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Narrativa

Un tipo de inercia

Andrés Cadena

Número revista:

9

1


Debí saber desde un inicio que Shirley sería sinónimo de problemas, que lo mejor era alejarse de ella. Debí entenderlo a la primera, esa tarde en casa de Frank, cuando la conocí, cuando estábamos trabajando en el Chevrolet Monte Carlo y Frank me dijo que entráramos porque quería enseñarme el emblema original, conseguido finalmente por intermedio de un contacto en una restauradora de coches. Entramos a la pequeña casa y, antes de internarse en su dormitorio, Frank me indicó que esperara en la sala, donde una mujer miraba televisión recostada en un sofá con forro de látex azul eléctrico.


—Esta es Shirley —dijo Frank sin interrumpir su camino.


Yo dije «hola», pero la mujer no volteó en mi dirección sino que continuó fija en el aparato. Era un programa de concursos donde los participantes escogían las preguntas según categorías temáticas y debían formular sus respuestas a modo de interrogaciones. El conductor exhibía un bigote grisáceo y ancho, y hablaba de modo poco natural, como un robot.


—¿De dónde eres, muchacho? —preguntó Shirley, y solamente al final encaminó su vista hacia mí.


—Ecuador —repliqué.


—A qué país pertenecen las islas Galápagos —dijo ella con rapidez y sin entonar la pregunta.


Yo no entendí enseguida, pero afirmé:


—Sí.


—Lo sé —rió Shirley, siempre enfocada en el televisor.


Frank asomó a medias por la entrada de la habitación.


—Mi caja de zapatos negra, mujer —dijo—, ¿la has visto?


—Prueba en la parte de arriba del clóset —replicó ella sin mostrar mayor interés que el que me había mezquinado—; busca hasta el fondo.


Tras la nueva desaparición de Frank, la mujer y yo nos quedamos callados, pero en un momento ella me miró largamente, aunque de manera sesgada, sin girar el rostro. Sonrió antes de hablar: —¿Sabes quién es Shirley Temple?


—Sí —dije, pero busqué en mi mente y no obtuve ninguna imagen que ponerle a ese nombre.


—Yo no solo que me llamo Shirley —continuó ella—, sino que mucha gente opina que me parezco a Shirley Temple… —Me observaba pero no parecía esperar una respuesta, o quizás parecía esperar que yo no diera una—. A pesar de que yo nunca he tenido rizos.


Me incomodó sostenerle la mirada, así que volteé hacia el televisor, a los concentrados competidores, al autómata con el mostacho, a las preguntas que yo no lograba descifrar.


—¿Quién gana? —dije con nervios, yo también robotizado.


La mujer se limitó a reír.


—¿No dirías que me parezco a Shirley Temple? —lanzó tras un silencio.


En ese instante, Frank reapareció con un sobre amarillo doblado muchas veces, envolviendo un objeto pequeño.


—La jodida Shirley Temple —dijo y me tomó del hombro amablemente—. No le hagas caso; tenemos qué hacer.


—Gusto en conocerte —le dije a Shirley, empezando a caminar, mientras escuché que ella hablaba a lo lejos:


—No sé cómo se llama tu amigo, Frank…


Frank dijo mi nombre en voz alta justo antes de cerrar la puerta de la casa para que volviéramos al garaje. Una vez allí, desenvolvió el sobre de papel y extrajo el emblema que quería mostrarme. Era un escudo en forma de punta de flecha, con un marco negro en el que se insertaba otra flecha de rojo brillante, como el carmín de labios, y unas espirales como ramas plateadas de motivo simétrico. Coronaba el escudo un óvalo vertical también plateado a modo de casco medieval: los elementos tenían un aire de armadura, de extemporaneidad.


—¿No es una belleza? —dijo Frank.


Asentí y volvimos a trabajar.


Sentado en un taburete, Frank se inclinaba sobre el motor abierto del auto, y yo le pasaba las herramientas o piezas que me pidiera, tomándolas de varias cajas metálicas que contenían utensilios de diversos orígenes, calidades y estados de conservación.


Unos minutos después, ya concentrado en la máquina, oí susurrar a Frank, como para sí mismo, mientras ajustaba un engranaje:


—La jodida Shirley Temple.



2


Yo había conocido a Frank en el Rocco’s cuando aún trabajaba allí bajo las órdenes de Robert Chase, a quien sus amigos llamaban, con más recaudo que mofa, «la anguila». Se trataba de un tipo delgado y de pésimo carácter, excepto cuando lo iban a visitar por el restaurante sus numerosos conocidos, ante quienes se portaba amable y ocurrente, una faceta que nunca nos mostraba a quienes servíamos en el Rocco’s. De cualquier forma, bajo cada gesto gracioso, broma o sonrisa, siempre se las arreglaba para deslizar mensajes solapados, en los que no era difícil sentir toda una variedad de expresiones de desprecio. De manera recíproca, todos odiábamos a Robert «la anguila».


Yo había empezado a trabajar ahí de lavaplatos y, como no tenía problema en hacer turnos dobles ni durante los feriados, me convertí en uno de los empleados más apreciados, si es que se puede decir que en Rocco’s apreciaban a alguien.


Después de algunos meses ocupándome de los trastos, un día «la anguila» despidió a uno de sus meseros y me propuso que yo atendiera en el salón.


—Quita esa cara de tonto —me dijo, tras esperar en vano una respuesta de mi parte—: te estoy ofreciendo algo mejor. Como mesero ganarás propinas y, si te va bien, eso puede significar toda una diferencia.


