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Narrativa

Tres versiones de la angustia

Ana Cristina Franco

Número revista:

10

CENTRO COMERCIAL


La navidad falló y los niños gritaban fea navidad, mala navidad, sopa de lentejas y juegos pirotécnicos. Mamá en el supermercado es igual a mí en diciembre, recorriendo almacenes con el corazón en la garganta, tarjeta de débito, lluvia, coronavirus en los tubos, aliento ajeno, café tibio que agría la boca, hijo, no me sueltes la mano, ya encontraré el regalo preciso, no en la lluvia, no en el carro, no en el tráfico. Te encanta comprar, sí, abrir cajas me libera un poco, sacar productos de sus empaques mientras descubro una posibilidad o un falso comienzo. ¿Más té? ¿Más café? No se vayan, que el veneno se mezcla con las hilachas que se hacen polvo en el fondo de mi cartera. A lo lejos hay un coro y las luces de neón iluminan sus cuerpos vestidos de papá noel, cantan con micrófono, sus voces retumban en el pecho como aguijones, ya me orino, no encuentro la salida, tengo el teléfono descargado, me esperan en casa, tal vez un bus, la mochila repleta de ropa, de facturas, de monedas entre los papeles y medios cigarros, me siento en el piso a vaciarla, el corazón a mil, me esperan, estoy perdida, medio ciega, me marean los olores, los perfumes, las cajas, el smog y el cigarrillo. Señora, ¿ha visto la salida? Pero quiero probarme un vestido y me queda corto, ¿qué tal una batidora? No me esperen a cenar. Pido un teléfono a un señor y me lo niega, cargar el celular en el supermaxi, por favor un teléfono, ¿y si los llamo con el altavoz? Me encuentro en un vestidor probándome una falda, está en descuento, las luces son demasiado fuertes y el espejo revela cada detalle de mi cuerpo, estrías, arrugas, cicatrices cubiertas con tatuajes. Soy una maquina de hueso y carne comprando ropa y no encuentro la tarjeta. Esto es una mala película de horror ochentera, dormiré abrazando un maniquí, un cuerpo plástico perfecto, un cuerpo hermoso y frío que jamás me amará, bajaré y subiré eternamente por escaleras eléctricas inmóviles. Afuera hay un aguacero, se siente aunque no se vea, la electricidad eriza la piel, lo sé aunque no escuche la lluvia. Respiro dentro de la mascarilla, respiro aire muerto, mascarilla con maquillaje y manchas de café, se me empañan los lentes ya no tengo gel desinfectante y me he tocado los ojos más de quince veces. Una mujer me ofrece comprar un auto a plazos mientras ellos toman el té con galletas. ¿Se habrán matado ya?



LA MARIQUITA EN EL JARDÍN


Cayó


Se desprendió de mis entrañas.

Un pedazo de carne

Un pedazo de mí

Un pedazo de carne o una posibilidad

Un pedazo de carne o un hermano


El amor o la ruptura


Big bang - estrías - sangre en forma de flor

Un pedazo de carne o una estrella

Un rostro invisible

En blanco

Sin forma ni color


Un nadie

O todos los seres contenidos en un instante

En un pedazo


Cayó

Como todas las cosas que caen

Como el agua en cámara lenta

Como las piedras

Las ramas

Las cascadas

Los suicidas

La lluvia

Los paracaídas

La sangre


Cayó a la baldosa

a esa creación burda de cemento y azulejos

Lo dejé resbalar por el desagüe, sin darle sepultura

Me detuve

Lo tomé en mis dedos y lo examiné

No era un coágulo

Tampoco sangre congelada o endurecida

Era tejidos, membranas, células


Estaba vivo y estaba muerto

Era mío y era ajeno

Era él y era nosotros

Era y no era


Lo miré desde una ventana con doble vidrio

Desde la nieve, desde el desierto

Desde un lugar en el que no llegan los gritos ni el fuego

Sin piedad ni calor

Descubriendo la vida y la muerte en algo tierno e ínfimo,

Indefinido y viscoso.


