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Reseña libro

'Lugares que no existen en las guías turísticas': lo verdadero es lo que no se logra olvidar

Gabriela Ponce Padilla

Número revista:

6

¿Cuáles son los lugares que aparecen cuando cerramos los ojos y nos hundimos de a poco, en el insomnio? ¿Cuáles los que rememoramos cuando en la desolada madrugada, a eso de las cuatro y cuarentaiocho am nos arrojamos a una idea inminente: esto está por acabarse? ¿Cuáles los que buscamos, angustiadas, al sentir que por los huecos se nos escapan niños y óvulos y todo tipo de seres incompletos? ¿Cuáles son los lugares que añoramos, aunque fuimos en ellos hijas tristes, niñas temiendo la vida, perturbadas por la ausencia? ¿Cuáles los que deseamos como reino, escondite, cueva, estación o descanso? ¿Cuáles son los lugares de los que huimos y que aparecen siempre en los ojos de lo que amamos?


Gabriela Vargas crea un poemario con los restos de esos lugares, recoge las ruinas y los pedazos y con la ternura y el cuidado de quien arma un universo con papel, que se sabe frágil, que se sabe precario, coloca palabras mientras lanza una invocación tan imposible como hermosa por el retorno de los lugares y los rostros ausentes. Los trayectos que se desvían del camino, los ornamentos que acondicionan los altares sucios, las calles y las imágenes en las que la forma está fuera de lugar y la fisura habilita una fuga, ahí se escribe: ahí donde se alojan las pérdidas, ahí donde se aloja también la voz que no cesa en su intención por reconocer en cada exilio, un lugar para el poema.


Dice Pascal Quignard que el lenguaje es la casa para todo lo que ya no está. También dice que lo verdadero es lo que no se logra olvidar. Dice además que toda mujer, que todo hombre, se precipitan hacia los lugares donde se perdieron. Y también dice que toda voz sobreviviente es asesina. Y quizá en esas afirmaciones encontremos algunas claves para entrar en esta arquitectura descompuesta que Gabriela Vargas despliega. A la entrada, puertas desvencijadas y ventanas invisibles levantan sus Antipostales, primera parte del libro, retratos opacos en los que la voz poética asume varios carnets de identidad: mujeres que entre escombros son lo que queda de una violencia que no da tregua, que está en cada rincón y agrede con metales y vidrios, con manos y cuchillos, y que deja lesiones o tajos de una profundidad en cambio, nítida. También estas Antipostales recorren con precisión las estancias: albergues en los que el cuerpo conoció un afecto. En una escalera, en una baldosa, en un cajón, la voz poética busca algún reconocimiento, fabrica una pequeña arqueología del daño. El extenso poema ‘Beds and breakfast’ abre así: “Lugar: Centro de Guayaquil/ Tiempo de estadía: 25 años/ Nací en un edificio que es un coro salvaje de ratones. / Si el tercer piso de una construcción se vuelve una cuna/ cuando el camión de basura la cruza;/ Si al abrir una puerta, / Tenemos que abrirnos paso como un desierto, / porque el agua entra, / Habrá motivos suficientes para querer huir” (22).


Se recomponen con precisión, a lo largo del poema, zonas que desde lo anterior caen sobre el presente, versos como marcas de agua que el lenguaje salpica sobre espacios que se verifican: “[…] Lugar: Calle Rumichaca, Guayaquil/ Tiempo de estadía: 5 meses […] Los álamos, Guayaquil/ Tiempo de estadía: 3 semanas […] La Floresta, Quito/  Tiempo de estadía: 3 semanas […] Ciudadela del maestro, Guayaquil/ Tiempo de estadía: 5 años […] Lugar: Urdenor, Guayaquil/ Tiempo de estadía: 2 meses […]” (22-28). Y en cada uno de esos poemas, que es locación y es extravío, la voz poética mira hacia el pasado no desde la nostalgia o la melancolía, sino desde un deseo acaso más oscuro y cruel por eso que nunca le perteneció pero que a la vez es solo suyo, que se precipita como recuento de un despojo, y en lo que se reconoce todo lo ajeno que la constituye.


Dice la voz poética: “[…] teníamos una ventana, un balcón y un hueco en la puerta./ Eso teníamos y yo quería tanto dejarte un vaso de agua quieta cerca de la cama./ Yo quería tanto regalarte el vaso,/ atravesar la foto, la jaula y bailar contigo./ Pero las historias sobre/(ríos encerrados en cisternas)/ nunca llegan a ninguna parte y  el agua nunca se pierde:/corre dentro de un ataúd de cristal que lleva mi foto/ que se borra hasta dormirse,/ hasta amanecer, como una leve inundación, en otra casa”(29).


Esa geografía de lo perdido se intensifica conforme avanza el texto: tanto en ‘Marionetas de rechazo’ como en ‘Búnkeres en la niebla’, segunda y tercera parte del poemario, se entrevén las huellas de los cómplices del desamparo: la ciudad poblada por fantasmas y tugurios y paredes que son pasadizos secretos de la huida y jardines para que entren los amigos.


¿Qué es mudarse? Es la pregunta que atraviesa las últimas páginas del poemario y la voz poética ensaya una respuesta siempre fallida pero memorable, eso que el lenguaje poético alcanza a hacer solo como rodeo: “mudarse es también llegara un punto. CIEGO” (66). Y más adelante: “Mudarse es también dejar dormir a un árbol desnudo y encorvado para decir: hoy contigo” (69).  Y en la última página del libro, otra vez: “mudarse también es decir peces lloviendo hacia arriba. /Muertos” (73).


Mudarse. Dejar. Abandonar. Irse: obcecadamente irse. Siempre irse y vivir también siempre con el dolor del itinerario que se perdió. Esa es la sensación y la conmoción de leer este poemario que hoy, en este tiempo tan extraño, llega y es motivo de nuestra celebración y es motivo de nuestra admiración y nos hace sentir menos solas en la tristeza.


* Este texto fue leído en la presentación de Lugares que no existen en las guías turísticas, poemario de Gabriela Vargas que ganó el II Premio Internacional de Poesía “Vicente Huidobro”.