Yo lo sabía y entendía que lo que se me proponía era lo más parecido a una promoción en ese restaurante, cuyo personal rotaba mucho por tratarse de inmigrantes ilegales o nómadas de paso por la ciudad. Pero lo que no me alegraba era que el cambio implicaría tratar con gente, y yo sabía que no era bueno para ello. A menudo sentía que entre el resto de personas y yo mediaba una gruesa lámina de cristal, como las de las cárceles en las películas. Entre el mundo y mi mundo había una desconexión, una pantalla que no estaba seguro si me protegía del resto, o al revés.


—Gracias, señor —le dije, y en la noche me puse un uniforme de los meseros para el servicio.


«La anguila» debió darse pronto cuenta de que las cosas no irían bien conmigo trabajando en el interior del restaurante, porque al segundo pedido ya me había equivocado tomando la orden y, a una tercera mesa, le había pasado los platos cuando estaban fríos por descoordinación. Robert tuvo que acercarse y pedir disculpas, explicando que yo era nuevo. Pero luego me rastreó hasta la cocina y me dijo:


—No la vuelvas a cagar, lavaplatos.


Al segundo día las cosas no mejoraron. Dejé caer una bandeja con la orden entera de una mesa, y se debió volver a cocinar todos los platos. Otros comensales se habían molestado por ciertos errores míos y, a medida que me equivocaba, todo se me volvía más confuso. Yo sudaba con profusión y esperaba al menos no dejar caer alguna gota de transpiración sobre los clientes o la comida.


Entró un hombre grande, estrecho de hombros pero con los brazos firmes, los ojos rasgados y el rostro en punta, en una configuración ratonil. Las arrugas de su piel tenían algo de permanente, como si no provinieran de la contracción de los músculos, sino de la irregularidad atemporal propia de las piedras. Un pequeño bigote claro avejentaba su aspecto, y su forma de mirar comunicaba una especie de cansancio que luego interpreté mejor como desconsuelo. Ordenó una sopa y, cuando estuvo lista y se la iba a llevar, en la cocina «la anguila» me abordó, amenazador:


—Esa bandeja que jodiste la vas a pagar de tu sueldo, lavaplatos —dijo, y en sus maneras percibí con claridad los gestos por los que se había ganado su apodo—. No la vuelvas a cagar, te digo.


Me concentré lo más que pude, pero en el fondo sabía que haría algo mal: no solía equivocarme al prever una decepción de mí mismo. Me acerqué al hombre solo, de mirada perdida, y cuando deposité el plato en la mesa me fijé en sus dedos, que eran inusualmente toscos, como rectángulos de madera mal lijados.


—¿Qué haces, muchacho? —me dijo el hombre sorprendido y sorprendiéndome a la vez.


Pensé que había hecho caer algo, que había roto algo; pero miré la mesa y el contorno, y no encontré rastro alguno de accidente.


—Metiste tus dedos en mi sopa —continuó el hombre, alejando el plato de sí.


Al instante, pensé en negarlo, pero enseguida fui consciente de que mi pulgar estaba mojado por completo —el aire me enfriaba toda la última falange empapada, y en el borde de mi uña se condensaba una gota—, y entendí que, en el intento de no dejar caer nada y asegurar la entrega, había tomado mal el plato, aferrándolo, sumergiendo mi gordo pulgar en el líquido amarillento. Después de todo, era la primera vez que servía sopa. Pensé fugazmente que estábamos al final de mayo y el calor se empezaba a sentir; a quién se le ocurría tomar sopa.


Dentro de todo, el reclamo no había sido altisonante, ni el hombre se había portado descortés. Probablemente no habría ocurrido nada si «la anguila» no me hubiese seguido los pasos desde la cocina y hubiese escuchado todo, como pasó. Se acercó enseguida, pidió disculpas al hombre, quien se mostró algo extrañado por la rápida intervención de Robert, y luego me condujo hasta la cocina.


Allí me reprendió duramente, pero sin gritos, sino que se me aproximó al rostro y me susurró profiriendo las palabras con furia, como si sus labios apenas contuviesen la fuerza con que los sonidos se le desbordaban desde la boca. Me enrostró a escasos centímetros y, aunque «la anguila» era alto, estábamos al mismo nivel porque yo también lo era.


—Vas a llevar nuevamente ese jodido plato, lo entregarás manteniendo tus sucias manos fuera de la maldita sopa, terminarás el servicio y lavarás todo lo que haya que lavar. Desde ahora y por los próximos siete turnos, idiota inútil. ¿Está claro? —cerró, entonces sí, alzando la voz. Yo mantuve el silencio y percibí el aliento salado y agraz que «la anguila» expelía sobre mi cara. Pensé en saltar sobre él y enseñarle a no insultar. Imaginé cómo sería la escena, al tiempo que noté que el resto del personal en la cocina nos miraba con expectación.


—Sí, señor —dije, y me dispuse a cumplir con la orden.


Cuando estuvo listo el nuevo plato de sopa, lo coloqué en la bandeja y caminé, inseguro, hacia la mesa del hombre triste. Mientras avanzaba, el cliente volteó a verme, pendiente de mis acciones, pero pude sentir que no tenía una actitud de reproche. Para evitar repetir mi equivocación, dispuse la bandeja sobre la mesa —algo que no debíamos hacer—, y tomé la sopa con ambas manos, desde la parte inferior del pocillo, hasta depositarla frente al hombre. Cuando estaba terminando la acción, aliviado por no haber repetido el error, quité una de mis manos antes que la otra, virando en el acto el plato, lo que hizo balancear la sopa, y un poco de líquido se derramó sobre la mesa. El hombre retuvo su reacción cuanto pudo —de todos modos, debió haber pensado que regaría todo sobre su regazo—, y apenas se crispó.


