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Bildung

Paulina Merino

Número revista:

6

Para mi madre



Mujer moneda,

me llamaste desde los intersticios de tus miembros sin juntura.

Cuando decidí escucharte,

era ya parte de los juegos de agua de tu vientre.

El espacio entre tu cabeza y tu pecho.

Un guiño travieso en tu sonrisa de diosa sin dios.

El impulso de tu pierna pensante.

La calavera en el flanco de tu torso suelto.


Nonata, incompleta, matriz, afuera, adentro.

Ser una te haría una con la muerte.

Mejor seguir jugando.

Un juego a muerte y no un juego de muerte.


Mujer dentro de mujer.

La madre –la esfera– y su criatura.


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La historia de los silencios infantiles empieza con un grito. Ella lo escuchó cuando la niña nació, pero la niña, poco antes, también había escuchado algo: una cesión, un detenimiento, una ausencia. Ese movimiento hecho de calor, oscuridad y agua, que era un ritmo en que ambas, cuando eran una, habían sido, se había callado. Así que lo primero que escuchó la niña fue ese silencio, y fue tan absoluto que se tragó su primer grito, igual de infinito, igual de enorme. El segundo grito, el que escuchó mamá, fue un intento, como todos los que seguirían, de restablecer el ritmo.


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La primera palabra fue “Caqui”. Blanqui era la tía, la tía Blanca, la hermana menor de mamá.

Siempre hablaría de mamá en metonimias.


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La mamá de mamá no tuvo mamá.

Y aún así la mamá de mamá amó a mamá.

Mamá lo supo siempre,

pero el alma de su corazón

siempre sería de hielo.


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Una pequeña locura


El filo de seda está sucio y húmedo.

¿Cuándo dejará esta niña de chupar la cobija?

Ya tiene cinco años

y no se despega de su estropeada amiga.

Con la boca y las manos sostiene un lado,

sorbe su filo mientras camina,

luego sorbe el otro filo,

luego el otro, luego el otro…

Repite hasta el agotamiento.


Cierra al fin los ojos.


Una pequeña locura.


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En la cocina blanca y vieja,

todo parece quieto.

Un cuchillo afilado en el mesón,

platos limpios, ollas sucias.

Es de día.


En la cocina blanca y vieja,

arde una rata y sus crías

en el cajón de manteles.

Me siento y miro y escucho.

No hace falta encender la luz.

El fuego alumbra la tarde.


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“El psicoanálisis es la reconciliación con el cuerpo”.

La niña. (muchos años después, recostada en un diván, le habla a una mujer trece años mayor)  Lloran, sus manos lloran.


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Poppette va a morir: tiene rabia.   ¿Cómo es que no fue vacunado?



Ha lamido las manos de la niña.



Hay que salvar a la niña.


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Prescripción


“Bruja primera: ¿Dónde has estado, hermana?

Bruja segunda: Haciendo morir cerdos.

Bruja tercera: ¿Y tú, hermana, dónde?”


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Un viaje


Visité a la mujer fragmentada.

Su nombre es Coyolxauhqui.

Paga con su desmembramiento

un intento matricida.

Decapitada y rota,

habita una esfera.

Esa esfera es la luna.


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El pobre Popette murió, pero salvaron a la niña.

Ella había visto un cuarto verde intenso, gente en un ir y venir agitado. Preparaban algo.


Cerraron la puerta, no la dejaron ver más.

Pero ella sabía.  La rabia, la cabeza de Popette. La cura.


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¿La madre _ la esfera _ y su criatura o la criatura y la madre _la esfera_? ¿Puede lo femenino dentro de lo femenino detener su impulso disgregante, de apertura abismal? ¿Darle forma, obligar a lo femenino a verse a sí mismo, a reconocerse, de modo que pueda decir: “soy yo”?


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Soy yo el cuchillo que reposa

en la cocina blanca y vieja.

Acércate y mira mi hoja,

aquí mi historia, un espejo.

Liberé al animal

del peso de ser mujer.

Liberé a la mujer

de su temido animal.

Cesé, implacable, el contagio.

Entregué pechos sustitutos.

Cercené horizontes

y salvé corazones

de espectáculos sangrientos.

Separé a la madre de la hija.

Separé a la madre de sí misma

y a la hija de sí misma.

Mi ritual incomprendido

lo ofrezco a diario a la vida

y ella, desde su altar de mar y rocas,

asiente, sonríe y se da.