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Reseña video-arte

Fragmentos, voces del cuerpo, resonadores.
Reseña 'Fragmentos Sagrados'

David Pinto

Número revista:

7

Después de ver, escuchar y dejarme llevar por ‘Fragmentos Sagrados’, obra de Sr. Maniquí e InConcerto, conceptualizada por Isadora Ponce, Mariela Espinosa y Juana Arias y dirigida por Juan Manuel Ortiz, no queda más que volver a fragmentar los rastros que quedan, las piedras blancas —antes rojas— que encuentro en el camino del regreso a lo anterior.



La música convoca al espacio —el trueno que retumba y agota el silencio—, se agita el cuerpo, el golpe, la piel, las cuerdas tensas; los movimientos de los intérpretes son gestos sometidos al ritual que afianza la atención del cuerpo, la potencia; el asentir con la cabeza, el tamborileo, la luz que rompe con la retina, mueve y asiente, pisa y devuelve al cuerpo la potencia de la afirmación, no es el rastro, sino el eje que atraviesa una columna erguida.



Frente a la música, otros fragmentos irrumpen con la textura del piano, la voz, la percusión y las cuerdas frotadas, “identificar en mi sangre un estado del ser y del cuerpo, del pensamiento”; “nos enseñan desde niñas a ser un poco ajenas a nosotras mismas”, voces que sostienen fragmentos sagrados, la palabra que escapa, que se nos escapa, no hay ritual sin pérdida.



Sigue “el peso del cuerpo”, piano y voz, un “vientre vacío”, el resonador vacío del arca, oquedad que permite la afirmación del sonido, sean susurros, sean pianissimos, el peso carga con el vacío que, a tientas, trata de encubrir la “visión nublada”. Como las palabras, el cuerpo surge desde aquello que precede su llegada al mundo, el cuerpo se hace de otros cuerpos, antes nada, vacío —el verbo es carne roja, sin horizonte, sin margen, sin límites que lo contengan, como la superficie de una luna sangrante, como el vestido carmesí que se derrama e incita a los demás al rito de la música que reclama, una gota, lo fluido—.



La escritura es rastros de cuerpo, huellas y marcas de tinta, manchas y vestigios de sangre — sagrada escritura tallada con sangre—, el ritual de escribir la historia y los conjuros en las paredes de la caverna —antiguo resonador—, en los códices, en los cantares, en la memoria asemántica de una melodía de una lengua muerta.



Decir o guardárselo —“mar adentro”—, atravesar la garganta con el puñal del silencio — enkheiridion—, cuerpo como “espuma del mar”, carne humedecida “como la hierba”.



“Se transmiten de cuerpo a cuerpo, de vísceras a vísceras”; “reunirnos en la luna llena”; “la naturaleza es inexplicablemente el corazón de cada mujer”, “ritual: prender una vela en un altar”; “altar a los muertos”. Literatura y cuerpo dependen de lo que les es externo —de ce qui les échappe/de lo que les escapa—: el cuerpo y el espacio, el mundo; la literatura y lo que nombra; la voz y el canto atraviesan tanto cuerpo, espacio, literatura, se acercan más a lo innombrable —de la naturaleza, el altar, el corazón, la herida de lo que se desprendió de la nada—.



La música convoca, como el jadis[1] trae al presente el reflujo del pasado, tiempos arcaicos se desvanecen de los glifos en el desierto y repueblan selvas y montañas, ciudades, calles. La cueva, el vientre vacío, el resonador antiguo reluce como un vestigio de un cuerpo-objeto cubierto. La música se redescubre y redescubre a cada oyente, el pasado que cargan las melodías antiguas es la impronta del jadis. Las cuerdas se frotan como el arco y la sombra.



[1] El pasado que se vierte en el presente, según Quignard. « Le pur jadis est anachronie pure (comme l’image est l’absence de l’objet). » ; «El puro jadis es anacronía pura (como la imagen es ausencia del objeto)», Sur le jadis.