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Los países subterráneos

Damián Salguero Bastidas

Número revista:

10

Narcotoxicopata


Yo que olí pegante mientras 

limpiaba parabrisas en una ciudad enferma y desenfrenada 

con el cielo lleno de cicatrices e hilos quirúrgicos.


Yo que me le paré a un parche de diez hijueputas 

que no saben nada de la vida.


A mí que me rompieron la piel para sembrar el óxido, 

a mí que me rompieron los huesos 

para construir altos edificios de moho.


Yo que vi a mis amigos transformarse en ángeles de bazuco

que escribían poemas desde su condenada vida de proletario mental 

que sueña ser un alto burgués.


Yo que sacrifiqué mi talento para lamer las orillas del sol 

y cortarme con el humo de los carros,

Que vengo de lejos, que voy pa lejos 

que invento un sindicato entero de dinosaurios 

para satisfacer mi hambre de porvenir, 

y acallar los largos años de esta adultez que se me niega.


No tengo nada, así de sencillo, 

solo un talento brillante para escribir en las paredes 

el destino de las palomas. 


Ser una poeta colombiana que se resiste a tener patria 

porque la poesía no tiene patria. 

Porque el hambre no tiene patria, 

porque el sol da cáncer sin importar la patria.


Miro a la gente mientras vendo dulces en un bus, 

o en un semáforo y nadie existe. Nada existe. 

Destrúyelo todo. 

Este mundo es una caricatura del hombre. 

La sombra del sol es costosa 

y no está hecha para el hombre que trabaja para el hombre.


Yo que metí bazuco con mis amigos para desdentarnos. 

Me enloquecí pensando en algún viejo hotel de paredes carcomidas.

Paredes manchadas de pegante, 

de semen de algún viejo desconocido. 


Me pregunto si alguien llegará mañana a curarme las heridas. 

Pero solo llegan de nuevo mis ansias barrocas de masturbarme en solitario 

en algún baño público imaginando ser otra en otra piel 

mientras cada ladrillo que se rompe soy yo masturbándome en un baño.


Yo que nací en una época en la que pensar es un acto criminal. 

En la que las dictaduras son discretas y encantadoras. 


Demasiado política. Muy circunstancial, 

pero cada pájaro de algún poema de poeta 

a la larga no es más que una cadena 

que se alarga en los lugares comunes 

de todos esos poetas de tinta y suaves pieles 

que desconocen la mirada del sol. 


Díganme que lo mejor es imaginar la salida de la caverna, 

porque salir al sol da cáncer.


Ardo de ganas de decir: yo que viví mi época, 

me quedé sin dientes por perseguir una letra. 


Sabes, 

dime que nadie leerá mis largos poemas 

porque esta época es de cosas fugaces, 

y olvidas que el tiempo 

es un sicario que no perdona. 


Tengo ganas de decir yo que caminé las ciudades y yo miro a lo lejos los cerros... 

Puedo decir, puedo callar, puedo crear imágenes que crecen entre los tréboles 

y luego les arranco los ojos para que no vean la procesión 

de un grupo de hombres sin patria. 


Qué más da. Qué importan los poetas, o los lectores, 

o los caminos que trazo con este canto semiótico, 

todo da igual porque

mientras lees este poema ha muerto mucha gente de manera injusta, 

mientras lees este poema los poderosos se han hecho más poderosos, 

mientras lees este poema un niño muere de hambre soñando 

ser un ángel sin huesos retorciéndose en la risa de dios, 

mientras lees este poema la guerra ha arrasado la tierra, 

mientras lees este poema un niño que ríe 

deja de reír porque descubrió la vida,

mientras lees este poema una mujer está siendo 

violada infinitas veces y su grito es silenciado por el cielo mismo, 

mientras lees este poema un hombre se alegra de la muerte de otro hombre. 


Si ves, poeta, si ven, lectores, solo queda el deseo, 

dejar la metafísica para adentrarse en las calles... 

Yo que lo probé todo, 

incluso sonreírle a la miseria 

me he quedado con las manos vacías





Las Salvajes Procesiones


(Madres con los pies heridos caminan los Andes)


Ya soy un joven que promete. La belleza colombiana estaba dentro de mí, era mi locura

Fernando González


Soñé con tu cuerpo iluminado

las hormigas te cargaban 

te metían en un socavón

y adiós, ni un beso de despedida.

Miguel Tejada Sánchez.


(la palabra) se formará como cosa verdadera.

Hipólito Candre.


Yo no sé lo que busco, pero es algo 

que perdí no sé cuándo y que no encuentro

aun cuando que invisible habita 

en todo cuanto toco y cuando veo.

Rosalía de Castro. 

 


1

Con los ojos desorbitados 

miraste el fragmento de noche que depositaste en mis uñas, 

y cargaste la historia nacional 

de un grupo de pequeños países móviles.


No hay metáfora para que me crezcan alas 

o para que crezcan las amapolas bajo el granizo.


Quieres ser silencio, solo eso, 

un silencio transformado en adjetivo de algún espacio 

en el que alzamos la mirada 

y vemos las formas en los Andes caucanos 

bajo el riguroso verano 

vemos los helicópteros 

y los niños que miran los helicópteros 

y desconocen el beso presente en la pólvora, 

siempre presente el pálpito 

de madres caminando trocha arriba con velas en sus manos, 

buscan el rastro de sus padres en la desaparición de sus hijos, 

y madres en procesión cantando el color de sus hijos.

