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Reseña libro

Sobre lo divino y lo heroico en el ‘Evangelio del detective formidable’, de Roberto Ramírez Paredes

Rosa Inés Padilla Y.

Número revista:

8

La novela narra la historia del detective Carlos Chimbo, quien acude a resolver un caso de secuestro en un hotel en el norte de Quito. Lo que parece ser, en primera instancia, un relato policial, pronto va mutando en algo más, en un poema en prosa, pues los personajes que entran en contacto con el policía son presa de una variedad de sentimientos: lo envidian, lo desean, lo odian, lo admiran…, resultado del amor que le profesan. De una u otra forma, todos lo aman, incluyendo el narrador omnisciente, quien, como un Dios, sabe todo de él y se pasea dentro de los personajes para experimentar sus sensaciones: incluso ha trazado un plan para poseer a Chimbo. 


Hace años que conozco a Roberto. He leído sus cuentos, incipientes novelas e ideas creativas desde hace aproximadamente doce años. Doce años de una confianza que solo se puede lograr con el tácito acuerdo de la sinceridad.


Él es  —o dice que era—  un escritor dedicado, de esos que uno admira por la disciplina para explorar un tema, para desenvolver un nudo; por la obsesión casi perversa de explorar, recabar, investigar y desmenuzar a los que él considera sus maestros literarios e intentar, sino emularlos, superarlos. Ahí están Adolfo Bioy Casares, James Joyce, William Shakespeare, Dante Alighieri, Vladimir Nabokov y el motivo de su último trabajo académico: Herman Melville.


Yo, en cambio, soy una lectora que nunca superó la etapa de la niñez, me lanzo a los libros como a una piscina sin fondo y esa piscina siempre está llena de una variedad de sentimientos diversos y concomitantes. Los libros me comen las entrañas y las vuelven a poblar con nuevos deseos y sueños.


Cuando terminé el libro de Roberto, allá hace un año, estábamos empezando esta pandemia, que parece cada vez más un continuum. Me sorprendieron tres cosas: la construcción de lo divino y sus constantes referencias en el texto, la figura del héroe, la posibilidad del amor y el deseo. A pesar de estos conceptos, esta historia dista de ser algo romántico; es más bien ese límite con la obsesión lo que salta a la vista y, lo que yo diría, es uno de los grandes motivos de este libro. La obsesión, el fanatismo y la perversidad son los términos, motivos y conceptos que dominan la trama. Y no, esta tampoco es una novela sobre los tiempos violentos y extraños que vivimos. Es la historia de un detective, figura que en la policía de nuestro país ni siquiera existe, pero ahí es donde empieza la construcción de lo divino, de un evangelio que explora los límites del amor y el heroísmo.


El Dios que construye Roberto durante su novela no es el héroe, Carlos Chimbo, a pesar de que pueda parecerlo. Es ese narrador que quiere volver a narrar la historia perversa del detective y de cómo resuelve su último caso: como todo héroe que aspira a ser Dios, Chimbo se entrega a su prueba. Tal vez no llegue a ser un Dios, pero cada uno de sus actos lo harán acercarse o al menos impregnarse de ese halo de divinidad.


Nosotros, como fieles testigos y lectores, caemos, como en una piscina sin fondo, en la representación que nos da el autor, quien desde un principio parece saber cómo jugar con las marionetas que son sus personajes y sus lectores, si se dejan llevar. Uno entonces también empieza a suspirar y a rogar por el detective formidable; vemos que el autor ha logrado su propósito: ha escrito un evangelio que aduce a la adoración de un personaje, en cuyo nombre podemos llegar a hacer cosas innombrables, ominosas.


Ominoso como en Freud y su Unheimliche, lo siniestro: algo que parece familiar, pero que no lo es; aquel secreto que uno guarda en su interior, algo que perturba la cotidianidad, que hace que aun lo que es familiar parezca absolutamente extraño. Para Chimbo, nuestro formidable detective, su rutina diaria incluye la adoración y el fanatismo de los otros. Para él, el amor (en realidad obsesión) es su cotidiano vivir y, para los lectores, esta será una prueba de fuego sobre lo que harían en nombre de algo o de alguien.


Por eso intuyo la perversidad y por eso recurro a lo ominoso: porque no hay nada más espeluznante que develar las máscaras, que ver el doble de aquellos que nos rodean; que vernos inmersos en una suerte de evangelio en donde los dioses no somos nosotros. En esta época poblada de falsos ídolos, donde el endiosamiento depende más de un cargo público o de la exposición mediática, donde el acto más heroico es el de sobrevivir, esta novela viene a recordarnos lo peligroso de lo divino y lo cerca que están el amor y el deseo de la obsesión.


Es así como me gustaría llegar al final. Creo que sirve de poco que yo use adjetivos hiperbólicos para describir una novela. Es más, me parece una tarea casi evangélica el intentar convencerlos de que algo es bueno, justo o noble. Espérenla, léanla y pregúntense: qué tan cerca estoy de proclamar a alguien mi Dios y de sacar mi doble siniestro.


*Editorial de la Universidad Autónoma de México. 136 páginas



Rosa Inés Padilla Y.: Doctora en Antropología Social de la Universidad Iberoamericana, México.Magíster en Antropología Visual por FLACSO/Ecuador. Licenciada en Comunicación por la PUCE, Ecuador. Docente en Carrera de Comunicación, PUCE, Ecuador. Profesora universitaria, investigadora y museóloga.  Ha escrito varios artículos sobre fotografía, muerte y sus espacios funerarios y rituales funerarios. En 2016 presentó una exposición sobre fotografía infantil post-mortem en el Museo del Carmen Alto de Quito