Dispuesto a regresar, rogué en mi interior que el cliente no se fuera a quejar de nuevo. Por suerte, no sentía la agria presencia de «la anguila» a mis espaldas.


—Muchacho —me dijo el cliente antes de que me fuera—, parece que este trabajo no es para ti, ¿verdad?


—Señor…


—No te avergüences: yo tampoco lo podría hacer. Es algo delicado, ¿no? —dijo y me sonrió—. Tú pareces fuerte, ¿no aceptarías un trabajo algo más para ti… algo más de hombre? —inquirió.


Esa noche terminé el servicio, lavé los platos que quedaban, y «la anguila» me pidió que además trapease el piso de la cocina. Yo no chisté, ni le dije nada más que «buenas noches» al despedirme. Pero al día siguiente no volví, ni nunca más entré al Rocco’s. Desde entonces trabajaría para ese cliente de aspecto abatido que ordenó sopa a fines de mayo. Se llamaba Frank.



3


Frank tenía un servicio de transporte: llevaba pan recién horneado a varias tiendas, cafeterías y restaurantes en el lado este de la ciudad. Se levantaba a las tres de la madrugada, acudía a una panadería industrial sobre la E43, en las afueras, en donde recibía las órdenes que debía transportar por el distrito asignado. Yo debía ayudarlo con las enormes planchas de latón, muy calientes, que iban insertadas horizontalmente en la parte trasera de su camioneta, con un armazón adecuado mediante soldaduras, en donde rieles a los costados sostenían dieciocho amplias latas de pan, una sobre otra, como pisos de un edificio a escala. Debíamos tomar las planchas con una especie de pinzas de madera para evitar quemarnos; pero se requería de gran fuerza en los brazos para ejercer la presión mientras se montaban y desmontaban los recipientes. De allí salíamos pasadas las cuatro y media de la mañana, y solíamos terminar las últimas entregas alrededor del mediodía.


Después de eso, Frank a veces transportaba algo más en el mismo medio (leche, manzanas, qué sé yo), porque algunos clientes le solicitaban diligencias puntuales. Pero nunca trabajó hasta más allá de las dos de la tarde. Las últimas horas del día las dedicaba a aquello que él llamaba «su viaje» o «sus ruedas»: un Chevrolet Monte Carlo de 1973, de color anaranjado vivo —del tono que un niño escogería si debiese pintar una flama—, que él se afanaba en reconstruir en su propio garaje desde hacía años.


Tras varias semanas de trabajar junto a Frank, me propuso que le ayudara algunas tardes en su cochera, porque ciertas maniobras y trabajos puntuales requerían de más de dos manos.


—Este es «mi viaje» —me dijo Frank la primera vez que vi su Monte Carlo—. Una pieza de arte, chico. Del año en que decidieron hacerlos más deportivos y aun así más grandes, lo que se llama un full size coupe.


Yo no dije nada, y él continuó:


—Tienes suerte de conocerlo ahora, que está casi terminado. —Y sonrió—. Casi a punto.


Tiempo después, conocí a Shirley en el interior de la casa donde ellos vivían y a la que Frank pocas veces me hiciera pasar.


Usualmente, tras unas pocas horas de trabajo en el motor —un rompecabezas que yo poco entendía—, Frank me decía que era suficiente, que necesitaba irme a descansar. Yo me despedía en la misma cochera, y lo dejaba allí a solas con «su viaje».


Días después de que yo conociera a Shirley, Frank decidió hablarme sobre ella. Era inusual, porque era inusual que hablásemos algo más hilvanado que referencias a herramientas, indicaciones de labores, explicaciones sobre los componentes y el funcionamiento del viejo Monte Carlo. Pero aquella vez Frank dijo:


—Shirley es algo más —empezó con algo de desgano, como si se encontrase en una obligatoria rendición de cuentas—. Era muy grande, ¿sabes?, realmente grande.


Yo no sabía si debía proferir algún sonido. No lo hice.


—Lo que se dice una gorda. Luego le entró la idea de que los doctores podían ayudarla. Eso es, irle cortando todo lo del cuerpo que le sobraba, ¿sabes? Se sacó partes enteras de carne, de gordura. Toneladas de grasa. Ahora se afana por ocultar las líneas.


—¿Líneas?


—Los cortes, las marcas. Tiene marcas alargadas por todo el cuerpo, en los brazos, en la espalda, bajo las nalgas. Líneas como arrugas artificiales. Como pliegues o como las junturas de las muñecas de plástico, ¿entiendes?


Nuevamente, el silencio del garaje se extendió enfatizando los agudos tintineos de las herramientas al chocar con las piezas de la máquina.


—Ahora está bien —recomenzó Frank muy bajo—, pero antes era una mujer grande. Muy grande.


Recuerdo que aquel día concluí dos cosas: que mi pálpito sobre Shirley, de que era una persona extraña, se había confirmado; y que, en el fondo, la razón por la que Frank me apreciaba y me había invitado a ayudarlo era porque le significaba el tipo específico de compañía que él buscaba: una presencia silenciosa, obsecuente. Era para él como una manera de estar solo sin tener que estarlo realmente.


Nunca más volvimos a hablar de Shirley. No hasta la guerra.



4


Era finales de octubre, y todo había empezado en agosto. Pero, durante las últimas semanas, los noticieros centraron su atención en Irak, en los avances de las tropas de intervención, en los bombardeos. Y el ejército —decían— se había puesto a reclutar gente en el país entero. Todos teníamos la sensación de estar participando de alguna manera en la guerra.


