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Cuento

Yasuhiru Matsui: La leyenda de una oruga que se convirtió en mariposa

Fernando Prieto

Número revista:

8

Me han regalado la fantástica oportunidad de morir. Este es mi último día. Caeré como la flor de un radiante cerezo.

Isao Matsuo, piloto kamikaze japonés



I


Al recostarse sangrando y apenas con conciencia de lo que pasaba a su alrededor escribió:


Mi cuerpo se abre

como la flor dormida

que siente la luz


Hay quienes afirman que el primer corte fue decisivo. Un corte seco y sin pausa. Al inicio lanzó un grito de dolor y luego un gimoteo largo intercalado por pequeños quejidos. Miró al piso. Allí estaban desperdigados los dedos ensangrentados de su pie derecho y la sangre que escapaba a borbotones, aunque usó un hacha al rojo vivo para cauterizar la herida. Sintió mareo y estuvo a punto de desmayarse.


Sin dedos el pie tenía una forma extraña. No era precisamente su pie, sino un pedazo de hueso rodeado de carne flaca, una extensión de su pierna sangrienta. Quedaban las raíces de sus dedos llenos de sangre y carne quemada, algunos ligamentos blanquecinos y los huesos que no pudo cortar pegados en la piel tierna y desencarnada. Revisó la herida, volteó un frasco de alcohol sobre su piel, puso agua oxigenada y luego la envolvió con una gasa intentando detener el sangrado. Tomó los cinco dedos y los colocó en una vasija de porcelana que se manchó con la sangre que aún salía de sus dedos tibios.


Cerró los ojos e intentó dormir ignorando el dolor. Uno de sus asistentes tomó su pie herido y lo envolvió en más tela para que la sangre no traspasara hasta las sábanas, giró el cuerpo de Matsui para dejar su pie sobre una almohada, dio al escritor una pluma y papel, y salió en silencio con la vasija.


II


Un año antes, Yasuhiru Matsui y sus tres discípulos —Hiroshi, Katsumoto y Mazaki—, se encerraron en una pequeña villa a las afueras de Ashiya, en la prefectura de Hyōgo. Alquilaron una casa amplia de un solo piso, con ventanas grandes para que el salón estuviera siempre iluminado y con dos jardines grandes para meditar durante el día. Buscaron una auténtica casa japonesa según las exigencias del escritor. Durante un mes, algunos obreros remodelaron una casa de estilo occidental para convertirla en el aposento que el poeta buscaba. Reemplazaron la fachada europea por una japonesa y cambiaron el jardín minimalista por fuentes y estanques. Un mes después, el escritor y sus tres discípulos estaban viviendo en aquella casa, escribiendo su manifiesto y planeando los hechos que ocurrirían luego.


Cada mañana, Matsui y sus asistentes se concentraban en el salón, bebían té y platicaban. Salían a ejercitarse y luego retornaban al salón para escribir una página del manifiesto. Posterior a la jornada de escritura, los discípulos corregían lo redactado mientras Matsui se encerraba en su habitación a escribir haikus. La primera tarde, el poeta escribió:


La vida es el silencio

poblado de luz,

un suspiro, un susurro.


El fragmento del manifiesto escrito ese día daba inicio de esta forma:


La vida es solamente silencio, un silencio poblado de murmullos. Mírense bien, todos ustedes, que no son nada sin su cuerpo. Ustedes, los que escogieron el camino de las quimeras, el camino de los espejos que deforman su verdadero rostro y que os hacen mirar como jamás serán. Se observan en las aguas cristalinas del Abukuma y se miran perfectos; en las aguas de las porquerizas se miran como hermosas deidades; en el leve reflejo de unos ojos ajenos no observan más que una perfección aparente. ¿Qué quedaría de vosotros sin el cuerpo?


III


Afuera los discípulos prepararon nuevamente la vasija. Echaron los dedos en la basura, lavaron el recipiente e ingresaron a la habitación. Matsui había terminado de pensar en un haiku nuevo. Pidió un trozo de papel y volvió a escribir:


Luna ermitaña,

dime si el universo

aún me recuerda.


