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Fondo del poema

Mario Montalbetti

Número revista:

2

Fondo del poema

 

Nada seduce más al hombre, no el paso meditado de la sombra de un animal, no la vida, no el ojo negro de la muerte, no la muerte, no la tenacidad del deseo, nada seduce más al hombre que un abismo. Ante él, el hombre siente una indecible necesidad de arrojar algo, una envoltura de papel, una moneda, una idea, lo que sea, incluso a sí mismo, con tal de verter algo en su largo vacío. Y esto es lo más curioso: si no encuentra nada que arrojar, hace algo plenamente romántico: escupe. Y luego sigue con la mirada las evoluciones de la mancha blanca de saliva deformándose en el aire durante su caída. Digamos que dura cinco segundos.

 

Hay abismos morales, sexuales, psicológicos. Hay también abismos poéticos, versos que caen de barrancos marrones a playas de arena negra, acompañados de la mirada absorta del poeta que se deleita con las contorsiones de las sílabas abismo abajo.

 

La mancha blanca llega al fondo. La mirada absorta no llega a él, solamente lo intuye y es siempre lo mismo: un esplendor blanco, algo que sobrevive, una tercera cosa, y una inconsolable felicidad.

 


 

Concibo que seamos climas

 

Un hombre gris toma un tranvía en Lisboa,

se baja al final de trayecto, donde hay un río.

 

Nada más. Un hombre, un color desahuciado,

un tranvía en verano, el azar de los rieles

 

desperdigados sobre una ciudad vacía,

y la obstrucción de un cauce al final del camino.

 

El hombre trae consigo un sombrero,

un bigote cuidado y un cigarro encendido.

 

No escribe, no bebe, no piensa el hombre

en las cosas que ve o en los ruidos que oye.

 

El hombre saluda, alzando la mano.

Es a nadie, pero parece movido, borrado;

 

su gesto se pierde en el fondo de flores nativas,

son verdes. Ahí está el río, inmenso, callado;

 

ahí el viento salado y las nubes dispersas.

El hombre se apea y sonríe: final del destino.

 

Ahora lo sabe. Lo ha hecho otras veces.

 



Biografía


Nací hace más de cincuenta años y lejos.


Viví temprano la soledad del río. A este hecho

se refiere mi frase: “que todo sea en otro sitio”.


Decliné una invitación y luego otra,

hasta que se cansaron de invitarme.

Pero viajé y desprecié los viajes.


En los acuarios engañé a los peces; hablé

sin ungüentos y sin deseo, evitando por simetría

la verdad y la mentira. Sugerí, más bien,

desgracias; pero no se cumplieron.


Me burlé del maestro. Ataqué el cine

que comparé con los animales a rayas.


Por doquier percibí una gran rigidez.

Eso me alejó de las urbes.


Me busqué a mí mismo

y me hallé a mí mismo

y me hallé a mí mismo, sonso.


Elogié una sola cosa a cambio de todo

y luego la negué caminando bajo palmeras.


Legué a la inevitable certidumbre de que el devenir

me alcanzaba en olas serias.


Nada es. Tal vez el fuego es. Busqué leyes.