Una tarde, en su cochera, Frank me anunció: —Me marcho por un tiempo, chico.


Como de costumbre, no dije nada; no era necesario.


—Me han llamado para ir al condenado Golfo.


—¿Vas a pelear? —no pude evitar inquirir.


—No —dijo él—. Voy a hacer lo mismo que aquí: arreglar máquinas. Tal vez manejar incluso, quién sabe. Lo más probable es que esté bien alejado del frente, ¿sabes?


Me pidió que me recostara en el piso, boca arriba, y me deslizara bajo el motor para tensar una manguera mientras él ajustaba el otro extremo desde la parte superior. En cierto momento, continuó:


—No soy un soldado. Ni me importa lo más mínimo la guerra esa, ¿sabes? Pero le debo un favor a alguien.


Yo salí de bajo el Monte Carlo y observé que Frank, aunque todavía sobre el motor, había suspendido su tarea y se concentraba en lo que decía:


—De esos favores que cambian la vida. Yo tuve un pasado difícil, chico. Y si no fuera porque me tendieron la mano cuando más lo necesitaba, ahora estaría en toda otra situación, ¿entiendes?


Asentí.


—Por supuesto que entiendes —volvió a sonreír Frank en un gesto que contenía sin embargo tristeza—. Vamos, vete ya, es tarde. Nos vemos mañana.


Me despedí y, tras recoger mis cosas y lavarme las manos, me puse en camino. Cuando pasé por el frente de la casa, observé por la ventana que Shirley estaba ajetreada en la cocina, preparando algo. Nunca la había visto haciendo nada, apenas si se levantaba del sofá azul eléctrico y despegaba rara vez su mirada del televisor. Me detuve un instante frente al cristal y me pregunté si Shirley no sería parte de ese pasado difícil al que aludiera Frank.


Una semana más tarde, cuando llegamos al garaje, encontré el Monte Carlo encerado y listo para usarse.


—Vamos por una vuelta, ¿qué dices? —dijo Frank sin mostrar mucha emoción.


Ya antes habíamos prendido el motor e incluso condujimos alrededor de la cuadra para probar el auto. Pero esta vez yo entendía que se trataba de algo diferente. Supe que Frank se había pasado la noche anterior terminando de pulir el chasis de «su viaje», que ahora relucía con un efecto ambarino. Cuando entré al asiento del copiloto, percibí el resto débil de un perfume dulce, algo como de golosina de niño.


Frank encendió el carro, que roncó rítmicamente con profundidad, como si el bramido proviniese de otro lugar. Me fascinó sentir que aquella vibración bronca que nos circundaba se debía al trabajo que realizáramos con Frank durante numerosas tardes en su cochera. Sentí que había creado algo, dotado de vida a un muerto con mis propias manos.


Frank condujo distendido sin acelerar demasiado. Íbamos con las ventanas —en ese modelo, sin marco— completamente abajo, y entraba envolviéndonos el aire de octubre, aún tibio. Frank dejaba colgado su brazo izquierdo por fuera de la ventana, como apropiándose no solo del vehículo sino de todo el entorno. Eludimos el Down Town y tomamos primero la B49 y después la interestatal. Unos minutos después, Frank se detuvo en una salida que daba a una estación de combustible y un motel junto a un mirador; se podía ver a lo lejos, en una depresión de la tierra, una llanura desértica a merced de un cielo opacado por el fin de la tarde. Frank se dirigió, con un andar decidido, con aire de vaquero de la tele, a la estación de servicio, y trajo de vuelta varias cervezas.


—Aquí tienes —me dijo al entregarme una. A mí no me gustaba la cerveza, me hacía sentir pesado. Extrañaba en cambio el aguardiente que solía beber en Miranda. En el acto sentí eso, que, insospechadamente, extrañaba algo de mi tierra; que ese desierto, ese hombre y ese Monte Carlo eran de alguna manera todo lo que yo no sería nunca.


Agradecí por la cerveza y bebí en silencio, tomándome mi tiempo.


—Solo estaré lejos por nueve semanas —anunció Frank.


—El Monte Carlo seguirá listo —dije yo.


—Así será —dijo él y se perdió mirando al frente, con igual gesto de derrota que la primera vez que lo vi, sentado a solas en el Rocco’s, enrostrando a nadie.


Después de un largo rato de no hablar y cuando ya consumíamos las segundas botellas, Frank dijo:


—De niño, siempre pensé que iría a la guerra, ¿sabes?


—Todos los niños juegan a los soldaditos —opiné.


—Pero yo pensaba que viviría para la batalla, ¿entiendes?… que moriría en el campo, como se dice.


Dije que entendía, y él sonrió.


—Excepto que ahora yo sé que no voy a ir a morir a la guerra. Y eso tal vez es el problema, chico.


—Frank… —empecé, sin saber qué diría a continuación.


Pero él me interrumpió:


—Más bien no sé qué pasará si voy, y vuelvo y… Ambos supimos que la frase se acabaría ahí, que el problema era que se trataba de una frase sin fin.


—Por favor, muchacho, échale un ojo a Shirley mientras no estoy —me dijo tras un nuevo espacio de silencio—. Ella puede ser rara, ¿verdad?, pero no es una mala persona. Solo tiene problemas entendiéndose con la gente, ¿sabes?


Dio un largo sorbo de cerveza. Y volvió a hablar:


—Bueno, maldición, todos tenemos ese tipo de problema, ¿no, muchacho?


