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Reseña libro

Sacrificio: la escritura como ofrenda necesaria
‘Sacrificios Humanos’, de María Fernanda Ampuero

Andrea Armijos Echeverría

Número revista:

9

El título, tan provocador como cada uno de los cuentos de Sacrificios Humanos (Páginas de Espuma, 2021) de María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976), evoca inmediatamente algunas de las sensaciones humanas más primigenias, aún así, temidas, indeseadas pero, a la vez, inevitables en la experiencia de estar viva: dolor, violencia, miedo. Cada cuento se presenta, de hecho, como un sacrificio, a modo de exposición de los terrores de ser niña, ser mujer, ser inmigrante, ser empleada , ser joven, ser madre. El uso de una voz narrativa intradiegética acerca a las lectoras y lectores a esas sensaciones palpitantes que aterrorizan, persiguen y violentan a las y los personajes principales.


En Sacrificios Humanos las mentes y los cuerpos son uno solo. El miedo o el asco somatizándose, partiendo o rasgando los cuerpos es uno de los motivos y marcadores gráficos de Ampuero. Pero, cuando ese miedo se vuelve marca física, muy probablemente es porque está aliado o es consecuencia de la violencia, del vicio de causar dolor, de hacer daño, de lastimar, de hacer y ver maldad en los cuerpos de otras y otros, de ejecutar poder sobre esos cuerpos y verlos doblegados frente a la corrupción, el dolor intolerable. Frente al miedo. En Biografía, una inmigrante desesperada acepta escribir la historia de vida de un desconocido en el medio de la nada y se orina encima cuando siente acercarse no solamente el peligro, sino la misma muerte. En Silba, la inminencia de lo desconocido en la figura mítica de un cuco que silba y que anda espantando y consumiendo a las jovencitas que se dejan atraer, llevar, jalar, quizás para siempre, puede sentirse en la piel erizada, la oscuridad entrando en los ojos. En Hermanita, siendo una lectora que ha crecido con problemas de aceptación de su propio cuerpo, una puede sentir la desazón y miseria completa de la protagonista, quien es comparada y humillada diariamente frente a su prima delgada, que, a su vez, en una escena entrañablemente cruel, usa un par de tijeras para medir la cantidad de piel que fervorosamente quisiera eliminar de su cuerpo infantil.


La narrativa acumulativa y estrepitosa de Ampuero es una condición más que favorecedora para el desenvolvimiento del miedo y la angustia que causa la posibilidad de sentir ese miedo:


las muñecas descoyuntadas, las negras de quemaduras, los puros huesos, las agujereadas, las decapitadas, las desnudas sin vello púbico, las despellejadas, las bebes con un solo zapatito blanco … las atadas con sus propios calzones, las vaciadas, las violadas hasta la muerte, las aruñadas, las que paren gusanos y larvas, las mordidas por dientes humanos, las magulladas, las sin ojos, las evisceradas …(19)


Y la lista sigue. Las listas de terror. Estos cuentos son de terror porque, al final, nos estremece reconocer en estas listas infinitas pedacitos de pura realidad, de pura posibilidad. La constatación reveladora de la miserabilidad, en estas historias, es una causa de pavor intenso. Somos, en menor o mayor grado, las chicas que no pueden entrar a la fiesta de la élite y que celebran y profanan con su alegría la muerte de algunos de sus más “hermosos” miembros. Somos la madre postiza de un niño idiota y acomodado que aprendió a hablar por nosotras, y que, nos ama, pero nos convierte en su trapo de limpiar sangre ajena. Somos la niña vuelta mujer, vuelta anciana, cuidando de otra anciana en medio de una convulsión social sangrienta. Somos Lorena Gallo. Somos el niño que salva a ese otro niño de la putrefacción por la sencilla causa de saberlo humano.