Mazaki tomó el papel y lo puso en el diario del escritor con los otros poemas. Katsumoto entregó al poeta la vasija y el cuchillo aún hirviente. Matsui se volteó con lentitud.


—¿Quiere que lo haga yo? —preguntó el asistente.


El poeta negó con su cabeza. Puso su pie en el suelo y de un solo golpe se cortó los dedos. Dio un largo alarido, las lágrimas cayeron por su rostro, inclinó la boca sobre la almohada, la mordió con fuerza y aún con los dientes apretando la tela gritó durante un par de minutos hasta que el dolor empezó a disminuir. Los ayudantes limpiaron la herida y la envolvieron con gazas. Lo voltearon sobre la cama y dejaron junto al poeta una taza de té con algunos analgésicos.


Afuera, los ayudantes volvieron a ordenar los poemas en silencio y esperaron un momento para regresar a la habitación. Cuando ingresaron, miraron los pies del Matsui llenos de sangre. Un gran manchón rojo había atravesado las sábanas y se extendía por las cobijas blancas. En la pared, ayudado por un lápiz, el poeta garabateó:


En tu canto se escuchan,

pequeña alondra,

los compases del viento.


Uno de los discípulos se apresuró a anotar el poema en el diario. Mazaki sacó una sierra y se la entregó al poeta.


—No podrá hacerlo usted solo— agregó.


El poeta asintió con la cabeza y extendió las piernas hacia el suelo, esperando a que sus asistentes comenzaran. Hiroshi inyectó a Matsui una jeringa con morfina para aliviar el dolor. Aguardaron a que la droga hiciera efecto. Katsumoto cubrió el piso con plástico y puso debajo de sus pies un recipiente grande para contener la sangre. Antes de comenzar, Mazaki colocó una cámara frente a ellos para que grabara toda la acción. Se acercó con la sierra y empezó a cercenar las piernas del escritor.


IV


El manifiesto continúa:


Vosotros no sois nada más que carne y excremento, fábricas de desperdicios cubiertas por una bella envoltura, por cuerpos hermosos y por sonrisas que desaparecerán cuando menos se lo esperen. Mirad a las Geishas, con sus rostros blancos y su sonrisa falsa; mirad la belleza de vuestros samuráis jóvenes, cuando no tienen más que cuerpos hermosos y esculpidos, cuando su fuerza está a flote. Y miradlos viejos, con la piel desgarrada por los años. Las sonrisas de las geishas no son más que una boca sin dientes; los cuerpos de vuestros guerreros, nada más que despojos encorvados. Y así, sin más que recuerdos de una belleza pasajera, añoran sus días pasados y anhelan retornar, aunque no exista tal posibilidad. Anhelan la vida de la juventud eterna, la vida de sus dioses que se mantendrán vivos por siempre. Su cuerpo no es nada más que dolor y deseo, un ensueño.


V


Repasaron todos los pasos con cautela. Matsui y sus discípulos pasaron los meses subsiguientes planeando cada paso como si se tratara de una obra de teatro en la que no podía haber errores. En el salón repitieron una y otra vez los pasos que debían ejecutarse, cómo evitarían un accidente y cómo convertirían ese último día en un acto poético, en una acción simbólica del desprendimiento corporal según —se supone— lo que el poeta planteó en su manifiesto ahora extraviado.


A lo largo de esos meses aprendieron cómo cortar la carne evitando un desangrado. Aprendieron a sobrellevar la náusea al observar los miembros cercenados y a curar las heridas para evitar infecciones. Matsui, por su parte, escribía diariamente haikus en un pequeño cuaderno de notas que había adecuado con un sistema de silabario, para habituarse a una escritura automática que en los meses siguientes desarrollaría con gran acierto.


El día 6 de agosto, el poeta anotó:


Muere la tarde,

el fulgor de la luna

reina en las olas.


