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Reseña libro

La textura brumosa de lo diáfano en los relatos de Daniela Alcívar Bellolio, 'Para esta mañana diáfana'

Cristian Alvarado

Número revista:

10

Volver a la opera prima de la prosa narrativa de Daniela Alcívar y descubrir, en la reedición de su colección de relatos, Para esta mañana diáfana (PUCE, 2020), el despliegue de una escritura que no deja de hacerse y de reaparecer como huella persistente en sus novelas y ensayos, me hace pensar en una forma de archivo (en el cual vida y literatura no paran de inmiscuirse, de afectarse), cuya constelación de preocupaciones y búsquedas estéticas dan cuenta de un lenguaje capaz de dotar de sentido a lo desintegrado y a lo residual, a lo íntimo y a lo cotidiano. En Para esta mañana diáfana, la materia intensiva del lenguaje, se despliega y repliega en su manifestación más vulnerable y reveladora, para dar cuenta de las corrientes subterráneas de la experiencia cotidiana, de la fuerza disruptiva del acontecer, en su fugaz y peligroso instante de emergencia y evaporación, pero también de la sensación producida por la ausencia, las rupturas o los silencios que inducen.al estremecimiento afásico de las palabras.


Sus cuentos están hechos de texturas e imágenes que irradian una luz rara sobre lo visible y estremecen el lenguaje hasta bordear la suspensión del sentido. Se podría decir que, muy de la mano con la fotografía, a partir de la intervención de la luz en el espacio, Daniela Alcívar registra las mutaciones silenciosas de la materia, los cambios de tonalidad que desdibujan los contornos entre cuerpos y territorios, y los juegos de contraste entre luces y sombras que alumbran pequeñas inminencias dentro de la quietud de sus paisajes. En esa exploración poética sobre el espacio, el nervio de la experiencia literaria pasa menos por el enfoque tradicional del cuento (la acción dramática de los personajes y el desarrollo de tramas redondas), y más por la dimensión intensiva del lenguaje para hacer un zoom-in en el detalle minucioso reflejado a través de la luz diáfana que ilumina, desnuda, y hace aparecer lo visible. No obstante, su efecto no se detiene en la claridad que pueda arrojar sobre el encuadre del mundo; al contrario, su propagación sobre la superficie revela una experiencia del mundo abierta a percibir otras formas de la presencia. Eso parecen escudriñar sus distintos personajes, principalmente mujeres que viajan, deambulan y conviven, mapeando espacios afectivos y lejanos donde las modulaciones de la luz sobre lo visible dan cuenta de “algo que sobrevive al paso del tiempo, una presencia latente, algo que sobreviene” (Alcívar, 2020, p. 95).


Lo diáfano como intervención lumínica expresa la potencia del aparecer, una forma de desautorizar la creencia en lo dado o en lo pre-existente, y prestar atención a la materia del mundo en su acontecer singular. En particular, porque lo diáfano adquiere una textura brumosa, inasible, fantasmal. Si se explora en su sentido etimológico, la palabra proviene del griego antiguo: diaphanein (transparencia), cuya raíz verbal phanein, que significa “alumbrar, hacer visible, aparecer”, se encuentra estrechamente relacionada con la palabra pháos (“luz”), y con phántasma (“aparición, espectro, fantasma”). De esa manera, en las mañanas diáfanas de Daniela Alcívar, la luz no quiere ser sinónimo de transparencia. En una dirección contraria, opera como una forma de difuminar lo visible, enturbiando la percepción con la aparición de la presencia latente, en toda su potencia y singularidad expresable, aunque siempre de “manera difusa y fantasmal, pero real” (Alcívar, 2020), para contemplar el instante en su propia forma de aparecer y dejarse afectar por su fuga permanente, por su estado de im-permanencia.

A la manera de los paisajes brumosos del fotógrafo francés Eugène Atget, que inspira un relato corto de título homónimo, en las narraciones se destacan escenarios donde la presencia humana es mínima, o se percibe como intrusa, ajena al resplandor pálido y tenaz de “la presencia «inhumana» del mundo” (Alcívar, 2017, p. 25), como apunta Daniela Alcívar en su ensayo El silencio de las imágenes, a propósito de la formación geopoética de los paisajes liberados de la sujeción de la mirada humana. Frente a esos paisajes sin bordes, de contornos difusos y en continua expansión (playas abandonadas, ciudades casi vacías, el precipicio de una catarata, el mar extenso e infinito), es difícil no sentir la misma perplejidad y extrañeza que parece punzar el cuerpo de los personajes de estos relatos. Pues, la acción de la luz interrumpe la aparente quietud del espacio al hacer visible el devenir caótico de la existencia: “el paso de la vida como potencia ajena a las voluntades y los deseos” (Alcívar, 2020, p. 80). Así mismo, en el relato “Fin de fiesta”, podemos percibir el marchitar del mundo, refractado por la potencia del sol, y entrever en el recuerdo de una boda, la descomposición de lo visible, “una forma distinta de la vida: la de las cosas cuando han sido despojadas de humanidad y de proyectos” (Alcívar, 2020, p. 79).


