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Reseña libro

Casi de noche en la ciudad de Javier Vásconez

Sylvia Miranda

Número revista:

5

“No, nunca veremos entrar un barco en las dársenas del puerto a menos que empecemos a soñarlos…”

Javier Vásconez



En medio de esta época de confinamientos forzados, de despedidas definitivas, de movimientos de masas digitales, de confrontación global con la miseria y la injusticia de una mayoría cada vez más grande, en este tiempo de miradas a un horizonte repleto de incógnitas con las que tenemos que seguir viviendo, un libro como Casi de noche, del narrador ecuatoriano Javier Vásconez, se presenta como un íntimo y profundo asidero, como una oportunidad para detenernos un poco y, en la ficción, entrever la vida, una vida modelada por el filtro y el temperamento de su creador.


Casi de noche, sugestivo título que genera en el lector una expectativa, un misterio, como de caballos salvajes, como de noches de lluvia, como de pasos vacíos en ciudades transfiguradas por la nieve, que parece invitarnos a ir allí, lejos, donde algo todavía nos espera un mundo totalmente otro y tan íntimamente nuestro.


En estas doce narraciones que constituyen esta antología se despliega un universo literario que el autor ha ido construyendo como un Dédalo de la palabra, novela tras novela, relato tras relato, personaje tras personaje hasta conseguir un mundo autónomo, circular y abierto. Entrar en Casi de noche es penetrar en una ciudad andina de contornos reconocibles pero inciertos, pasear por sus viejas calles y comercios centrales, pero saber que la ciudad crece, se hace infinita y que no nos alcanzará la existencia para albergarla. Una ciudad muy latinoamericana en sus relaciones con la vida. Una ciudad desprovista de nombre, desde el momento en que toda ciudad es un espacio libre y plural por naturaleza, desde que la concebimos como una interpretación del mundo y, como tal, una ficción.


En su libro Las ciudades invisibles, Ítalo Calvino decía que éstas “son el sueño que nace del corazón de las ciudades invisibles.” Así, en toda ciudad reverbera otra, que habla en los silencios de la madrugada, que recorren y escuchan los vagabundos del alba, como diría el poeta cubano Fayad Jamís, y que busca ser traducida en noches de insomnio. Ciudades que ansían un puerto, como si pudieran cambiar de esta manera su historia, reclamando su propio derecho a la alteridad:


“Ahora, cuando me he servido el primer whisky de la noche, tras haberme sometido al flujo de esta historia que comienza con la sirena de un barco sonando entre la niebla del puerto, aunque en esta ciudad jamás hubo un puerto. Sin embargo, el barco ya había atracado en el muelle haciendo sonar de nuevo la bocina. Ahora puedo constatar que el café estaba desierto, pues no había nadie que siguiera desde la penumbra el movimiento de los buques al amanecer.”


Las historias de este libro nos hablan de un mundo cruento, aunque, como expresa Juan Marqués en el espléndido prólogo que acompaña esta edición, “La presencia del mal no es escandalosa, sino tácita, la corrupción no es algo que se exhiba directamente sino que va contaminando todo de una forma difícil de explicar, pero que literariamente funciona con enorme fuerza” (p. 16). En esa atmósfera densa, que tiene la calidad de los sueños o de las fantasmagorías, caminan, sin embargo, personajes que nos inspiran una dolorosa ternura, quizás porque están hechos de anhelos, de ansiedades, de continuos fracasos y de constantes esperanzas.


Estos personajes son errabundos que arrastran oscuramente un pasado, como el conocido doctor Kronz que en “El baúl de Lowell” se atreve a sentenciar con magistral ironía que “con el tiempo, incluso, una carta de amor se vuelve un instrumento de tortura” (p. 95). También Nikolai, el entomólogo de “Thecla teresina” –cuento que es un homenaje a Vladimir Nabokov- es un emigrado ruso en la ciudad que termina burlado, con justicia, por la joven e intrépida Zulema. En “Billy” es más bien William Faulkner, otro maestro, el que llega a la ciudad.


Encontramos también personajes ansiosos de un deseo que los trastoque, los rescate como Eva, la mujer del fotógrafo en “Eva, la luna y la ciudad”, o  personajes heridos, indómitos finalmente, que se rebelan a su manera y sufren, como María, la mujer que se resiste a la soledad, al abandono de “Un extraño en el puerto”, el jockey César Lagos que paga con su vida el derecho a vengarse del despreciable Coronel en “El jockey y el mar” o Roldán, el asesino a sueldo que no llega a cumplir su venganza en “Crónica de la sangre”. Todos ellos personajes entresacados de sus novelas, que habitan la misma ciudad, a los que reencontramos, como a viejos conocidos, en estos relatos que parecen enfocar y ampliar instantes en el continuum de sus vidas o versiones posibles, y que coexisten con una serie de personajes que andan como perdidos, vidas diletantes que viven en tensión, al acecho, soñando en bares, en librerías o en viejas casas solariegas.


Pero hay otro personaje, el más camaleónico porque es un poco todos los otros y, a veces, él mismo. Es el que mueve los hilos de la trama y es tejido también en su propia tela: un escritor, un tal Javier Vásconez, que vive solo y que escribe en largas noches de insomnio en aquella ciudad, que observa todo, que mide cada frase, y que, a veces, se expone, cual personaje de ficción a la mirada. Es el escritor que aparece tan bien retratado en “Un extraño en el puerto”, uno de los cuentos más admirables.


El libro se cierra con el impactante relato, “Angelote, amor mío”, que tanto por su estructura, que se desarrolla en forma de largo monólogo interior, como por el riesgo que se va deduciendo de la truculenta historia que se nos desvela, nos permite aquilatar la ambiciosa temeridad con la que nuestro autor acomete el relato al calar tan profundamente en este personaje y nos convence, una vez más, de la coherencia ética y estética de una obra siempre intensa y sorprendente.