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Domingo

Colette

Traducción de Lorena Bénichou y Omar Rodríguez

Número revista:

6

¿Qué tienes?... No te tomes la molestia, al responder "nada", de alzar con valor todos los rasgos de tu rostro; enseguida, las comisuras de tu boca caen, tus cejas pesan sobre tus ojos y siento lástima por tu barbilla. Yo sé lo que tú tienes.


Te pasa que es domingo y llueve. Si fueras una mujer, romperías en llanto, porque llueve y es domingo, pero eres un hombre y no te atreves. Afinas el oído  hacia el ruido de la llovizna —un ruido pululante de arena que bebe—, miras a tu pesar la calle reluciente y las fúnebres tiendas cerradas, y tensas tus pobres nervios de hombre, tarareas una cancioncilla, enciendes un cigarrillo del que te olvidas y que se enfría entre tus dedos colgantes…


Me encantaría esperar a que ya no puedas más y busques mi ayuda… ¿Que soy mala? No, pero amo tanto aquel gesto infantil tuyo de echarme los brazos encima y dejar que tu cabeza ruede sobre mi hombro, como si me la entregaras de una vez por todas. Pero hoy llueve negro, y es tan domingo que hago, antes de que me lo pidas, las tres señales mágicas: cerrar las cortinas, encender la lámpara, posar en el diván, entre tus cojines preferidos, mi hombro ahuecado por tu mejilla y mi brazo listo para cerrarse sobre tu nuca.


¿Así está bien? ¿No todavía? No digas nada, espera a que nuestro calor de bestias fraternas haya llegado a los cojines. Despacio, despacio, la seda se entibia bajo mi mejilla, bajo mis riñones, y tu cabeza se abandona poco a poco sobre mi hombro y todo tu cuerpo, a mi lado, se hace pesado y flexible y se derrama como si te derritieras…


No hables: escucho, más que tus palabras, tus largos suspiros temblorosos… Contienes la respiración, temes que el suspiro acabe en sollozo. ¡Ah!, si te atrevieras…


Vale, he lanzado mi bufanda azulada sobre la lámpara; apenas ves, a través de los tallos de un alto ramo de crisantemos, el fuego que baila; quédate ahí, en la sombra, olvida que soy tu amiga, olvida tu edad e incluso que soy una mujer, saborea la humillación y la dulzura de volver a ser —porque hoy es un desolado domingo de noviembre, porque hace frío y llueve negro— un niño nervioso que vuelve invencible, inocente, al calor femenino, que no anhela nada, salvo el refugio vivo y la caricia inmóvil de dos brazos cerrados.


Quédate ahí. Has encontrado la cuna; te hace falta la canción o el cuento…. Yo no sé de cuentos. Ni tampoco inventaré para ti la historia feliz de una princesa hada que ama a un príncipe mago. Pues hoy no hay lugar para el amor en tu corazón, en tu corazón de huérfano.


No sé nada de cuentos… ¿Te bastará mi susurro en tu oreja? Dame tu mano, aprieta bien la mía: ella te guía, sin movernos, hacia los humildes domingos que tanto he amado. Nos ves, tomados de la mano y cada vez más pequeños, en el camino color hierro azul, salpicado de pedernal metálico —es una carretera de mi país—.


Te guío suavemente, porque no eres más que un lindo niño parisino, y veo, al caminar, tu mano blanca en mi patita bronceada, seca por el frío y enrojecida en las yemas de los dedos. Mi patita campesina se parece a una de las hojas que prevalecen en los setos iluminados por el otoño…


La vía color hierro gira tan rápidamente que uno se detiene, asombrado, ante un pueblo imprevisto… Dios mío, te llevo religiosamente hacia mi casa de antaño, como un pequeño niño educado que no se sorprende por nada; puede que pienses, mientras tiemblo en el umbral recobrado: «Esto no es más que una vieja casa...»


Pasa. Voy a explicártelo. En primer lugar, entiendes que hoy es domingo por el perfume de chocolate que dilata las narices, que endulza deliciosamente la garganta… Veamos: cuando uno despierta y respira el olor caliente del chocolate hirviendo, se sabe que es domingo. Se sabe que hay, a las diez, tazas rosas, resquebrajadas, sobre la mesa, y pasteles de hojaldre —aquí, mira, en el comedor— y que está permitido cancelar el gran almuerzo del mediodía… ¿Por qué? No sabría decírtelo… Es una costumbre de mi infancia.


No levantes una mirada asustadiza hacia el techo negro. Todo en esta casa antigua es tutelar. ¡Tantas maravillas contiene! Esa vasija china azul, por ejemplo, y el marco profundo de esta ventana, donde la cortina, al caer, me esconde por completo…


¿No dices nada? ¡Oh, pequeño! Te muestro un jarrón encantado, cuyo vientre retumba con sueños cautivos, la cueva misteriosa donde me encierro con mis fantasmas favoritos.  ¿Y tú permaneces frío, decepcionado, y tu mano no se estremece en la mía? Ya no me atrevo, ahora, a llevarte a mi habitación, donde el espejo está cubierto por un encaje gris, más fino que un velo de cabello, tejido por una gran araña de jardín, friolenta.