Cuando los elementos constitutivos del miedo y el repudio se acumulan así, cuando las comas se convierten apenas en residuos separadores de una carga del abismo que es lo monstruoso, las sensaciones atraviesan la trama y se vuelven inyecciones sinestésicas. De pronto podemos experimentar los olores de la sangre que sale de las heriditas que causan las sanguijuelas al pegarse a la piel; o los que emanan del estero muerto de una ciudad decadente y sobrepoblada. Sobre todo, la enumeración barroca tan bien lograda en Ampuero nos permite sentir, volvernos el cuerpo del que se narra. La narrativa del sexo es, por tanto, una experiencia sensorial y erótica que se libera de eufemismos e incluso de símiles. El sexo es sexo escrito en Sacrificios Humanos, tanto como un acto que se goza y desea con locura por ser explosiones constantes y frenéticas de amor, como por ser bestial y saciante. O ambas cosas a la vez:


Coger para no matarse. Se sentía como todos los abrazos de todos los momentos en los que ella necesitó un abrazo y todos los encuentros sexuales en los que ella tuvo ganas de un encuentro sexual. Por supuesto, no era un hombre usando su lengua, sino una diosa limpiando a su criatura recién nacida. El sexo como el reencuentro con el útero materno, la preconciencia, el placer puro de no saberse mortal e imbécil. El sexo como una casa propia donde florecen geranios. (124)


Por ahí corren los fluidos, el sudor, la sangre, y corre todo el estremecimiento de esa primigeneidad desde donde también nacen el miedo y la violencia. Estos cuentos están atiborrados de sensación, y es por eso que, también, causan un estertor particular cuando al cerrarse no se cierran nunca. A riesgo de spoilear (pero realmente sin spoilear) hay que reconocer la gran capacidad de Ampuero de delinear una atmósfera, unas voces y una historia en la que el suspenso crece sin control para después dejar a la lectora con la enorme responsabilidad de formular un final cerrado. En Sacrificios, una discusión matrimonial cada vez más acalorada y agresiva se vuelve el encuentro espantoso con una criatura monstruosa en medio de la oscuridad y la incertidumbre


- Es un hombre disfrazado.


- No, tiene cuernos y tiene pezuñas. No es un hombre.



- No es un hombre.


- ¿Qué es?


- No sé qué es. Viene hacia nosotros. (122)


Lorena es otro cuento que, basándose en la mitificación popular de la historia singular de una ecuatoriana inmigrante a inicios de los años noventa, construye un terror progresivo, pero intencionalmente inconcluso. En Edith, la advertencia del hombre verdugo de no mirar atrás se vuelve sentencia (sin ser narrada) cuando Edith, de hecho, decide mirar hacia atrás. Esta estrategia de enajenación conclusiva nos invita a preguntarnos cuánto más, como lectoras y lectores, necesitamos de la mano guía de la autora. Si, de por sí, nos reconocemos en estos patrones de vidas, en las voces descarriadas que piden misericordia, perdón, claman de odio, de asco, gimen hasta desgarrarse las gargantas de placer, o susurran en la oscuridad midiendo el ritmo del peligro cercano. Si, de por sí, recordaremos las sensaciones del miedo profundo, del dolor convulso, las explosiones internas en la memoria de nuestros propios cuerpos. Entonces, no necesitamos finales, pero sí necesitamos regresar, volver al estado inicial de esas sensaciones, de sabernos vulnerables y humanas, reales y sacrificables. Necesitamos estos cuentos.




* Libro reseñado: Ampuero, María Fernanda. (2021). Sacrificios Humanos. Madrid: Editorial Páginas de Espuma.



Andrea Armijos Echeverría

Escritora y estudiante de doctorado en Estudios Literarios y Culturales Latinoamericanos en The Ohio State University, Estados Unidos. Autora del libro de cuentos Cómo tratan las mujeres a sus peces dorados (FLAP, 2016) y presente en varias antologías nacionales e internacionales. Ganadora del Interpretatio 2013 de la USFQ y del Lucha Libro Quito 2016.