corrí a la oficina tan pronto como salí del bus y poco me importó parecer una grosera por entrar sin saludar. Me encontré con mi jefe y un poco de calma me llegó por primera vez en el día. Un jefe confiable es un hombre confiable, nos había dicho el día que entró a la compañía. Lo tomé de la mano, pero lo solté de inmediato porque el contacto me hizo sentir las patas de los ratones nuevamente, una corriente de roedores que corrían a comerse más partes de mí. Nuevamente, saqué el papel y el esfero de mi cartera mientras buscaba alguna superficie en donde escribir.


“¿Qué te pasa?” me sujetó el brazo.


Me alejé de él, asqueada por las patas en todo mi cuerpo.


“Estás sudando frío y te ves verde, ¿estás enferma?”


Le negué con la cabeza e intenté escribir.


“Anda a tu casa”, la gente nos miraba desde sus escritorios y eso debió incomodarle, como a mí me molestaban los ojos de los ratones. “No estás bien. Vete a tu casa.”


Lo miré y noté que era inútil insistir o mostrarle el papel. Contarle que los ratones me habían comido la lengua frente al resto de personas se sentía gigante y no quería que nadie más lo supiera. No sé si era vergüenza. No sé si fue finalmente la repugnancia de mi situación lo que me detuvo.


Salí. Empecé a caminar porque la idea de tener otro encuentro con personas sin paciencia en un bus me estresaba. Después de un par de cuadras, pensé en buscar a un policía y contarle sobre el evento, pedirle ayuda. Pero, ¿qué le diría? Los ratones me comieron la lengua. Hablarle de un evento que había pasado durante la noche, sin el miedo, sin una sola lágrima, sin las marcas de los ratones tras la ducha de la mañana, sin una sola prueba más que una lengua ausente que tenía más de una explicación. Una tiene que hacer esfuerzos sobrehumanos para que le crean y yo me sentía exhausta.


No sentí dolor en las piernas por las veredas quebradas o en los pulmones por el aire frío. Solo un miedo terrible a todo. A la vuelta de cada esquina esperaba el encuentro con un ratón hambriento que me haría daño frente a otros transeúntes. En cada alcantarilla sospechaba de madrigueras subterráneas que se preparaban para perseguirme y devorarme. Me rogaba pensar en un lugar de la tierra sin ratones, pero no tenía éxito: no había un solo lugar seguro para mí.


Llegué a mi casa con el llanto listo para estallar. Quería que mis padres me entendieran sin decirles nada y que mi mamá me abrazara. No sé qué cara tenía, pero fue suficiente para dejarlos en silencio, con la pregunta en el aire y una confusión enorme en sus ojos. Abrí mi puño derecho y les extendí el papel arrugado que había escrito en la oficina antes de huir.


“Los ratones me comieron la lengua”. Mi papá leyó en voz alta. “Mija, ¿qué es esto?”


Apunté con el dedo a mi cuarto, donde la ventana rota continuaba siendo una amenaza. La primera lágrima cayó.


“¿Estás segura?”, preguntó mi mamá. “Porque una vecina dijo eso hace meses y creo que era mentira”.


“¿Segura?”, repitió mi papá.


Asentí con la cabeza. Los ratones invisibles volvieron a trepar por mi cuerpo y juro, con mi vida, que oí que se reían. Finalmente, la herida me dolió y mis piernas colapsaron. Lloré en el suelo, asustada, llena de suciedad y con la aflicción de no ser creída.


Los ratones me comieron la lengua. Después de verme por varias noches, los ratones finalmente entraron por el hueco de mi ventana y se comieron mi lengua.


“Mija, pero si los ratones no hacen nada”.