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Reseña libro

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Juan José Rodinás

Número revista:

7

Como una constelación de “ready-mades”. Como buscar los mejores y pegarlos en el álbum que yo me imagino que imagino. Así, en una mezcla de copiar, pegar, intervenir. Sacar y poner. Desmenuzar y aglomerar. Como un niño que pegara los cromitos en su álbum respectivo y les dibujara bigotes con esfero de rojo. Hallar el detalle en el detalle. ¿Cómo sacarle la cabeza a una estatua de Rodin y poner, en su lugar, el cráneo de Robert de Niro?


En el ensayo “The Incomparable as Uninterpretable: Comparative Literature and the Question of Relevant (Re)contextualization”, Andrei Terian señala que la trivialización es un procedimiento retórico para convertir las diferencias de naturaleza —esenciales, digamos— en diferencias de grado. Así, por ejemplo, una de las distinciones fundamentales que solemos efectuar los seres humanos es la que separa —o puede separar— “lo sagrado” y “lo profano”.  En una sociedad donde todo misterio parece automáticamente explicable y racionalizable, lo sagrado parecería un simulacro o, inclusive, una farsa. En ese sentido, parecería difícil “trivializar” o “profanar” aquello que ya está desacralizado: pensemos en Dios, lo divino, lo sobrenatural, lo etérico. Sin embargo, lo sagrado no está concernido estrictamente al ámbito religioso. Los seres humanos necesitamos relatos, fábulas o teoremas totalizadores y, aparentemente, inexpugnables: antes, por ejemplo, la gran marcha hacia delante de los marxistas; luego, el feminismo, el poscolonialismo, las apergaminadas nociones de autoría, la tecnolatría, el k-pop, los nacionalismos de toda índole, el ateísmo cientificista, el culto a deportistas, políticos y estrellas de Hollywood, etcétera. ¿Podemos vivir sin una gran causa que nos supere, que rebase nuestra fugacidad? En contraparte, muy en contraparte, Groucho Marx dijo: “Damas y caballeros, estos son mis principios. Si no les gustan tengo otros”. La potencia de esta frase radica en la conciencia de la perentoriedad de la experiencia humana frente a los cambios. Ésta, a su vez, se conecta con otra frase nada cómica, perteneciente al Tao Te King: “Lo frágil es de la vida y lo rígido, de la muerte”.


En el caso de Dämmerung, palabra de lengua alemana que se puede traducir como “crepúsculo”, poemario coral escrito por Juan Romero Vinueza, lo que está en juego es la trivialización y la desacralización del autor y la autoría. A propósito de este libro, Daniel J. Rodríguez dice: “hace desfilar por sus páginas todo un catálogo de autores que de algún modo forman parte de su imaginario”. Catálogo sí, pero orientado a desvirtuar sus propios términos de referencia, su territorio conceptual.  Quizás una pista más ajustada a la propuesta aparece en un texto crítico de Tes Nehuén: “Un autor que quiere ser dios por un día. El punto de partida de esta construcción piramidal es el deseo de ponerse por encima de todo lo aprendido, de las imposiciones de una educación y un sentido de la literatura que parecen estancadas en frases guionadas y persuasivas. Desde allí elabora Juan Romero Vinueza un poemario extraordinario contra el canon, contra las lecturas idiotizadas de tantos próceres de la literatura y, juega a ser dios.” Un dios cínico. O muchos dioses circenses en brega. Imaginemos que cada autor es un motor fuera de borda. Entonces, Romero Vinueza se plantea ser un pastor de motores fuera de borda. Un parodista lúcido de una galaxia de cabezas decorativas para la sala de estar de la mente. Un constelador de lápidas sobre las cuales ha dibujado garabatos en un maravilloso, singularísimo y suculento ejercicio de imaginación triunfal, coleccionismo loco y apasionada derrota.