Asentí a la afirmación y a la risa que la acompañó.


Después, otra vez nada, solo nuestro silencio frente a un cielo en gamas, como sedimentado, con el líquido gris ceniza de la noche en lo alto, y en el borde horizontal de la tierra, una franja de azul cobalto aún encendido pero agonizante, como espuma que se iba disolviendo al converger con lentitud en el mundo.


—Mira —retomó Frank—, solo te pido que la chequees de cuando en cuando. Quizás puedes pasar por mi casa de repente. —Bebió lo último de una botella y rió—: ¡Diablos! Tal vez incluso puedas darle una vuelta a «mis ruedas» cuando lo hagas. Confío en ti —cerró, y dijo mi nombre; fue la última palabra, mi nombre, en el carro detenido en el mirador, antes de regresar por donde habíamos llegado.


Pero lo dijo de manera extraña, como si no lo dijera, como si en verdad hubiera dicho de nuevo, con algo reprimido en sus adentros, «la jodida Shirley Temple».



5


Durante la ausencia de Frank, solamente vi a Shirley tres veces. La llamé la primera semana para ver si necesitaba algo o si la podía ayudar de cualquier manera; le dije que no me importaría darle una mano con las compras. Ella respondió que por el momento estaba bien, que no necesitaba nada, que la llamara en diez días para ir al supermercado. Antes de cerrar la comunicación, me dijo:


—Oye, chico, ¿tú crees que vayamos a ganar la guerra?


—Sí —dije sin pensarlo—, seguro ganaremos.


Shirley rio del otro lado. Luego dijo:


—Seguro. Aunque tú no eres de aquí. Hice un esfuerzo por replicar su risa.


—En fin, ganaremos —concluyó Shirley—. Te veo en diez días, chico.


Frank me había dejado como acompañante de otro distribuidor de pan, Ernest Miller, durante las semanas en que no estaría. Pero mis tardes, sin trabajo en el Monte Carlo, se habían vaciado y dispuse de mucho tiempo para no hacer nada. Tuve que encontrar maneras de distraerme, porque la inactividad me despertaba una especie de urgencia por irme, una deforme contracara de la nostalgia: la idea de que debía dirigirme a un lugar que desconocía para sentirme finalmente en casa. Llegué a envidiar a Frank, que estaba cumpliendo de cierta forma un sueño de su niñez; y me pregunté incluso si mi propio destino no sería lanzar una granada hacia el palacio de Saddam. Diez días más tarde acompañé a Shirley a las compras. Yo conduje la camioneta de Frank, y vi que el Monte Carlo descansaba en su habitual lugar en la cochera, a un tiempo vivo e inerte, con el expectante aire de una estatua de ojos semiabiertos.


El clima era bastante fresco entonces, así que Shirley ya no usaba esos pantaloncillos cortos que dejaban al aire prácticamente sus piernas enteras. Ahora llevaba un jean y una camiseta estampada con un motivo de gruesos labios multicolores. Era de las pocas veces que la veía sin que estuviera exánime en el sofá, y me extrañé al notar que se movía con una gracia de alguien más joven. Quise buscarle, con disimulo, las marcas de que me había hablado Frank, esas cicatrices rectilíneas en todo el cuerpo, quizás secciones de piel colgante o fuera de lugar, cúmulos de piel que no debieran existir; pero en lo que pude ver —los brazos y el cuello, principalmente— no noté nada raro. Incluso daba toda la impresión de tener una piel saludable y un cuerpo atlético. Me pregunté si Shirley haría algo en las mañanas cuando yo nunca la veía, porque si se pasaba siempre frente a la televisión, sería imposible verse como ella. En ese pensamiento, me di cuenta de que no sabía nada de esa mujer.


Compró muchas cosas, de todo y en cantidad suficiente para un mes, al menos. Pagó en efectivo, con un rollo de billetes que quedó casi intacto después de extraer lo necesario para la transacción. En el viaje de regreso, me dijo:


—Frank te ha hablado de mí, ¿verdad?


—No realmente —respondí.


—No te dijo que yo en el pasado no era como soy ahora —replicó ella sin preguntar, sino ironizando para develar mi mentira—. Vamos.


—Mencionó que eras una buena persona.


Shirley rio y se dedicó a ver por la ventana. Sin dejar de hacerlo, tras un rato continuó: —No me importa que diga lo que diga. Lo hace para ahuyentar a la gente de mí. Para asustarlos. Yo seguía conduciendo con la mirada al frente.


—¿No te asustó? —me preguntó.


—Mencionó que eras una buena persona —repetí.


Por un instante, pensé que lo siguiente sería que ella haría algo inesperado. Como acercárseme. Pero no hizo nada. Terminamos el viaje, y la ayudé a llevar las bolsas adentro de la casa. Cuando todo estuvo listo, Shirley dijo:


—Gracias, has sido muy amable.


Yo le correspondí con un ligero movimiento de cabeza.


—Le diré a Frank lo útil que te has portado —dijo ella como despedida.


Casi un mes más tarde, vi a Shirley por segunda vez durante la estadía de Frank en el Golfo. Me llamó para pedir que la acompañara al doctor.


—¿Estás bien? —pregunté.


Tras las risas que oí por el auricular, explicó:


—Sí, chico, estoy bien. Es una revisión. Es rutina. Pasa a verme mañana.


