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Reseña libro

Escribir como saltar de un tren en movimiento

Fernando Albán

Número revista:

8

Desde el umbral mismo del texto, en el momento del epígrafe, un hombre dibuja una puerta en la piedra, que solo permite el acceso a aquel que realizó el trazado, sugiriendo así que la escritura queda encerrada en el sutil espacio abierto entre la piedra y la puerta: el poema está consagrado a la soledad.


La impenetrabilidad de la piedra insta a regresar a la puerta por la cual la voz poética se ahonda hasta dar con un encuentro imposible. Desde un tren en desplazamiento, un niño recorre un hogar devastado: «la estufa rota, el fregadero sucio, botellas dispersas en el suelo». En un tren un hombre apoya la cabeza sobre la ventana de su vagón viviente: «Soy el túnel donde cierro los párpados». El hombre va hacia el niño, borrando la mano del padre: camino a la inocencia.


«Ese niño es un hombre gris que apoya sus codos y sus manos sobre una mesa de madera

y que luego recorre praderas amarillas con un overol viejo y un girasol mendigo».


Como las horas, el tren retorna «a nuestros ojos en forma de camino». Postales destruidas, fotos en las que se insinúan las siluetas de «dos padres irreales», tarros, periódicos, zapatos, teorías, fantasmas; bodega abandonada que conduce «a la casa de quien no tiene casa». Todo en el poema evoca el desarraigo; la palabra poética anida en los escombros de la memoria, se suscita en el vacío que ahonda la paradoja.


«Lo que yo ignoro se alimenta de todos mis fracasos: estoy vacío, pero abro mi maleta:

y sueño un perfume de grosella saliendo de un revólver».


El poema ensaya incesantemente un viaje vacío «en los ojos de un niño demasiado pequeño» Retorno a la simplicidad de la cual tan solo se vuelve «con una cuchara de madera» y con «juguetes perdidos».


«Quizás la vida era un movimiento simple:

una luciérnaga en las manos de un hombre silencioso».


Niño-hombre que se mira en el proyectil que no acierta a tocar fondo. Letras y sueños se disparan teniendo al cielo por enemigo.


«Al límite de ese paisaje, un cuervo

está borrando también lo que no existe».


Puertas, que en realidad son ventanas, devuelven a la piedra del tiempo. Nadie nunca pudo entrar ahí, salvo quizá «un oso que hiberna y come mucho»; salvo un pájaro cuyas alas apuntan a «un laberinto cubierto por las hojas de un níspero». «No hay nada. Nunca hubo nada, petirrojo perdido en las habitaciones de mis manos».


El tren continúa su caída inexorable; cae más hondo: «al cielo de los ojos ajenos». En él van todas las palabras que descienden hasta encallar en el mar, hasta ahogarse en un bosque de niebla.


«Así, mi tren es silbar en un idioma que gira sus poleas,

se mueve hacia el pasado y desciende en un bosque de niebla, de lenguas anteriores al arribo de cualquier pensamiento».


Las palabras borran lo no existente, se abisman en el vacío para extraer «el pulso de los pequeños infinitos».


«Quiero borrar al hombre que posee mi rostro y empezar algo enteramente nuevo».


Un hombre sin rostro habita contraído en un mapa: era un animal pisado por caballos, pisadas que su rostro sentía; su rostro era lo contrario de él. «Todo es lo contrario de todo. Yo soy lo contrario de mí». Sin rostro, los ojos vueltos al revés se vierten en lo blanco: «entre nieve interrogativa». Ahí, «luciérnaga» y «estrella» se confunden.


El tren inventado avanza en las manos del niño y en un vagón un hombre inclina su cabeza hasta rozar la ventana. Máquinas muertas asedian al niño y su rostro se oculta tras la foto de objetos inútiles. Lego tras lego construye su cara y se acuesta en el pasto, entre dientes de león.


«En mi tren inventado, los locos se acusan mutuamente de no existir, de estar encerrados dentro de un niño

que los dibuja desesperadamente».


El niño despide su nombre, se vuelve a crear al punto de no ser lo que vive, ni lo que siente. Devenir otro bajo la custodia de la escritura; trazo blanco por el cual hablan los árboles y en cuyo vacío late el corazón de un hombre.


