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Reseña libro

Iba al zoológico todos los días para escapar de la gente: ‘Cuentos completos’ de Leonora Carrington

Andrés Ruiz

Número revista:

7

Leonora Carrington es una artista que por sus características, tanto formales como biográficas, ha destacado siempre; llamativa por naturaleza, Carrington atrapa por igual la atención de pintores, escritores, psicólogos e incluso académicos. Por esto, sobre ella se ha escrito y comentado profusamente — qué mejor recompensa para un artista que poblar los sueños e ideas de otros —. A pesar de esta abundancia, es curioso encontrar que en el caso de sus entrevistas éstas destaquen por lo poco que acceden a su mundo personal. Conocida por su renuencia a comentar su vida y sus motivaciones, donde los periodistas escarban solo encuentran hostilidad o “mal genio”; mientras que basta la lectura de sus cuentos, actividad demás grata, para entender y tal vez conocer, porque Carrington es muy expresiva en estas narrativas, un poco mejor a la artista británica que, tras hacer de México su residencia, no dejó marchitarse al ímpetu renovador del surrealismo.


Ya desde los relatos más tempranos que aparecen en las colecciones La casa del miedo y El séptimo caballo se siente el ambiente asfixiante de la vida cortesana en la que Leonora, por su posición acomodada, había sido criada. El absurdo de esta realidad almidonada, repleta de convenciones y diversiones frívolas, será el pie de inicio para la exploración de otra realidad superior (surrealista) que para Carrington siempre es la posibilidad más atractiva. La cotidianidad es una pesadilla de la que solo se puede escapar ensoñando más, maravillándose más con los personajes fantásticos y las situaciones oníricas que mutan a su alrededor y la alejan del mundo de las personas. “Iba al zoológico todos los días para escapar de la gente”, escribe en La debutante, siendo la naturaleza y mucho más la “animalidad” el punto de fuga por el que Carrington puede escapar con libertad.


La contraposición entre naturaleza y civilización alcanza formas catárticas en relatos como La dama oval o Cuando iban por el lindero, siendo en este último cuento en el que puede elaborar la dicotomía entre cultura (representada por una rancia religiosidad católica) y la vitalidad (muchas veces cruel) que posibilita el vivir de forma salvaje en el bosque. La primera es representada por san Alejandro, asceta que se jacta de los suplicios a los que se somete para demostrar su santidad, los tratados teológicos que escribe y la piedad que le permite realizar milagros; en cambio, la segunda es encarnada por Virginia Pelaje, cazadora a medio camino entre persona y animal que vive con una centena de gatos, lleva los cabellos repletos de animales nocturnos y llega a unirse en amor carnal con el jabalí que señorea la selva. El desenlace resume la posición de Carrington al respecto: mientras la religiosidad mantiene un orden estancado que se basa en la hipocresía, la ambición material y el egoísmo, la animalidad posibilita el desarrollo del cariño, la crueldad y la vivencia auténtica del sí mismo; todo esto simbolizado en la venganza final de Virginia al tomar el convento de Alejandro con todos los animales del bosque.


En sus cuentos, los objetos y las situaciones están continuamente cambiando, mutando. Por un lado está el sentido irreal o mágico que otorga esta falta de reposo, por otro lado está una intrigante desconfianza en los sentidos. “Nada es lo que parece en estos cuentos”, apunta en su introducción a la colección de relatos la novelista Kathryn Davis. Tiene razón, la narrativa corta de Carrington desafía la certeza casi ciega que nuestros tiempos han depositado en la vista. Son muchos los cuentos desde Conejos blancos hasta Jemima y el lobo en los que la visión de un personaje o un escenario engaña en un primer término; algo curioso para una pintora que por su oficio debería confiar en su vista. Lo destacable es que ahí donde el ojo falla la nariz se alza victoriosa.Los relatos de Leonora Carrington abundan en descripciones de olores y aromas que desenmascaran  situaciones y personajes o nos acercan íntimamente a ellos. La confianza que deposita en el olfato es entrañable: mientras las formas, colores y palabras engañan, el olor es auténtico. Esta oposición es un indicio de que la narración le permite a Carrington explorar aristas que la pintura sola no puede, y de esta manera poder expresar una realidad que está sobre las apariencias.


La magia es un motivo llamativo y recurrente en la narrativa de Carrington al ser otro reto para el pragmatismo que colma nuestra época. Este hacer mágico es vivido como una actividad cotidiana, en la gran mayoría de veces relacionado al acto de cocinar. El relato que elabora la cocina como rito mágico a detalle es Un cuento de hadas mexicano, en el que el niño campesino Juan asiste a un banquete místico de fritura de carnitas de cerdo y tortillas para saciar su hambre de días. Luego de comer, el propio Juan es cortado en pedacitos como sacrificio, siendo su hermana María quien lo cose de vuelta pero sin encontrar su corazón, al cual debe buscar en una cueva bajo el vientre del Jaguar. Al final de la alegoría tanto Juan como María deberán lanzarse a una hoguera ritual para recuperar el corazón. La narración explica que de eso se trata el amor y que éste es el origen sin fin de Quetzalcóatl. Así es como en el mundo de Carrington las actividades diarias como cocinar, comer, ensoñar o quizás incluso amar pueden ser tanto el origen de dioses como la vivencia mística del alma y el lado mago del mundo. Otro cuento que destaca por estos motivos es De cómo fundé una industria en que la propia Leonora Carrington asiste a un picnic con lord Popocatépetl y el vizconde Distrito Federal en las ruinas de la civilización moderna. En dicho relato la magia ha suplantado por completo a la ciencia y la técnica, llegando al extremo de que una momia del dictador soviético Stalin, que le es regalada a Carrington, sea la piedra angular para fundar una industria de medicinas mágicas.


Los Cuentos completos de Leonora Carrington, publicados juntos por primera vez en una adorable edición del Fondo de Cultura Económica con traducciones de Una Pérez Ruiz, suponen un viaje íntimo al mundo único de Leonora, su vivencia errante desde la rancia nobleza europea hasta el desorbitante trajín de la sociedad mexicana (atravesada por la modernidad y la tradición). No obstante, hay mucho más que autobiografía o auto ficción, la autora es categórica en sus motivaciones con el relato Jemima y el Lobo donde escribe: “¿No es suficiente con que el mundo esté lleno de feos seres humanos? ¿Para qué, además, hacer copias suyas?”. Hay mucha sinceridad en esta confesión, el fastidio de Leonora con el “realismo” y la “reproducción” fiel de la humanidad es algo que se nota naturalmente en sus cuentos; ambiciosa como los surrealistas cuando rompían todo esquema en su avance, Leonora Carrington siempre estira la realidad hasta el tope, la fractura y nos presenta un ensueño, una pesadilla fabulosa, intrigante, que a pesar de todo no deja de ser sincera y de cantarnos las verdades como si nada.