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El bus

Chávez Benavides

Número revista:

2

A las acostumbradas a golpearse el pecho

Cualquiera me embraga y me frena,

de neutro a marcha primera,

se levanta el freno de mano,

se suelta el freno despacio,

sube un pie izquierdo y baja un pie derecho

y yo preparo un avance después de las señales de pare,

los semáforos, los pasos cebra, los irresponsables.

Una figura que mostraba exposiciones sube;

lleva dentro enfermedades de trasmisión sexual,

garantías debilitadas,

condiciones

y yo soy un aparato móvil que se sensibiliza.

Estaba tan familiarizado con los pasajeros de sesenta y dos minutos,

con los de cuarenta y cuatro,

con los de treinta y dos,

con los de veintiuno,

con los de dieciocho,

con los de siete,

con los de menos de tres segundos que,

ante una entrada que podría permanecer,

me sentí vivo.

Lo deseado me concedió consciencia,

además de un nudo en la garganta;

mis ventanas y mis espejos la observan,

mis puertas la soportan,

mis esquinas la escuchan

y me siento capaz de aprender su olor de memoria.

Me desligo de la lógica de la que padecemos los artificios modernos porque,

naturalmente,

la cambiante, la variante, la inestable, la inconstante, la volátil,

se autodenomina templanza

cuando le pertenece a alteraciones entre el calor y el frío.

El cielo ha tomado las tonalidades que le han venido en gana

y ella se ha vestido con todos sus colores;

mientras se mueve la palanca,

se pisa el embrague,

se mete una marcha más

y parece que algo que tengo dentro suena.

Ella se adapta al transporte,

vamos de norte a sur al igual que su esperanza,

su autoestima,

su entendimiento,

su castidad,

sin embargo, las transgresiones siguen decorándola.

Se deja a los rayos de sol y tras insolarse,

bebe una cerveza como si sorbiera quietud.

Se deja a las gotas de lluvia y tras empaparse,

bebe un café como si tragara empuje.

Estoy vacío:

desaparecen los ambulantes, los usuarios, el cobrador, el chofer y,

a través de las inconsistencias,

las incertidumbres,

los desacuerdos,

los miedos

y las renuncias;

varía el clima de una ciudad y ella,

amarilla o azul,

baila a lo largo del corredor sabiéndose suya y

el verde es, por primera vez, mi color favorito.

Abandono la necesidad de aceite,

de gasolina,

de agua,

de ruedo,

de velocidad,

de desgaste

para saberla mía, al menos, hasta que decida bajarse.