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A Yolanda y Flor

Juan José Pozo

Número revista:

2

1

Oí que un niño cayó al agua,

oí que su hermana lo recordaba.

A veces te pienso en un camino de tierra cruzando el páramo en motocicleta sobre la doble cuerda del polvo

que de tus llantas se asienta y en estas palabras suspende.


2

No lo conoces por los años que acumula su nombre, ni por su puño o sus heridas.

Lo conoces por la muerte que inundó los espacios de la promesa como lo hace el arcoíris blanco en la negación de los vientres.

Lo conoces porque te lo recordaron: sucedió antes de que nazcas, antes de que pudieras siquiera hacer algo.

Cada tanto aparece en los ritos de la culpa y en la memoria tropezada de tu madre.


3

Cruzando el páramo en motocicleta, como un grito en la nube que se aleja.

Cuentan que hace muchos años hubo guerra en esa colina donde el rocío entrecierra tus ojos, endurece tus mejillas; quizá el mismo rocío sobre el perro que huyó ante la bala o el perro que se apartó ante la rabia del motor y la curva.


4

Ojalá no caigas nunca

ni te arrodille el azar de los otros.

Ojalá no seas pluma enterrada ni carrera de mil años.

Oí que tu nombre era Flor.

A veces me digo que soy árbol:

sauce, arupo, magnolio.

Raíz de boca espesa en esta tierra de eucaliptos.


5

Dicen que sus manos siguen frías. Dicen que por travieso resbaló.

Dicen que es mi hermano. Dicen que la palabra es una ofrenda en ruinas.


6

Esto que escribo son grietas en el papel:

“Flor cruza el páramo en motocicleta,

su madre le recuerda al hermano que nunca conoció,

aquel niño que cayó al agua”.

Somos árboles, pienso,

árboles de raíces sedientas,

árboles que crecen

hasta saberse plantados


en macetas.

Poema ganador del concurso de poesía Tinta Sangre convocado por la FEUCE para jóvenes escritores, agosto 2020.