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El cielo de York

Juan José Rodinás

Número revista:

3

El cielo de York (mi historia personal es una rosa de agua)


Hace décadas por aquí pasaba un panadero y era yo.

Y un herrero se lavaba las manos en sangre de girasoles

y se me parecía un poco.

Un señor ofrecía panderos a los niños

y se tropezaba por mirar el cielo y se parecía a un amigo alegre.

El ejército rojo y un obispo ortodoxo bautizaban castores

y muchachas de ojos platinados

y era una fiesta roja como mi propia vida.

Los obreros tocaban una trompeta vieja

y los niños leían libros escritos sobre tréboles de agua.

Sí, todo eso ocurre cuando estoy en silencio.

Alguien recoge un corazón de madera

y lo coloca en mi pecho y me pongo a cantar

como si tuviera trescientos años y un minuto de vida.


De Cuaderno de Yorkshire, 2018




Joy. segundo sueño. ¿final? septiembre 2011


Ella corre por el pasillo y no mira.

Ella huye del asesino serial, del poeta serial, huye.

La muchacha sube a la terraza y dice:

ves esa casa, juanjo, allá está el cielo

y allá también estamos muertos.

Yo no veo la casa y estoy muerto, pero

son palabras para elevar una casa y están muertas, pero

sólo dije que ella podía volar ese día sin morir.

Las campanas del amanecer crujen como papel quemado.

Todo el papel quemado no alcanza

para trazar un círculo sobre el amanecer.


De Estereozen, 2012




Un poema de amor siempre se autodestruye


Cuando pienso en ti,

pienso en la milagrosa forma

en que las cosas nacen, se reproducen y mueren.

Es decir pienso en la ciencia,

en la forma rara en que ciertos seres tienen deformidades

que misteriosamente nos gustan.

Es decir pienso en la biología,

en la forma en que un cuerpo se resiste a ser

simplemente una bola de lodo.

Es decir pienso en la física cuántica

y en los raros universos alternos

donde tú eres una taza y yo un robot de copernicio.

La verdad me gusta tu estructura actual,

la forma en que actúa tu metabolismo

sobre el pijama en las mañanas.

Es decir:

pienso en las cosas comunes y magníficas,

aunque ningún lenguaje sea claro y sencillo.

Excepto quizás una de tus neuronas

(su explosión invisible, su brillo suave, tu conciencia,

cuando miras una flor de cerezo).


De Cuaderno de Yorkshire, 2018




Balada para un perdedor absoluto en verso relativo


La madrugada es un niño rodando colina abajo

en mi cabeza que rueda colina abajo & cielo arriba abajo

donde se muele mi rostro de piedra sobre mi rostro de hueso.

De hecho, no sé si pienso esto que pienso: fracasé y soplé

y coloqué mi torso sobre una cancha de sangre

donde se acumulan los órganos del hombre que ya no pude ser,

que no sabría. Sobre el plumaje de un búho en el desierto,

las mujeres que no tuve, las que anhelé en la lluvia,

recorren un hospital psiquiátrico donde disparan

contra el laberinto vertical de mi cabeza rapada a los 16 años.

Esta muerte donde las islas de viento soplan

sobre los carrizos de agua de mi rostro quemado

es un pasaje directo hacia los huesos. Sin gracia, niño gris,

hombre concreto (la versión tangible de otros, esos sí,

triunfadores y etéreos, pero también hueco, vacío,

hambre de fondo, línea de arrastre de un símbolo inundado,

concreto máquina poema hombre poema cicatriz).

Y nuevamente herida. Nadie que me elija me elegirá.

Tengo el doble de años y una niña de niebla me esconde

bajo su mano (soy quien le venda su rostro,

quien la tortura sin que ella lo sepa para así comprenderla).

El cielo esplende como la cópula masiva de un enjambre

de abejorros azules + la velocidad de las células

amarradas sobre mis ojos: hay avisos de curva que no hay.

Hoy 6 de julio de 2012, mi alma es una cabeza rapada,

un desierto de neuronas sobre una isla de caballos

cosidos contra una nube de seda. Mamá, ya olvidé

cómo se escribía mi nombre. La escuelita de mi muerte

se abrasa con demasiados rostros desconocidos,

saludos cordiales, la desesperación de un animal

por convertirse en polvo.


De Anhedonia, 2013