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Selección de poemas

Balam Rodrigo

Número revista:

9

Los ceiberos trashumantes

(fragmentos)



4. (INTERMEDIO MIGRANTE)


El río Suchiate es una larga cuchilla que corta pueblos,

ciudades, sueños de retorno. Quien cruza hacia el otro lado,

cruza hacia el silencio, sin regreso: sólo nos queda

la inmensa voluntad de roer los gajos de luz

que destila el horizonte, no la esperanza.


Nuestro único viaje seguro es al pasado, a la memoria

que terca nos arranca y arrebata la estación del futuro.


Lo que tus ojos no han podido herrumbrar

lo harán las llamas del desierto en el norte.


He aquí el verdadero american way of life:

nuestros párpados como un par de cuchillos

atizando el fuego inextinguible del olvido.





5.


El hombre ha cruzado el río y desaparece

bajo el puente. Ahora nosotros tenemos que cruzar.


No hemos sacado registro ni pase local.


No tenemos visa, ni pasaporte.

En Guatemala no nos piden FM14.


Para nosotros no existe la frontera:

somos como el viento, como las nubes, como el humo.


Vamos de un lugar a otro, de un país a otro,

sin que nada nos detenga. Estamos hechos

de la misma sustancia del aire y nadie puede colocar

murallas o alambre de púas sobre el aire.


Nuestra casa está en el aire: no caminamos, flotamos,

danzamos de puntillas en el aire. Somos como la música,

como el polen, como estas palabras.





8.


Por la tarde, casi con el crepúsculo, regresamos a la frontera.


En el camino de regreso vemos la danza de los trashumantes,

la danza de nuestros hermanos que viajan hacia el norte.


Ellos quieren llegar al menos a México, a mi país.


¿He dicho, mi país?


¿Tengo acaso país, me envuelven las ropas de alguna patria

o es capaz de sujetarme alguna frontera con sus límites?


¿Acaso me pertenece alguna tierra para que diga:

esta heredad es la mía?


Ni siquiera me pertenecen las palabras.


Siempre escapan en voz por mi garganta o se derraman

en mi cabeza, evaporándose como la oscuridad con el alba.



* Tomado de Marabunta (2017)





16°07’12.1” N  93°48’11.7” W – (Tonalá, Chiapas)


Tengo 11 años, ahora y para siempre.


Nací en el Barrio FendeSal de Soyapango,

cerca de San Salvador, pero a mí nadie,

nunca, me salvó.


Mi padre fue asesinado por pandilleros

de la Mara Salvatrucha,

le quitaron una soda y una cora; no tenía más,

ganaba tres dólares al día en el vertedero.


Yo le ayudaba jalando el carro

y a veces encontrábamos comida

en las bolsas de desechos que llegaban de Metrocentro

y regresábamos contentos a la casa.


Huí de Soyapango con Pablo, de quince años,

mi amigo de la calle.


Quería ser futbolista como yo y jugar

en la Selecta, iríamos a la MLS a probar suerte,

por eso intentamos llegar a Estados Unidos,

donde hay más dólares que pandillas.


En un local de tortas mexicanas,

en Coatepeque, Guatemala, miré en la tele

un bárbaro documental sobre el Mágico González:

jugando para el mejor Cádiz de la historia

le metió dos goles al Barcelona

el año en que nació mi padre: 1984;

lloré de la emoción.


Dos días hasta llegar a la frontera con México;

atravesamos el río y subimos al tren La Bestia

adelante de Tecún, en Ciudad Hidalgo.


Antes de Arriaga me quedé dormido

y todavía sigo cayendo.


Llevaré para siempre, como el Mágico,

un 11 tatuado en la espalda;

quizá por el número de bolsas en que guardaron,

todo partido, mi cuerpo;

tal vez porque traía puesta la camisa de la Selecta

con la misma cifra o porque la muerte lleva

el 11 infinito de las vías del tren grabado en el vientre.


Antes de caer, Pablo me contó este sueño:


Veía yo a Roque Dalton levantarse de entre los vivos

y venir de nuevo al mundo de los muertos.