Estuve puntualmente luego del trabajo. Shirley me hizo esperar en la sala donde miraba tanta televisión —que entonces se encontraba apagada—, y cuando salió de su cuarto, la vi como nunca antes: traía mucho maquillaje en el rostro y se había hecho un llamativo arreglo de pelo, alto y engominado. La debí haber mirado de modo inusual porque, en medio camino, me ofreció una mirada larga y una sonrisa de simpatía, como se mira a un perro que ha regresado con la pelota.


Fuimos al garaje, donde, nuevamente, tuve la sensación de que el Monte Carlo me observaba, y salimos. Me indicó la dirección, en pleno Down Town, en un edificio muy alto y con grandes ventanas azogadas como espejos. Me dijo que la esperara afuera, porque le apenaba que entrase con ella hasta el consultorio; me indicó que le tomaría una hora. Aparqué a unas cuadras y recliné el asiento para intentar dormir. No conseguí conciliar el sueño, pero pensé mucho en Frank, en qué estaría haciendo ese instante en el otro lado del mundo. Pensé también en mi casa en Miranda, en los pocos que quedaban allí, y quise saber si ellos se imaginaban el tipo de vida que yo llevaba en Estados Unidos.


Transcurrida la hora, regresé al edificio donde Shirley me esperaba, de pie en la acera, con aire distraído. Al subir al auto susurró un «Hola, chico» y se sentó con una actitud distendida, como si se relajara tras una tensión previa. Su pelo había perdido la forma voluptuosa de la gomina, y le caía de lado cubriéndole parte de la cara en una señal que denotaba fatiga; aunque su maquillaje no estaba deshecho, toda ella irradiaba un aura de trajín, de uso.


El viaje fue largo porque a la salida del Down Town nos metimos en un atolladero, pero no hubo conversación. Quise preguntarle muchas veces cómo le había ido en su cita con el doctor, pero no fue sino hasta el final que lo hice, cuando estábamos a una cuadra de su casa:


—¿Todo en orden?


—¿Qué? —reaccionó, confundida, como saliendo de un sueño.


—En el doctor, ¿todo bien?


—Ah, sí. Sí —dijo cuando ya habíamos aparcado.



6


No volví a saber de ella hasta el último fin de semana en el que Frank no estaría. Me telefoneó el viernes temprano —ese era mi día libre— y me dijo con autoridad:


—Ven en la noche, llévame a dar una vuelta, ¿sí?


En la tarde hice tiempo hasta que oscureciera, pero de todas formas llegué muy temprano a la parada de bus más próxima a la casa de Frank. En el camino, me senté en un diminuto parque, con la intención de que el tiempo pasara. Pero entonces entendí que unas ansias me controlaban, que me ponía nervioso el plantearme ver a Shirley.


Llegó la hora, fui hasta la casa, y la voz de la mujer me pidió que entrara y, de nuevo, esperara en la sala. Cuando apareció, ajetreada y diciendo «Listo, vamos», empecé a intuir de qué iría la noche. Shirley traía una minifalda apretada y blanca —o que alguna vez lo había sido—, una camiseta negra recortada que mostraba su ombligo, y una chaqueta de jean de las que estaban de moda entonces, al igual que unas botas que le rozaban las rodillas.


En la cochera, cuando me dirigía a la camioneta, Shirley emitió una negación con un sonido gutural y aumentó:


—Vamos en el Chevy. —Y caminó hasta el auto de Frank—. Te dijo que podrías conducirlo, ¿no?


Yo asentí, y nos pusimos en marcha. Shirley me indicó cómo llegar a un pequeño bar que ofrecía también comida. Nos sentamos en una mesa y ella anunció sonriente:


—Anda, chico, aliméntate. Yo pago.


Ordené una hamburguesa grande, y Shirley pidió diversos cocteles, uno tras otro aunque sin apuro. La alegría que emanaba esa noche se expresó también en una apertura que nunca antes me había mostrado. Me pidió que le hablara de mí, de Ecuador y sobre todo de Miranda. Yo le conté de las montañas y del río Braca, cuyo sonido me acompañaba desde las mañanas porque vivíamos cerca del barranco. Le conté que mi papá se había marchado a la capital a trabajar y que no lo veíamos desde hacía años, sino que solamente recibíamos noticias suyas y, eventualmente, un dinero que lograba mandar. Le enumeré mis hermanos, de quienes no sabía ya nada, y omití detalles de lo ocurrido con mi mamá, mencionando con ligereza que había muerto en un accidente. Le expliqué que entonces yo había decidido salir de allí y logrado entrar a Estados Unidos. Mientras le hablaba, me di cuenta de que extrañaba profundamente las montañas, el horizonte variable y accidentado que imponían, tan distinto del desolado plano del desierto que circundaba la ciudad en donde estábamos. Tuve la sensación de que la mujer me había escuchado realmente, y quizás por ello me desahogué hablando como nunca lo hacía. Pero luego noté que se había bebido algunos long islands, y que probablemente toda mi alocución no le había servido más que como entretenimiento en reemplazo del televisor. Llegado un punto, me dijo «vamos» y, al ponerse de pie, pude ver que caminaba erráticamente.


Me llevó —aunque yo iba al volante— a otro bar con pocas mesas y la música a todo volumen, más parecido a una discoteca, pero con poca gente bailando. Yo me había hecho algo de expectativas por ver si Shirley continuaría así de abierta conmigo, pero apenas entramos ella se encontró con varios conocidos, a quienes abrazaba efusiva mientras se detenía a conversar con evidente alegría. Vi que, con la excusa de saludarlos, repartió besos en los labios a varios de ellos. No me presentó a nadie, así que fui a sentarme a la barra. No me sobraba el dinero, de modo que solamente pedí cervezas, que me esforcé en alargar cuanto pude, mientras observaba a Shirley divirtiéndose y pasando de uno a otro grupo de gente. Se me ocurrió que entonces, precisamente, me encontraba cumpliendo con lo que Frank me pidiera esa tarde en el mirador: «echarle un ojo a Shirley».


