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Reseña libro

La luz sobre las cosas: acercamiento a 'Para esta mañana diáfana', de Daniela Alcívar

Yuliana Ortiz Ruano

Número revista:

6

Encontrar debajo de los objetos desdibujados por la luz alguna sustancia humana, en Para esta mañana diáfana, no solo es una tarea del sinsentido sino que a la voz narrativa parece interesarle poco lo que los humanos puedan designar a los espacios que habitan. Por el contrario, estos paisajes, espacios actantes invadidos por la luz, son los que a ratos habitan a los personajes y marcan el ritmo en la narración. Hay una pertenencia radical que ejercen dichos elementos sobre sí mismos y son ellos los que generan la secuencia de imágenes que desarrollan la historia, si se quiere, desde esa movilidad imperceptible. No nos encontramos con una voz humana ejerciendo presión o clasificando los afectos que puedan generar dichos cuerpos incomunicables en los otros seres que circundan una habitación, el patio o el jardín; por el contrario, ella se mueve con cautela, con tacto y serenidad para no interferir en el curso de las cosas.


Lejos de decir que en el libro los personajes carecen de interacción o desenvolvimiento, la tensión, si la hay, se encuentra en la capacidad de transformar un espacio con el inicio de una luz sobre las cosas o con la irrupción de una ventana que inmiscuye un paisaje acuoso a una habitación, destruyendo así su cotidianidad o generando otra mirada posible de lo cotidiano, una prudencia líquida que hace que nos olvidemos de los cuerpos parlantes y giremos la atención a la quietud de un ave suspendida entre la montaña y el cielo, otra posibilidad narrativa o ejercicio de mirada más allá de lo humano.


Daniela Alcívar construye fotografías de los instantes a través de una mirada háptica que pasa y repasa su presencia sobre la superficie de los objetos. La voz narrativa aparta su atención de las escenas de los personajes parlantes para dirigirnos hacia los encuadres e imágenes que se cuelan por las grietas, las ventanas y las paredes.


El ojo de una gata tatuándose en el muro de un jardín y la posibilidad del animal ejerciendo un vuelo mental jamás descifrado por quien la mira. Son los objetos y sus cambios repentinos en torno a las franjas de sol, que se cuelan por una ventana, los verdaderos sujetos en los cuentos; los humanos pasan a ser una excusa o un medio para que dichos actos sucedan:


La ciudad se le aparecía demasiado blanca, efecto del sol del mediodía. Más tarde se le haría gris, y por la noche violeta o azul. Pero la hora del blanco era la peor: de pie en alguna esquina, sentía una soledad sin límite. La ciudad estaba desierta, a punto de estallar de tanto sol, ajena a la vida, detenida. No veía carros en ninguna calle, ni peatones.[1]


No solo los objetos cambian radicalmente su naturaleza por efecto de la incursión de la luz sobre su superficie exánime. Las escenas que van tejiendo los cuentos se llenan de transformaciones según el encuentro con cuerpos de agua a través de un cuadrado/ventana en la pared de un hotel de la costa, o según el ángulo en el que la voz narrativa dirija la mirada. Hay un cuerpo humano que se llena de vacío, que deja que el frío lo invada, ese mismo cuerpo humano suprime la intención reflexiva sobre sí para dejarse afectar por el paisaje. La narrativa de Daniela asume una doble mirada que a su vez es un cuidar dos veces, es un constante montaje de silencios, no hay demasiadas voces imponiéndose en el desarrollo de las historias, pero sí la luz atravesando un cuerpo y un cuerpo a su vez, que escribe desde el testimonio del fenómeno del sol incendiando los objetos.


La luz y la transición de sus tonalidades obliga a los cuerpos a hacerse uno, tal vez por ello la voz narrativa no intenta ir por dentro de las situaciones; esta escritura no es un ejercicio de lo profundo de los cuerpos, al contrario, es un manejo tenaz sobre los contornos y cómo los objetos con el pasar de las horas van perdiendo individualidad, van desprendiéndose de ese halo familiar, para convertirse en masas informes, cuadros derretidos por el sol, fotografías borrosas invadidas de humedad y silencios. Silencios que se montan sobre cuerpos humanos obligados a callar por la fuerza y pesadez de un día soleado, una real vista sinóptica o una mirada que abraza, un par de ojos que acaparan e incorporan lo que se cuela en su campo óptico.[2]


Allain Robbe-Grillet señala en su ensayo De qué sirven las teorías que: “Cada novelista, cada novela, debe inventar su propia forma [...] El libro crea por sí mismo sus propias reglas. Lejos de respetar formas inmutables, cada nuevo libro tiende a constituir sus leyes de funcionamiento al mismo tiempo que a producir su destrucción”[3]. Para esta mañana diáfana no solo destruye las fronteras marcadas entre humanos y objetos, animales y cuerpos de agua inundados por la luz, sino que inaugura una membrana entre estos, una masa estirable con la que la escritora nos invita a explorar —como el recorrido de la narradora de Cuatro instantáneas de un regreso a Quito(cuento con el que se inaugura el recorrido de la luz a través de la palabra)— a cerrar los ojos y leer con las yemas de los dedos un mapa y la superficie sobre la cual este se apoya. Una lectura ficcional de la abstracción de un territorio.


La escritura de Daniela nos detiene y nos coloca ante el tiempo, nos exige fijarnos más en los detalles, en las texturas que rodean una escena humana aparentemente trascendental para descender e inclinarnos delante de las transformaciones de un mundo invadido por el sol, un horizonte helado que no solo está frente a nosotros para ser observado sino sentido en lo más externo de la piel.


[1] ‘Cuatro instantáneas de un regreso a Quito’ en Para esta mañana diáfana, Daniela Alcívar Bellolio (Quito: Ruido blanco, 2016), 13.

[2] Wittgenstein citado por George Didi-Huberman en Blancas inquietudes, (Shangrila, Santander, 2015 ), 77.

[3]De qué sirven las teorías’ en Por una nueva novela, Alain Robbe-Grillet, (Cactus: Buenos Aires, 2010), 42.