Entonces mi piel se enfrió, como la de una iguana en una noche sin luna

Escribir fue la última una oportunidad macabra

¿Qué son las palabras deformes ante esa explosión silenciosa

contenida en un milímetro de carne?

¿Qué es un poema fallido ante la vida enterrada en el jardín?


La tierra absorbe la materia igual que un dragón masculla a su presa,

la tierra es un imán, un túnel infinito, fango, pozo, melaza, maraña


Soy menos que esa posibilidad que se hunde en la tierra

A la que no quiero

dar nombre ni poner diminutivo

No existen palabras que dibujen lo imposible.

¿Qué somos sino planetas albergando rostros invisibles?


Imagino la ciudad de piedra.

La de los cuentos que miento por las noches.

Seres congelados.

Atrapados en corazas rocosas.

Lo que se queda a medio camino.

Lo que fue y no es.


Señora, relájese, no mide ni siquiera un centímetro

No tiene conexiones nerviosas

Es como una mariquita.


Sangre, sueño, té de ruda, manchas rojas como acordes musicales.


A pocos centímetros de la tierra, entre ramas y hojarasca, el gato husmea.

Tengo una nube incrustada en el cerebro.

Una mariquita se pasea entre mis dedos.

El cielo se mueve. Se transforma como un consuelo.

Se hará flor. O nada.



PASEO FAMILIAR


Just a perfect day Drink sangria in the park And then later, when it gets dark We go home

-Lou Reed


El bosque y la cueva, el monstruo, la ecografía como un recuerdo lejano o un paisaje deshabitado. Los dos caminando en el desierto. Cuidado. Nunca sabes por dónde ataca.

Las plantas se mecen con el viento. Hace un clima perfecto. Te noto nerviosa, querida. ¿Nerviosa cómo? ¿Nerviosa hoy o nerviosa en general? Nerviosa nerviosa.

Nerviosa igual que un cúmulo de agujas hincadas en la sangre. O pájaros enfermos aleteando en las costillas. O ácaros diminutos bajo las uñas.

Los niños se tambalean en las rocas. La cascada es un eterno suicidio. No lo digas, no lo nombres, cállate, hijo, yo también tengo miedo del monstruo.

Dos hongos crecen sobre la madera. Querida, bebe el agua cristalina que brota de las rocas, es pura vida. El agua cristalina sabe a piedra, a caballo, a pelo de animal, a sangre y entrañas, a muerte.


Entonces la cascada.

Vacío. Tiempo detenido. Explosiones submarinas en la sangre.


Cuidado. Tiene forma de pez pero boca de humano.

Mira esa bromelia, ¿no es preciosa? Sigue las instrucciones. Anda despacio. Respira en tres tiempos. ¿Te has perdido alguna vez? En esos bosques de melaza y fango, en la luna sobre el agua, en las arañas. Querida, olvidaste tus pastillas. Ya falta poco. No grites en la naturaleza. No arruines el domingo. Cuidado. La madera cruje cuando pasas. ¿Alguien se sabe una canción?


Mientras tanto el micelio sigue poblando la tierra por debajo.

Da igual. Como él, soy invisible.

Ana Cristina Franco (Quito, Ecuador, 1985)

Transita entre el cine, la dramaturgia, el guión y la escritura. Guionista, directora y actriz de Queremos Tanto a Helena primer mediometraje que conforma la película Los Canallas (2009). Directora y guionista del cortometraje El invento de la Soledad (2022) producido por Tito Jara. Es columnista en la revista Mundo Diners desde 2013, ha participado en antologías literarias y ha publicado en varios medios culturales del país. Está por publicar su primer libro de no-ficción, Diario Blanco, que acaba de ganar los fondos de IFCI y será publicado por Festina Lente.