Un poco más tarde, sin embargo, perdí de vista a la mujer, y di un par de vueltas por todo el lugar —un laberinto de sombras— que resultaron infructuosas. Retorné a mi sitio en la barra y poco después Shirley me tomaba del hombro:


—Chico, dónde te has metido —dijo riendo y guiñando un ojo—; salgamos de aquí. La seguí hacia la puerta, y luego a la calle encendida por los neones. Ahora la mujer ya estaba de lleno sumergida en la borrachera, y se iba rozando sin quererlo con todo cuerpo en su camino. Agradecí mentalmente que pudiera al fin cerrar la jornada.


Pero me equivocaba. Shirley me pidió que nos dirigiéramos a otro lugar, una cantina de las afueras, sobre la E21, en una zona yerma, más propicia para los habitantes de la ruta que para los citadinos. Mientras conducía hacia el sitio, no dejé de preguntarme por qué obedecía sin replicar nada. El Monte Carlo devoraba el asfalto bajo nuestros pies. Aparqué frente a la entrada, pero intenté disuadir a la mujer de ingresar. Ella me interrumpió, balbuceando:


—Solo… no… Solo vamos.


Me miró —algo que no había hecho durante el resto del trayecto— directamente a los ojos, dejándome ver un brillo como de lágrimas, sin serlo, que funcionaba como un detalle diamantino en su gesto, ahondando la tristeza subterránea en la hermosura de sus facciones. Recordé el semblante de Frank en el Rocco’s cuando lo conocí, y entendí que ambos compartían esa misma manera de estar en el mundo, como si el vivir no fuera más que un fatigoso tipo de inercia, un recuerdo intermitente frente a la condensada sensación de un vacío.


Probablemente ella también era consciente de aquello que me había comunicado sin decirlo, porque el entrar a ese bar terminó siendo como lanzarse a una caída en picada.


Allí, Shirley no parecía tener amigos, así que ambos nos sentamos en la barra y pedimos: yo, nuevamente cerveza, y ella, un bourbon que apuró en dos bocados. Fue hacia la parte de atrás del lugar, balanceando malamente su cuerpo en cada paso, como si sus deseos intentasen, sin éxito, domar sus movimientos. Había tres hombres que jugaban en una mesa de billar, y otro par se entretenía en una máquina de pinball. Dejé de mirar cuando vi que Shirley les arrancó unas risas, y entendí que ella no estaría tranquila hasta que ocurriese algo. Ordené finalmente yo también un whisky, que consumí con fruición, concentrado en cada sorbo.


Tras unos minutos, al mirar al fondo, vi que Shirley se besaba con uno de los hombres del pinball, y el otro los observaba de cerca; luego, este segundo, que había estado bebiendo, depositó su vaso en una mesa vacía y se puso detrás de Shirley, acariciándole las nalgas, buscando con las manos internarse bajo su falda. Empecé a caminar en dirección de ellos, mientras veía que el primer hombre ayudaba a Shirley a sentarse de frente a él sobre el pinball, cuyas lucecillas titilaban simulando ondas, maquinalmente. De pronto, ante mí, impidiéndome el paso, dos de los tipos que habían estado en el billar me cercaron, y se les unió otro. Yo los medí con la mirada para ver los chances que tenía de enfrentarlos; pero, aunque yo no fuera nada débil, no podría con los tres. A sus espaldas, el segundo hombre del pinball despojaba a Shirley de sus interiores, bajo la falda replegada hacia la cintura, mientras el otro continuaba besándola y se abría con las manos ciegas el pantalón.


—¡Hey! —exclamé, y di dos pasos al frente. Sentí un golpe profundo en el vientre —aunque luego me quedara la sensación de que no había sido uno sino dos, o tal vez tres, combinados—, como si de repente me hundieran en una zona inimaginada de mi cuerpo, como si el dolor me arrojara a un abismo oculto en mi propio interior. Agachado, ovillado para recuperar el aliento, alcé la vista y encontré que el primer hombre del pinball penetraba a Shirley, recostada sobre la máquina mientras el segundo hombre, a un costado, tiraba de su pelo acercando su rostro al de ella, y la besaba desaforadamente. Tardé en ponerme de pie, con dificultad y todavía ahogado, y cuando lo hice dos de los tres hombres que me habían cerrado el paso ya se dirigían hacia el pinball, mientras el primero se agitaba sobre Shirley al borde del clímax y el segundo la había recostado por completo para poder meterle una mano bajo la camiseta. Erguido ya, miré frente a frente al último hombre del billar que custodiaba toda la escena del fondo, y pude distinguir en su mirada una especie de orgullo, de serena satisfacción, algo tan ajeno a lo que comunicaba el rictus ordinario de Frank. Era eso, esa ausencia de Frank, su negativo, lo que se estaba celebrando en la escena al fondo de la cantina. Yo habría podido hacer algo al respecto antes de que todo sucediera, en representación de él, por encargo suyo, pero no lo había hecho. Quizás por egoísmo. Porque fue como si siempre lo hubiese sabido, como si intuyera desde antes aquello que ocurriría; y entonces recordé que, en cuanto la conocí, supe que Shirley significaría problemas.