Madres preguntan a los Andes caucanos 

que significa el Cauca 

y el Cauca siendo volcán apagado responde 

que es una madre más que mira los helicópteros 

y piensa en sus hijos

las madres lloran a sus hijos, al fuego del recuerdo

las madres besan los ríos 

y construyen altares preguntando por sus padres, 

ellas transforman sus voces de lámparas en voz del silencio, 

pero la ciudad nunca calla y sigue su ritmo de disparo.


Largas hileras de personas caminan por los barrancos 

y dejan que la lluvia devore las flores de este amplio valle.


Azucenas sintácticas miran a madres preguntar al río 

el sabor de los muertos 

y azucenas se compadecen de las fuertes mujeres 

que navegan la historia de esta nación sin territorio.


Largas caravanas que han perdido su cuerpo 

siguen el bestial sonido de las luciérnagas y los barranqueros, 

nadie llega a ninguna esquina, 

este mundo en forma de baile no conoce 

las geometrías naturales ni la esperanza.


En los patios rurales cuelgan ropas raídas y sucias, 

cuelgan niños con los pies al aire 

desean que sus pies se alarguen y sean raíz y selva, 


el mundo es ese difuso concepto 

en el que nos desvelamos en la búsqueda de no ser, 

sino de germinar infinitos, 

ser sangre y hierro en tierra 

y abandonar las distancias que habitan 

en las grandes ciudades donde el tiempo 

es un sicario con cara de niño triste.


2

Dos o tres niños con los pulmones cargados de vicio se preguntan; 

¿qué hay más allá de las montañas? 

La ciudad para callarlos abres sus manos chamuscadas 

y les brinda la sombra del bazuco.


Desmayados de ausencias 

niños de ladrillo acarician las largas procesiones andinas. 


Ellos quisieran madres dulces de mango 

que cubran sus huesos con carnes de amor, 

que abracen sus pechos 

y retengan un poco el calor arrebatado en un tiempo sin piel.


Los niños no pueden formar una imagen exacta del mundo, 

no puede imaginarse a ellos mismos naciendo en un mundo feliz, 

no imaginan un mundo donde comen pastel en una fiesta, 

nacer sin madre, 

nacer sin patria, 

nacer con la violencia insertada en las manos 

y con cuchillos de asfaltos rasgar la piel de las calles colombianas. 

Procesión dispersa de adultos niños con la ropa sucia 

y sin el don de las lenguas 

con el don de la noche asesinada, 

con un amanecer que nunca termina en día, 

sino que desemboca en hambre.


3

Ahora es fácil decir que no existes, 

que tus manos ya no acarician 

la lumínica piel de mi presente.


Fácil decir que duele la distancia entre muerte y muerte 

cuando ya no hay memoria 

y queda una irremediable

 lengua desgastada sobre nuestras tumbas.


Sé que no tienes cuerpo, 

que bajaste a la sombra tierra 

y saboreaste por última vez el sol 

al recordar una jauría de madres tristes 


que cargan un cáliz fabricado con lagunas 

y lo levantan a estos áridos cielos amorosos.


Ya no habitas la sangre de mi presente, 

ni habitas las calles de las ciudades colombianas, 


abrazas el fracaso de caer hacia las raíces 

de un pueblo homicida 

que carece de manos para sembrar la historia 

y ver retoñar la sincera historia de un país de musgo.


Inútil me sentí cuando 

tu nombre eran todos los nombres de las listas.


Y te llamabas Juan cuando perdiste el horizonte.

Y te llamabas Eduardo cuando te quitaron la cabeza 

y la reemplazaron por raíces.

Y te llamabas Alberto cuando te despediste de tus hijos 

sin saber que nunca los verás naciendo de nuevo en las esquinas del amanecer.

Y te llamabas Antonio cuando escuchaste que tus manos 

nunca tocarían de nuevo la piel ligera de tu amor colombiano.

Y te llamabas Jorge cuando pudiste arrepentirte de ser un criminal 

más en medio de los sicarios.

Y te llamabas Raúl cuando extrañaste mis besos en las esquinas adolescentes.

Y te llamabas Carlos cuando, al morir de vida, recordaste a tu madre vieja 

llorando tu ausencia.

Y te llamabas Cauca, cuando al morir de plomo, al vivir de amor 

destilando sangre, sonreíste el disparo y gritaste con la garganta hecha tierra:


Cansada estoy de este perfecto castellano que bien sabe disfrazar las masacres, cansada de mi tradición de olvidar la semilla y llorar la hoja que inevitable muere en la risa de agosto, y este, mi perfecto castellano, entierra la sangre y da nacimiento a una historia sin muertos, pero todos mis muertos alegres bajo los guayacanes bailan.


y Cauca, bajo las fosas canta, ríe furiosa, esperando de nuevo un sol histórico que bese a los muertos para que nazcan en las floridas praderas.






Damián Salguero Bastidas (Pereira, Colombia, 1990).

Escritor y artista escénico circense. Co-fundador del grupo literario La Silla Renca. Licenciado en Lengua Castellana y Literatura por la Universidad del Cauca. Ha publicado en diversas antologías locales y nacionales. Actualmente vive en Popayán (Colombia).