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Sharapova (fragmento)

Paúl Puma

Número revista:

8

M:


La vida es alienación absurda sin ti. Una hondonada interestelar de parásitos obnubilados por la esquina de la pulpa de tu mirada. Una pésima suerte de melaza de hurones decapitándose entre sí para tomarse una instantánea en el papel del fango. Un conjunto de periscopios que se destrozan en la propia mescolanza equiparable al sueño vencido por la bestia de un niño que arrasa con sus células cerebrales cuando inhala con severísima hambre trastornada pegamento de zapatos de heliogábalos pestíferos (inhala-exhala, inhala-exhala, todo, menos poesía). Sí, yo sé que no soy yo, pero soy quien no soy.


/Alfred-hito Jarry 2017 o Combustible poli-valente de una intro-articulada Nada. /


¡No! Solo una papaya incendiada de sangre que se muerde el brazo y camina y sonríe en el metal de su leve resplandor aciago (forma humana) cuando cumple su rol en el escenario de la página saturada de música desnuda de sonido.


/El Dr. Faustroll tras su inconmensurable y póstumo tratado de la Patafísica. /


¡No! Acaso, pezuña-mente, el Abismo con un casco de mierda parroquial, ecuatoriana, que se transporta, como si se creyese un argonauta, a un agujero de aceite en el que seminales anémonas inauguran un vuelco de azur como un diamante pirotécnico de palabras. Allende, el destrozo se auto celebra, procaz, entre sus propios riñones parado. Se aturde la propia corteza libidinal (he ahí que aparece/desaparece SHARAPOVA) para permitir que los ángeles de su desconsolación se herrumbren envueltos en su patética osadía ante el vacío de una luz descompuesta por las descomunales trompetas del silencio atroz.


/Manuel Ionesco a la décima potencia. Samuel Beckett inoculado por Juan Pérez. Mishima embadurnado de lubricante de Mishima. Antonin Artaud de los Pericos de los Palotes. /


Punto de fuga. Liviandad fosfórica de la escritura ilusa que se engendra bajo un dedo artificial y una vagina digitalizada (¿SHARAPOVA?) en el hollín de una cuasi choza del inframundo. Todo lo que quiero gritar y no puedo. Todo lo que quiero construir y no construyo. Los nudillos de tus dedos. La cartografía de los cartílagos de tus tobillos. Tu figura que no es. Tan solo una entelequia mordida en la sien. La efervescencia de la costilla de la noche que ilumina las hilachas de mis sueños para ser, para s/cer-ce-nar-se en Nada. Porque tampoco puedo dormir. ¿Lo oyes? Peor escribir. ¡Lo oyes! Otros aplastan esas teclas fluorescentes y me susurran sus fornicadas risas animadas y lerdas. No hay mejor escenario que ese (María SHARAPOVA), el muelle del paladar que se retuerce sobre las metáforas y las imágenes nunca dadas.


M:


La vida es alienación absurda sin ti.

La vida es alienación absurda sin ti.

La vida es alienación absurda sin ti.

La vida es alienación absurda sin ti.


M:


Algodones recubren mis ojos debajo de mis ojos que sostienen a esos ojos de sus ojos. No te das cuenta de que me estoy muriendo. El ciego pabellón de un ante-algo-sin-mí se abraza contra mi ante-río-sin-mí. Balo al interior de mis cavernas un perfume de melocotones masticados hasta el cansancio por una comunidad de tarahumaras. Nadie me ha reconocido, menos tú. Nadie sabe que estoy aquí, refugiado en el umbral de las legañas que suceden al amargor. De joven creía que podía viajar hacia el futuro con las partículas de mis gritos. Hoy no sé:


Una sensación de quemadura ácida en los miembros, músculos retorcidos e incendiados, el sentimiento de ser un vidrio frágil, un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido. Un inconsciente desarreglo al andar, en los gestos, gesto simple, una fatiga sorprendente y central, una suerte de fatiga aspirante. Los movimientos a rehacer, una suerte de fatiga mortal, de fatiga espiritual en la más simple tensión muscular, el gesto de tomar, de prenderse inconscientemente a cualquier cosa [SHARAPOVA], sostenida por una voluntad aplicada. Una fatiga de estar cargando el cuerpo, un sentimiento de increíble fragilidad, que se transforma en rompiente dolor.


Y más allá del paisaje anfibio de un durazno devorado estás tú (SHARAPOVA). Piénsalo así:


M:


Hurgo bajo esta costra de hueso y piel, que es mi cabeza, hay una constancia de angustias, no como un punto moral, como los razonamientos de una naturaleza imbécilmente puntillosa, o habitada por un germen de inquietudes dirigidas a su altura, sino como una decantación en el interior, como la desposesión de mi sustancia vital, como la pérdida física y esencial de un sentido.