VI


El miembro izquierdo de Matsui fue cercenado luego de una larga jornada. Cuando Mazaki terminó de arrancar la pierna, los dos asistentes se apresuraron a cubrir la herida según las indicaciones de su maestro. Le dieron analgésicos y volvieron a inyectarle una dosis de morfina para calmar su dolor. Pese a la morfina el poeta gritaba, su cuerpo se contraía entre las sábanas y —según el testimonio de Mazaki— llegó a evacuar sus intestinos un par de ocasiones en medio de las cobijas. Los asistentes limpiaron toda la habitación y también a su maestro. Esa noche Matsui no escribió ningún poema, pero garabateó algunas notas en su diario:


Fuimos sacados de la oscuridad sagrada y echados a un lugar sin nombre, a un desierto hostil rodeado de miseria, donde lo único certero es el dolor y la muerte. Aprendimos a reír y a llorar. Aprendimos que la alegría es fugaz, que debemos sujetarnos a los recuerdos como el náufrago se sujeta a un mástil hundido porque lo único que le queda es la esperanza. Ya no queda nada. Sabemos que la vida es una tragedia, un circo cruel sin público y sin actos, donde cada uno improvisa hasta el ridículo. Ahora es tiempo de volver al hogar. Deja que te cobije la fría noche y que te lleven a las estrellas. Deja que la oscuridad te envuelva y lánzate presto al viaje, uno que ya no tendrá fin. Recoge las provisiones y lánzate al abismo, que el camino será largo…


(Las palabras que continúan son intraducibles)


VII


En la primera fotografía expuesta en el museo de historia de Osaka, Matsui aún conserva sus extremidades, a excepción de la pierna derecha y algunos dedos de su pie izquierdo. Sonríe junto con sus discípulos y mira especialmente a Hiroshi, que le devuelve la misma mirada amable. Katsumoto y Mazaki miran serios a la cámara. Los tres discípulos llevan kimonos negros. En la segunda fotografía, los asistentes arrastran un cuerpo sin extremidades con una notable expresión de dolor en el rostro. Katsumoto ríe mientras mueve al poeta hacia un pequeño carro de madera que adecuaron para movilizarlo alrededor de su hogar. Detrás, Hiroshi saluda a la cámara y al fondo Mazaki levanta la última extremidad cortada de su maestro, su brazo izquierdo. Mazaki dibuja una sonrisa misteriosa que contrasta con la mirada agónica del poeta. Los tres conservan sus kimonos. En la última foto, los asistentes sostienen el cuerpo lacerado del escritor. Han cortado su cabeza y su lengua, han vaciado sus ojos, abierto sus vísceras y extraído los intestinos y los órganos blandos. La fotografía guarda algunos manchones rojizos, seguramente la sangre del propio Matsui. Mazaki aparece nuevamente detrás, sosteniendo la cabeza del escritor y abriendo su boca para mostrar que la lengua ha sido arrancada de un tajo. Los otros dos están inclinados, mirando los restos del cuerpo extendido sobre el patio. Los tres ayudantes llevan ropa occidental, pantalones de tela y camisas arremangadas hasta los codos.

Tres semanas después de la muerte del poeta, los ayudantes fueron apresados en una redada que la policía nipona ejecutó después de las constantes quejas por el mal olor que emanaba de la propiedad de Matsui. Los asistentes fueron condenados a 50 años de cárcel por tortura y asesinato y los restos del poeta, según su testamento final, fueron trasladados hasta el museo de historia de Ozaka. De su manifiesto solamente se conservan algunos fragmentos dispersos que hemos expuesto previamente. No se tienen claras las intenciones de Matsui con sus actos ni el detonante para su mutilación.


Al final del pasillo, una lámina gruesa de vidrio resguarda los restos momificados del escritor: las extremidades que se salvaron de la putrefacción, su cabeza sin lengua, cadavérica y sin ninguna expresión, su caja torácica repleta de cicatrices y marcas. Y junto a su cuerpo fragmentado y sin vida, el último poema que escribió con su mano:


Cubro mis ojos

al cielo me conduce

la negra noche





Fernando Prieto (Paute, Ecuador, 1998)

Estudia lengua, literatura y lenguajes audiovisuales en la Universidad de Cuenca. Reconoce en sus textos la influencia de autores como Chuck Palahniuk, Mario Bellatin y Osvaldo Lamborghini.