A su diestra, el Mágico González driblaba a la muerte

y le hacía la “culebrita macheteada”

pateando cabezas decapitadas de pandilleros cuscatlecos,

haciéndole tremendo caño entre las piernas.

El estadio Flor Blanca estaba lleno, había un velorio inmenso

donde la muchedumbre velaba a todos los migrantes muertos.


Sé que Dios juega futbol allá en el cielo.

Pero aún no quiero estar en su equipo.


Me quedaré esperando en la banca

hasta que me llamen, sonriendo,

mi amigo Pablo y el Mágico González

para jugar con ellos.





14°40’35.5”N 92°08’50.4”W - (SUCHIATE, CHIAPAS)


Este es el origen de la reciente historia de un lugar llamado México.


Aquí migraremos, estableceremos la muerte antigua

y la muerte nueva, el origen del horror,

el origen del holocausto, el origen de todo lo

acontecido a los pueblos de Centroamérica,

naciones de la gente que migra.


Vine a este lugar porque me dijeron que acá murió mi padre

en su camino hacia Estados Unidos,

sin llegar a ver los dólares ni los granos de arena en el desierto.


Bajé de los Cuchumatanes, desde los bosques

de azules hojas de la nación Quiché,

desde la casa en donde habitan la niebla y los quetzales

hasta llegar, cerca de Ayutla, a la orilla del río Suchiate.


Abandoné el olor a cuerpos quemados de mi aldea,

la peste militar con sus ladridos de “tierra arrasada”

mordiendo hueso y calcañar con metrallas y napalm,

su huracán de violaciones y navajas

que aniquilaba a los hombres de maíz con perros amaestrados

por un gobierno que alumbra el camino de sus genocidas

con antorchas de sangre y leyes de mierda.


Hui del penetrante olor a odio y podredumbre;

caminé descalzo hasta el otro lado del inframundo

para curarme los huesos y el hambre.


Nunca llegué.


Dos machetazos me dieron en el cuerpo

para quitarme la plata y las mazorcas del morral:

el primero derramó mis últimas palabras en quiché;

el segundo me dejó completamente seco,

porque a mi corazón lo habían quemado los kaibiles

junto a los cuerpos de mi familia.


Dicen algunos que en la ribera de este río

se aparece un fantasma, pero yo sé que soy,

que he sido y seré, el unigénito de los muertos,

guardián de mi propia sombra, negro relámpago de mi pueblo,

bulto ahogado en esta poza en donde inicia Xibalbá.


Dos fichas de cerveza Gallo pusieron en mis ojos:


todos los días veo cruzar por estas aguas a los barqueros de la muerte,

a los comerciantes del dolor que llevan en sus canoas de tablas

y cámaras de llanta las almas de los migrantes

enfiladas puntualmente hacia el tzompantli llamado México.


Dicen polleros y coyotes que ven mi fantasma en la ribera,

por eso se santiguan y rezan al cruzar las aguas rotas

de este espejo seco en el que escriben su nombre

con el filo estéril de las hachas votivas.


Todos los días veo pasar a las hileras de muertos,

a los que migran sin llegar a Estados Unidos:


parvadas de cuerpos en pena, tristes figuras humanas,

barro entre los insomnes dedos de Dios.


Yo, primogénito de los migrantes muertos,

los recibo con un racimo de filosos machetes

en lugar de brazos, iluminado por la cara oculta

de esta luna leprosa:


bienvenidos al cementerio más grande de Centroamérica,

fosa común donde se pudre el cadáver del mundo.


Bienvenidos al abierto culo del infierno.



* Tomados de Libro centroamericano de los muertos (2018)





Balam Rodrigo (Valle de Comaltitlán, Chiapas, México, 1974).

Es exfutbolista, biólogo y escritor. Entre su obra reciente cabe mencionar el Libro centroamericano de los muertos (FCE, 2018), icarías (Ícaro Ediciones, 2020), Marabunta (Ala Ediciones, 2021) y Braille para sordos (Secretaría de Cultura y Turismo del Estado de México, 2021). Ha obtenido, entre otros, el premio del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2012, el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2014 y el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2018.