M:


¿CUÁNTO PUEDE DESDOBLARSE UNO? ¿CUÁNTO PUEDE DESDOBLARSE UNO? ¿CUÁNTO PUEDE DESDOBLARSE UNO? Los goznes de una metalurgia contaminada por fetos lingüísticos no nacidos se activan cuando el grito empieza a recobrar saliva. Entonces el animal innombrable deja entrever sus colmillos latientes frente a la peste comunal y cosmo-agónica de la poesía desértica de sí misma. Cuántas veces el nervio se contagia de rabia y se crispa como yegua impregnada de asco dispuesta a encenderse en honor a la imposibilidad de que la tara le permita pre-contra-sentir. Entonces, la ilusión se desmaya frente a la navaja que usó para cortar de un solo tajo su yugular y sus letras-palabrerías (INSISTO EN LA YEGUA, EN EL NERVIO Y EN LA RABIA) son vergajos insanos dispuestos a picar a las avispas de la sed de gloria o caos hasta cicatrizarlas en el espacio invisible. Sí. Sus alas descompuestas aún se estremecen en el polvillo de oro de algo semejante a la vida. Este discurso está descompuesto, el autor ha muerto, el lenguaje ha muerto, viva El ombligo de los limbos, El pesanervio de la razón y de la lógica.


M:


La vida es:

Una lamida sórdida de plásticos incandescentes.

Una cucharita ahogada en el pegamento para calzado de heliogábalos pestíferos que rebuznan la gratuidad de una vida peripatética, las estrellas, la poesía hecha realidad.

El aliento de una boca cortada de su voz que viene y va.

Un libro que reposa sin saberlo bajo las poleas de los eructos de los planetas de la sangre alucinada.


M:


L…


LIMBO

¿Es posible hallar el sentido?

¿Es posible fraguar la razón?

¿Es posible dominar al sentimiento?

(Intento articulatorio del posible libro imposible: úsese la lupa para iluminar la curiosidad de lo que viene a continuación, olvídese por un momento lo anterior y lo postrero)


María:


La vida es alienación absurda sin ti, sin esa forma cara que tienes de recoger tu minifalda acampanada y guardar la pequeña pelota verde Wilson entre la tela exterior que recubre tus torneadas piernas y tu licra blanca, la preferida, la que has usado, como tu única cábala, para derrotar, en más de seiscientas ocasiones, a un grupo interminable de tenistas advenedizas y consagradas sobre arcilla o césped o madera.


María:


La vida es un ramillete obsoleto de lenguajes anodinos y quebrantados sin ti, sin esa manera inconsciente que tienes de emular, de lejos, el gesto tan a Amy Winehouse –quién diría que te gusta tanto su música: qué lástima que se fue tan pronto– cuando se agachaba en medio del funk para tomar su copa de whiskey y acariciar su cabello rastafary estrafalario. En tu caso te arrepentiste de un saque y dejaste que la pelota botee dos veces para luego volver a la meditación del cálculo del golpe que daría tu raqueta. Luego aquietaste tu faldita rosada con una delicadeza digna de una niña inocente y sumamente exquisita (en todos los sentidos).


María:


A una mujer preciosa no se la puede juzgar por las apariencias. El cristal con el que miro es más fino que mi ojo. Déjame ver cómo suda tu piel de muñeca estresada y bella, déjame palpar un corpúsculo de su luz, mientras comprimes el puño de tu mano izquierda y recoges con fuerza los dedos de tu mano derecha contra la raqueta que te regaló tu papá cuando venciste a Serena Williams a los 17 (no importa que esa pantera horripilante ya te haya vencido 18 veces). Hoy tu rival no te llega ni a los pies. A pesar de ser una esbelta norteamericana (Coco Vandeweghe, por ejemplo) nunca igualará tu garbo ni el espléndido saque que tienes. Qué monumental espectáculo es observar tus espaldas en posición de defensa: grosellas con sal expandidas hacia delante y absolutamente sensuales, dibujándote hacia abajo, ese cuerpo (tan bien argumentado como un monumental ensayo filosófico literario: pienso en Diderot y en su destreza al escribir sus cartas: pienso en Victor Hugo y en toda su obra para leerse en más de 20 años), esa contextura elegante hasta las orillas de las nalgas que se pueden adivinar tras la tela o hasta los músculos posteriores de tus piernas únicas cuando te inclinas para esperar la arremetida.


