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Poemas inéditos

Carlos Vallejo

Número revista:

9

Y así nos encontramos:

yo salía

de un tarro de basura,

te acercaste

a verme nacer.





Es una lástima podrida que no tengas

una pistola de verdad. Una lástima que solo

la tengas en Literatura, Don Palabritas.

¿A quién vas a matar? ¿A una hoja de tu cuaderno?

¿A tus besos mecanografiados en soledad?


¡Dispárame, muchacho, con tu plumaza!

moriré metafóricamente; es más, diré

que se ha muerto toda nuestra literatura

de un solo tiro.





Playas de nuestras almas, acantilados, elipses de gaviota,

¿dónde, en qué ancla pusimos el Beso?

Yo era un molusco en tu ventana y tú tenías

la edad de los duraznos en la piel.

Azorados nos escuchamos entre cristales

de chupetes y cerveza, y lo demás, y lo mucho,

y tanto, y poco, se lo llevaron las estrellas.

Ya ves, un beso no es nada, dije, simulando,

mientras el planeta se incendiaba

alrededor de nuestros pies adolescentes.

¡Ya ves, nuestro horizonte se quema!,

me respondiste, sonriendo

y corrí tras de ti como en esas películas

en que dos imbéciles se lanzan por el acantilado

y mueren amarrados de la boca mientras

salen las letras chiquitas (“the end”)

y tu nombre y el mío suben por la pantalla negra

mientras nuestras almas terminan

una bolsa de canguil, y se van volando.





Aire que ama, aprender la libertad del aire,

aire de nadie y todos, aireovejuna, flamante

viejo aire nacido de las geometrías del verdor,

acaso espacio, acaso un latir la luz en peso.


En nosotros posa, sueño de ángel anónimo,

en su intemperie de bronquios y números ciegos:

sumando seres nuevos a su química de paraísos,

a pesar de los humanos venenos. Va, sin sombra, presidido

solamente de su perfil de hoja incolora,

hacia el remoto lecho de las narices.


Va y viene, trayendo mapas de un mundo claro,

imperceptible tesoro pulmonar, festín de la fisiología,

vida erguida en pulsos que florecen en inexplicables

dobles mitades: sístole a diástole

a sístoles de músculo vertido en un solo milagro.


No importa si por invisible no lo sienten: ¡está!,

¡está de vida ceñido! 

Su encargo perfectísimo, a todas horas dispuesto,

fiel a su cosecha que es semilla, amor sin centro,

dios molecular: disperso, aire apenas, como el que respiro

y me doy, sin saberlo, en este segundo en que me siento vivo.





A pesar de que es breve el plural sobre esta Tierra,

no nos damos, no nos hemos dado:

hay una parcela de hambre en ese niño

que se envuelve en su camisa. Hay

un Aquello que esperamos

pero ignora nuestra puerta, algo de ángel mutilado

persiste dentro de nuestra propia mirada.


Lejos, lejos, lanzamos nuestra piedra de esputo y espumarajo

con la vista y todo cerca, muy cerca al Otro,

al hermano escorpión,

al ave y a la madre y al padre del ciempiés.


Ya, ya nos treparemos a la luna entre tantos,

mas este clavo aún no saldrá de su cruz;

pluralmente mancos: negro, blanco, negro, blanco:

reglas y yerros para los libres, reglas de un

gris punzante en medio de tanta palidez:

un rato abrazados y después ¡piedra y cuchillos!,

¡polvo, solo polvo en los caminos!



* Textos inéditos




Carlos Vallejo (Quito, Ecuador, 1973).

Ha publicado los poemarios: En mi cuerpo no soy libre (2001), Fragmento de mar (2003), La orilla transparente (2007) y Ritual de moscas (2017). En Narrativa: Relatos del mal soñar (2004). Coautor del cuaderno de fotografía y poesía: Matrioshka (2001). Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinoza Pólit, 2007. Premio Nacional de Literatura Cesar Dávila, Ministerio de Cultura, 2009. Premio Fondos concursables, Ministerio de Cultura, por el libro Ritual de moscas, 2017. Premio de fotografía revista Vanguardia, 2007. Mención de honor en las Bienales de cuento ecuatoriano Pablo Palacio 2001 y 2003.