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'Vanidad, cardo y corona. Poema barroco'.

Francisco Layna Ranz

Número revista:

6

Yo hablaré de mí cuando haya muerto

Samuel Beckett


No es verdad:

la palabra escrita decide,

sobre todo cuando al arrojarla

los círculos concéntricos

quedan grabados en la piedra.

Babel es una ciudad no acabada.

En Cíbola millones de bisontes

sueñan el exterminio,

levantan la cabeza

y respiran inmensos.

En el oasis de Zerzura

un prófugo muere

reventado de agua.

No es verdad

por estas tres razones.

Me descalzo,

bebo café

y escucho

la paciencia

en el cielo.



Es momento de cambiar de tema, abandonar de una vez el lomo del potro.

Es comprensible que Mary Ruefle diga que los dioses nos ven como perros en apareo.

Fue Cicerón, en De inventione I, el primero en utilizar el término “sexo”.

También dijo que aquí yacen muchos e ilustres restos y que el espíritu se refresca con la risa.

Aconsejan los médicos que esa sea la actitud para evitar que amargue.



Por muy buena razón que aduzca, mi edad es intermitente y avisa.

A veces el suceso excede la naturaleza. Ayer, por ejemplo, la lluvia únicamente cayó sobre los que llegaban tarde.

En esas condiciones cualquier mapa se reduce a una habitación, a un olor que insiste y avisa con la luz del martes y la hora del desayuno.



La mermelada de ciruela es antigua. Yo la comía porque la hepatitis me tuvo siete meses en cama. Recuerdo la almohada. Buscaba la parte fría de la sábana.



Un amigo llama y pide que escriba sobre el amor propio y la vanidad.

Pienso en la gramática de la acción.

O en la egología de nuestra actual fatiga.



Esta es la escena inicial: el capitán recibe un footsie de una mujer llamada Cruz. Canturrea una taranta, gustándose.

En ese mismo sitio, a 40 metros de profundidad, hay una balsa. Se dice que el agua es milagrosa, rica en nutrientes. La causa, casi seguro, es que el acuífero atraviesa un cementerio vecino.



Es palabra común en el tratado para el príncipe, donde castigo y consejo es lo mismo. Me refiero a “cautela”.

Se trata de la antigüedad que dibuja a Febo con lira y arco.

Su ley previene contra los peligros del sol, especialmente en días caniculares.

Abatimiento digno, sangre de Pitón, hija nacida del barro.

Desde entonces es sabido que a 400 metros de altura el origen de las especies es

asunto de pigmentos.

¿Sucede igual en su contrario, en el décimo octavo suelo?

Monte y profundidad declaran en su favor la condición terrenal.



Siglos después un experto en materiales abogará por la prohibición de descubrir el rostro. La caída, de ese modo, tan solo es un ruido.



Tuve una novia que vivía en el este y mostraba las clavículas a quien fuera testigo de la gala y la oración. Pero ahora los dos estamos muertos, por eso hablamos de poesía. También es este un buen ejemplo.



¿Por qué cardo? Porque su raíz macerada en vino sirve para las dolencias del hígado.

Y porque el burro se desvía del camino y come del espinoso y pungente suelo.



¿Por qué corona? Los primeros reyes de Escocia emplearon el cardo como símbolo personal.



Todo hombre busca lo que le está a cuento: egoísmo en los tiempos malos.



Sin embargo, por más que busque jamás me encuentro en el mapa.

Tampoco me reconozco en un pronombre común a todos los seres que hablan.



Este es el lema: una ola nace de otras. Este es el comentario: en el apacible espejo las especies se mezclan y confunden.  Y este es el accidente: los círculos concéntricos quedan grabados en la piedra.



Mayo Fervença es una mujer que protege piedras. Antitóxico del espejo. El pronombre no significa y ahora yo, siete y veinte, preparo infusión de cardo y escucho noticias en un idioma que desconozco.



¿Verdad que es comprensible que después de tanto se busque la parte fría de la sábana?



El cuerpo será lo último, y el vicio de sus sentidos.

*Poema tomado de Oración en 17 años. RIL editores, España, 2020.