María:


Todo el público cierra los labios (como si guardase un universo inmóvil de saliva dentro), en ese precioso escenario del Australian Open que se ha resguardado, con un bien provisto techo mecánico y una calefacción posmoderna, de la lluvia y la humedad de esa ciudad a la que te gusta ir porque sirven un café de almendras maravilloso: así como te gusta: “pasado y sorprendente”. Todo el público calla cuando tú sonríes y te tocas la oreja con ese tic que te hace única o cuando simplemente cierras los párpados en cámara lenta luego de fracasar en ese revés a dos manos que antecede a tu grito aaaaaaarrrrhhhuuuhh cuando sabes que pudiste haber estado mejor, más elástica, más fina (como cuando eras esa niña perfeccionista que se pasaba las noches frente a la pared del patio de su casa en el permanente y exagerado desportillamiento de la pintura de la pared). La experiencia del pasado no ha caído en el olvido, al contrario, es un aliciente para tu futuro incierto.


María:


Las zapatillas Sharapova fucsia ligeramente rosáceas combinan con el zurcido de las mangas de tu T shirt realizado en bordes de plata y la Tierra, obnubilada por su propia inercia, da vueltas estremecedoras en el imperceptible  pensamiento de la galaxia, cuando pisas con esa respiración de una perfecta adolescente (de 31 años) concentradísima en la fuerza del encordado (ese grado de tensión que acumulan las cuerdas de la raqueta) y en la muñeca de tu mano derecha que asestará ese fuerte, espeluznante y sexy porrazo que sostenga tu juego y te provea de una decena de aces imposibles de inventar para todas, menos para ti.


María:


Nadie sabe qué historia conlleva esa medallita de Santiago de Compostella que llevas en la melancolía de tu cuello. Todo le diste a ese hombre. Todo. Un mes de sexo brutal en Finlandia entre la ciega nieve y la arena lustrosa del mar. Un Porsche deportivo azul eléctrico y un Rolex con brillantes incrustados. Un corazón párvulo y rubio aniquilado por la traición. No sabías que Cristiano Ronaldo era así: “mucho ruido y pocas nueces”. Una abreviatura: “CR7”. Muchas fiestas. Muchos flashes. Muchas gafas oscuras para ocultar los microbios de la jactancia. Muchos goles para el Real Madrid. Pero de amor nada de nada. Mejor le hubieses aceptado esa propuesta a ese griego pobre que quería entregarte el Partenón y sus estrellas y la poesía de Homero y el sueño del sueño de sus musas indescriptibles.


María:


No te mofes así de este, tu seguidor más acérrimo. No te rías disimuladamente, como quien no quiere reírse (y esgrime una micro facción que sólo yo conozco: la ceja izquierda ligeramente turbia, acompañada así, por el hombro derecho levantado) frente a esa tonta pregunta que te hace el entrevistador luego de que has fulminado a tu competidora. Me reiré de ti, también, cuando toque tu rostro en mi pantalla digital.



* Fragmento del libro de poesía SHARAPOVA (Premio Nacional Gobierno de la Provincia de Pichincha, 2017)



Paúl Puma (Quito, Ecuador, 1972)

Escritor y crítico literario ecuatoriano. Doctor PhD. en Filosofía y Letras por la Universidad de Alicante. Catedrático universitario. Ex miembro del Comité de Lectura de Editorial Alfaguara (2005). Publicó en poesía: La teoría del absurdo (V.A., Premio FACSO, UCE, 1994), Los Versos Animales (1995), Eloy Alfaro Híper Star (2001), Felipe Guamán Poma de Ayala (Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit de Poesía, Editorial Planeta, 2002), Pi (Gulf Coast, A Journal of Literatura and Fine Arts, USA, 2010-2018), Paúl Puma: Antología Personal (2011), Mischa (2012), Filamentum (Mención de honor Juegos Florales, Ambato, 2013), B2 (Editorial Cascahuesos, Premio Universidad Central del Ecuador, 2016), Sharapova (Premio Gobierno de la Provincia de Pichincha, 2017), La célula invisible junto a Ernesto Carrión (Cascahuesos, 2018) y Popeye (Crear en Salamanca, 2020). En teatro: El Pato Donald tiene Sida o cómo elegir los instrumentos de la desesperación (Beca Montefiridolfi, Florencia, 1996), El príncipe infeliz (2005), Mickey Mouse a gogo (Premio Joaquín Gallegos Lara, 2017) y El tesoro de los Llanganatis (2017). En cuento: La mancha mongólica (SurNumérica, 2019). En novela: Un leve resplandor llamado Claus (Edinun, 2019). En crítica literaria publicó: Exponentes del Teatro Ecuatoriano Contemporáneo (2013), Breve acercamiento a la ensayística de Miguel Donoso Pareja (2013), Literaturas del Ecuador (co-edición Pumaeditores, Ianua Editora de Toledo España, 2017) y El Teatro del Absurdo en Ecuador (Universidad Andina Simón Bolívar, 2018). En Filosofía: La voz reivindicativa de Gamaliel Churata y José María Memet desde la filosofía andina (Revista Cátedra, 2020).