También en lo diáfano aparecen otras formas de la presencia, más leves en su acontecer, apenas residuos de lo visible, y que los personajes advierten en toda su intensidad. La potencia disruptiva del recuerdo ilumina la presencia de lo ausente, removiendo los paisajes internos de la memoria, sus múltiples y discontinuas huellas que brotan del cuerpo y de la materia, de los sueños y de la superficie más sensible de lo cotidiano. Así en “Cuatro instantáneas de un viaje de regreso a Quito”, se narra el desplazamiento nostálgico de una mujer que recorre a ciegas, con la palma de su mano, el mapa de la ciudad, con el deseo de poner a prueba “la dimensión táctil del recuerdo” (Alcívar, 2020, p. 14), agitando el espacio de la memoria y las redes afectivas con el territorio y sus seres queridos, aunque la distancia y la lejanía descubran “la inevitable pérdida de brillo” (Alcívar, 2020, p.23), las mínimas metamorfosis que hacen difícil la adaptación.


El paisaje de la memoria aparece como “una extensión inmensa que se recorriera a paso constante y con interrupciones rutinarias e invariables” (Alcívar, 2020, p. 70). Sin embargo, este mecanismo de repetición está acompañado de una serie de alteraciones, casi imperceptibles, que emergen con la misma intensidad descrita por la niña que registra el advenimiento de algo indeterminable en los cambios de luz sobre el tapiz de la casa de sus abuelos, o por la presencia opaca de los recuerdos que afloran entre la luz diáfana de la mañana y las sombras del interior de un departamento. El mismo resplandor tenue reverbera en la pared desgastada que contempla una gata enferma, en cuya superficie parecen inscribirse, de manera caótica, las reuniones de verano entre una cofradía de amigos que ignoran “el instante inaprensible de compartir un espacio en un momento preciso” (Alcívar, 2020, p. 16).


En estos relatos, la persistencia de una imagen irrumpe con la potencia de perturbar cualquier cotidianidad, como un relámpago visto desde la ventanilla de un avión, la estela dejada por la muerte de los cuerpos celestes en la oscuridad del universo, el vacío de cara a la pérdida punzando el cuerpo, o la caída del agua al fondo de una catarata “informe, en constante recomienzo” (Alcívar, 2020, p. 122). Esa perturbación pone en marcha una tormenta discreta sobre lo visible, no tan espesa como para alcanzar a entrever las ruinas de la presencia, y frente a las cuales, la piel se eriza ante el fluir de la sensación, “guardando el lenguaje en un pliegue interior hecho solo para las cosas inútiles, callando todo lo que no fuera esencial, es decir, todo” (Alcívar, 2020, p. 36).


En Para esta mañana diáfana, Daniela Alcívar indaga en la apariencia brumosa de la imagen y en la potencia del recuerdo, tejiendo una textura narrativa marcada por el despliegue de la luz sobre el espacio, una luz que difumina el encuadre del mundo para alumbrar otras formas de la presencia. Con una sensibilidad capaz de dar cuenta del límite del lenguaje, de su afuera, de la afasia que experimenta la voz ante el nervio viviente de cualquier sensación, para no olvidar su existencia más allá del sentido. Como lectores, las mañanas diáfanas de Daniela, nos dejan la extraña alegría del instante inaprensible que se escapa a toda voz, un rumor anterior a la palabra y su recomienzo: el murmullo inmenso de todo lo que nos rodea.




Referencias Bibliográficas:

Alcívar, D. (2017). El silencio de las imágenes. Quito, Ecuador: La Caracola.

Alcívar, D. (2020). Para esta mañana diáfana. Quito, Ecuador: Centro de Publicaciones PUCE.

Alcívar, D. (2020). Pararrayos. Paisajes, lecturas, memorias. Quito: Ecuador: La Caracola.




Cristian Alvarado (Guayaquil, 1995). Lcdo. en literatura de las Universidad de las Artes. Ha publicado artículos y relatos de ficción en revistas literarias y académicas como La Deleuziana, Pixeletras y Pie de página. En la actualidad, se encuentra realizando una maestría en Literatura en la Universidad Andina Simón Bolívar.



Daniela Alcívar (Guayaquil, 1982). Escritora, crítica literaria, investigadora académica y editora. Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Es autora de los libros de ensayos Parrarayos. Paisajes, lecturas, memorias (2017) y El silencio de las imágenes (2017), del libro de relatos Para esta mañana diáfana (2016) y de las novelas Siberia (2018) y Lo que fue el futuro (2022).