Golem niño, construido en las ruinas de sus sueños, mira en el espejo su rostro de hombre. Error de ser inventado por un cirujano de la oscuridad. Eficacia de no ser nadie, cuyos trazos duermen en un cuaderno de dibujo. En el poema el sueño pre-figura al soñador.


El tren avanza en sentido contrario, viaje regresivo a un paraje inexistente. Peregrino de una ficción vacía que, sin embargo, está llena de una nostalgia errante que raya una puerta en el plexo de un metal blanco y duro como la piedra.


«Hecho a andar mi maquinita ilógica:

(ese lápiz hace girar el casete de mi música, mientras gira la mano como una matraca)».


Escribir a expensas de la nada, reteniéndola, ahondando su secreto fulgor, aun si la nada se disipa entre los pliegues del trazo. Escribir lejos de sí, librado a la distancia que une y separa al niño y al hombre. En este poemario de Rodinás se suspenden las propiedades lógicas del lenguaje. Para Paul Valéry, el poema es el gesto que tiende a restituir, por medio del lenguaje articulado, ciertos giros, movimientos, desplazamientos que se esfuerzan oscuramente por expresar los gritos, las lágrimas, las caricias, los besos, los suspiros. El poema desea remitir el lenguaje a la fuente de la cual brota: el silencio. Es decir, pretende configurarse un rostro destruyendo, minando, borrando aquello que lo hace ser lo que es. La escritura poética inventa, trama un espacio que no dista del error.


«¿A qué cosa he dedicado mis años? A escribir versos. Apenas soy los errores que cometo ahora mismo escribiendo»


Al final un hombre, en el que palpita el corazón de un niño, traza una puerta sobre una roca y el poeta es el único que puede pasar a través de ella.


«Un hombre solo es lo único que soy y tengo».




*Texto escrito para la presentación del libro Fantasías animadas de ayer y alrededores, de Juan José Rodinás, ganador del Premio Aurelio Espinosa Polit 2021.




Juan José Rodinás (Ambato, Ecuador, 1979). Estudió literatura y periodismo en Quito e hizo cursos de traducción en Madrid. Obtuvo un doctorado en Estudios Hispánicos en The University of Leeds con una investigación sobre poesía uruguaya y ecuatoriana. Ha publicado Los rastros (Quito, 2006), Viaje a la mansedumbre (Barcelona, 2009), Barrido de campo (Arequipa, 2010), Código de barras (Quito, 2011), Cromosoma (Quito, 2010; Santiago de Chile, 2011), Estereozen (Lima, 2012; Cuenca, 2015), Anhedonia (Popayán, 2013), Kurdistán (Juliaca, 2017), Cuaderno de Yorkshire (Valencia, 2018), Un hombre lento (Salamanca, 2019), Yaraví para cantar bajo los cielos del norte (La Habana, 2020), Fantasías animadas de ayer y alrededores (Quito, 2021). Además, ha reunido su trabajo en antologías personales como Los páramos inversos (Popayán, 2014), 9 grados de turbulencia interior (Guadalajara, 2014) y Koan Underwater (traducción al inglés de Ilana Dann Luna, Phoenix, 2018). Ha obtenido premios como el Premio Internacional de Poesía Joven la Garúa 2007, el Premio Festival de la Lira 2013, el Premio Margarita Hierro 2017, el Premio Jorge Carrera Andrade 2018, el Premio Casa de las Américas 2019, el accésit del Premio Internacional de poesía Gastón Baquero 2018, el accésit del Premio Internacional Pilar Fernández Labrador y el Premio Aurelio Espinosa Pólit 2021. Recopiló —junto con Luis Carlos Mussó— el libro Tempestad secreta. Muestra de poesía ecuatoriana contemporánea (Quito, 2010). Como traductor publicó el libro Una cosa natural. Veintinueve poetas norteamericanos. Formó parte del comité editorial de la revista de poesía Ruido Blanco y fue editor de varios libros bajo ese sello.



Fernando Albán (Ibarra, Ecuador,

Estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador; Filosofía en la Universidad de Lyon 2 y Lingüística en la Universidad París X, en Francia. Es autor de varios libros, entre ellos: ‘El sujeto y la ley’, ‘Pasos de frontera’, ‘La mirada animal’ y el poemario ‘Iris negro’. Actualmente es catedrático en la Facultad de Comunicación, Lingüística y Literatura de la PUCE.