Salí del bar, y el silencio desnudo del exterior me hizo dimensionar la fuerza del anterior sonido que me envolvía, ese amontonamiento dispar de vítores y exclamaciones de jolgorio de los hombres en la parte de atrás del lugar. Vomité, junto al Monte Carlo, un líquido ardiente que formó un charco tan oscuro como la noche derramándose en el suelo de tierra. Luego ingresé al asiento del conductor, y me dormí con la boca entumecida y la sensación de que cada inhalación me ocluía la garganta.


Shirley me despertó horas más tarde, justo antes de que clarease, golpeando con sus delgados nudillos la ventana del copiloto. Su rostro estaba hinchado y su maquillaje era ahora un oleaje dibujado por manchones de varios tonos. Pero su gesto, bajo todo aquello, comunicaba tranquilidad, la especie de suficiencia que despediría solo un alma en paz. Fue precisamente esto último lo que me indignó —yo había soñado con Frank, y su imagen me pesaba en la mente—, así que decidí salir del auto.


—Puedes regresar tú sola —dije, saliendo con un portazo del Monte Carlo, el bólido en que tanto tiempo había invertido ayudando a Frank en su garaje.


Pero enseguida Shirley gritó mi nombre, y se inclinó sobre el asiento para alcanzar la ventana de mi lado.


—¡No sé manejar, mierda! —me increpó—. ¡Vuelve, chico!


Detuve mi paso. Amanecía lentamente sobre la carretera y sobre la tierra inmensurable y deshabitada. El aire ingresaba por mi nariz como si fuera metal líquido y helado.


Regresé al carro, lo puse en marcha, y deshicimos callados el tramo recorrido la noche anterior. Solo se oía el inconmovible motor del Chevy, cuyo bramido nos recordaba que él también había sido parte de todo aquello.


Nuestro regreso al suburbio parecía traer el día consigo, y cuando estacioné, en casa de Frank, el sol ya se ubicaba sobre nuestras cabezas, vigilante. Me bajé.


—¿No te quedarías? —le escuché decir a Shirley con una voz que no le había conocido. No le respondí.



7


Frank regresó poco antes de Navidad. Tendría licencia en el trabajo aún un tiempo, así que yo continué de ayudante del viejo Miller, quien amaba la pesca e incluso me había llevado con él a un par de excursiones. Parecía un hombre amable, aunque yo percibía que cargaba a cuestas una vida no muy alegre.


No vi a Frank hasta casi una semana después de su vuelta, cuando me llamó para que fuéramos por una cerveza. Él se ofreció a pasar por mí: «Quiero estar en “mi viaje” lo más que pueda», me dijo. Así que me recogió una noche de sábado.


—Entonces aquí vives —dijo cuando me subí al Monte Carlo.


—Aquí es.


Condujo en silencio y, durante ese tiempo, pareció exactamente el mismo Frank que se había ido; aunque ahora rodeaba a su bigote una incipiente barba, entrecana, que le cargaba más años a su aspecto, resaltando que el tiempo también se mide por las manchas que percuden la piel.


Frank tomó la inter hasta el mirador donde habíamos conversado antes de su partida. Por tratarse de fin de semana, ahora había más carros transitando y más movimiento en la estación. Oí cómo chillaban las notas mecanizadas de un villancico desde algún reproductor de mala calidad.


Mientras tomamos unas pocas cervezas, Frank relató algunas cosas de donde había estado —Kuwait—, el calor infernal que derretía las suelas de las botas, cómo se sucedían los días indiferentes y en vilo, y lo que pudo percibir que ocurriría. Tal como lo previera, estuvo lejos de los conflictos, en grandes bases de operaciones donde trabajó con aceptable calma. Opinaba que pronto ganaríamos la guerra, todo el mundo lo sabía, pero dijo que no quería hablar más del «maldito Golfo».


—¿Cómo la pasaste tú aquí, muchacho? —me preguntó finalmente.


—Bien —dije—. Bien —repetí, más bajo. Bebió con lentitud.


—La misma mierda, ¿eh?


—Ya sabes —resoplé.


Vimos pasar a un hombre vestido de Santa Claus, con la barba falsa desarreglada, apurando el paso en dirección de la tienda.


—¿Sabes? —dijo Frank en un arranque—, yo creo que debemos sentirnos agradecidos por estar aquí y tener todo esto que tenemos.


Yo no dije nada. Eran palabras celebratorias, pero el rostro del hombre no podía ser menos festivo en ese instante. Intuí que alguien había hablado a través del Frank que yo conocía.


El Santa Claus venido a menos, ya despojado de su barba, hablaba a gritos desde un teléfono público fuera de la estación de servicio. El maquinal villancico había recomenzado por enésima vez.


—¿Viste a Shirley? ¿Pudiste echarle un ojo? —dijo Frank tras un gran silencio en el que, creo, ambos estuvimos pensando cuánto había cambiado todo durante los últimos meses.


—Lo hice —respondí.


—¿Y? ¿Todo bien?


Asentí.


—Bien —Frank sonrió, algo satisfecho, y me palmeó un hombro.


Una vez que acabamos las cervezas, emprendimos camino de vuelta.


Cuando me dejó donde me había recogido, afuera de mi casa, Frank dijo «Cuídate, muchacho», y se despidió. Yo hice un movimiento con la mano.




Andrés Cadena (Quito, Ecuador, 1983)

Autor de los libros Fuerzas ficticias (Premio Pichincha 2012), Altanoche (Premio Joaquín Gallegos Lara de cuento 2016) y Camino errado (Premio Miguel Donoso Pareja 2020). Es parte de La Caracola Editores y coordinador de la revista Rocinante. “Un tipo de inercia” forma parte de Altanoche.