Ella vigila desde el centro de su tela, y no quiero que la inquietes. Inclínate sobre el espejo; nuestros dos rostros de niños, el tuyo pálido, el mío sonrojado, ríen detrás del tul doble… No te detengas frente a la pequeña y ordinaria cama blanca, sino más bien en la mirilla de madera que atraviesa el tabique: es ahí por donde entra, al amanecer, la gata vagabunda, se recuesta sobre mi cama, fría, blanca y ligera como una ola de nieve, y se duerme a mis pies…


No ríes, compañerito hastiado. Pero he guardado, para conquistarte, el jardín. Tan pronto como abro la puerta desgastada, y los dos escalones desvencijados se mueven bajo nuestros pies, ¿no sientes ese olor a tierra, a hojas de nogal, a crisantemos y humo? Olfateas como un perro novato, te estremeces… El olor amargo de un jardín de noviembre, el sobrecogedor silencio dominical de los bosques de los que se han retirado el leñador y la carreta, el camino forestal empapado por el que rueda suavemente una ola de niebla, todo esto es nuestro, hasta el anochecer, si lo deseas, ya que hoy es domingo.


Pero quizás prefieras mi último y más embrujado reino: el antiguo pajar, abovedado como una iglesia. Respira conmigo el polvo flotante del viejo heno, todavía embalsamado, excitante como un tabaco fino. Nuestros estornudos punzantes conmoverán a un pueblo plateado de ratas, de gatos delgados y semisalvajes; murciélagos volarán, por un momento, en el rayo de día azul que separa, del techo al suelo, la sombra aterciopelada… Es ahora cuando debo apretar mi mano y refugiar bajo mis largos cabellos tu negra y lisa cabeza de gatito educado…


¿Aún puedes oírme? No, estás dormido. Acepto de buena gana mantener tu pesada cabeza sobre mi brazo y escucharte dormir. Pero estoy un poco celosa. Porque me parece, al verte insensible y con los ojos cerrados, que te quedaste allá, en un jardín muy viejo de mi país, y que tu mano está estrechando la áspera manita de una niña que se parece a mí...




Dimanche


Qu’est-ce que tu as ?... Ne prends pas la peine, en me répondant : « Rien », de remonter courageusement tous les traits de ton visage ; l’instant d’après, les coins de ta bouche retombent, tes sourcils pèsent sur tes yeux et ton menton me fait pitié. Je le sais, moi, ce que tu as.


Tu as que c’est dimanche, et qu’il pleut. Si tu étais une femme, tu fondrais en larmes, parce qu’il pleut et que c’est dimanche, mais tu es un homme, et tu n’oses pas. Tu tends l’oreille vers le bruit de la pluie fine – un bruit fourmillant de sable qui boit –, tu regardes malgré toi la rue miroitante et les funèbres magasins fermés, et tu raidis tes pauvres nerfs d’homme, tu fredonnes un petit air, tu allumes une cigarette que tu oublies et qui refroidit entre tes doigts pendants...


J’ai bien envie d’attendre que tu n’en puisses plus, et que tu quêtes mon secours... Je suis méchante, dis ? Non, mais c’est que j’aime tant ton geste enfantin de jeter les bras vers moi et de laisser rouler ta tête sur mon épaule, comme si tu me la donnais une fois pour toutes. Mais aujourd’hui il pleut si noir, et c’est tellement dimanche que je fais, avant que tu l’aies demandé, les trois signes magiques : clore les rideaux, allumer la lampe, disposer, sur le divan, parmi les coussins que tu préfères, mon épaule creusée pour ta joue, et mon bras prêt à se refermer sur ta nuque...


Est-ce bien ainsi ? Pas encore ? Ne dis rien, attends que notre chaleur de bêtes fraternelles ait gagné les coussins. Lentement, lentement, la soie tiédit sous ma joue, sous mes reins, et ta tête s’abandonne peu à peu à mon épaule et tout ton corps, à mon côté, se fait lourd et souple et répandu comme si tu fondais...


Ne parle pas : j’entends, mieux que tes paroles, tes grands soupirs tremblants... Tu retiens ton souffle, tu crains d’achever le soupir en sanglot. Ah ! si tu osais...


Va, j’ai jeté sur la lampe mon écharpe bleutée ; tu vois à peine, à travers les tiges d’un haut bouquet de chrysanthèmes, le feu dansant ; reste là, dans l’ombre, oublie que je suis ton amie, oublie ton âge et même que je suis une femme, savoure l’humiliation et la douceur de redevenir, parce que c’est un désolant dimanche de novembre, parce qu’il fait froid et qu’il pleut noir, un enfant nerveux qui retourne invinciblement, innocemment, à la féminine chaleur, qui ne souhaite rien, hormis l’abri vivant et l’immobile caresse de deux bras refermés.


Reste là. Tu as retrouvé le berceau ; il te manque la chanson ou le conte merveilleux... Je ne sais pas de contes. Et je n’inventerai même pas pour toi l’histoire heureuse d’une princesse fée qui aime un prince magicien. Car il n’y a pas de place pour l’amour dans ton coeur d’aujourd’hui, dans ton coeur d’orphelin.


Je ne sais pas de contes... Te suffira-t-il, mon chuchotement contre ton oreille ? Donne ta main, serre bien la mienne : elle te mène, sans bouger, vers les dimanches humbles que j’ai tant aimés. Tu nous vois, la main dans la main et toujours plus petits, sur la route couleur de fer bleu, pailletée de silex métallique – c’est une route de mon pays.


Je te conduis doucement, parce que tu n’es qu’un joli enfant parisien, et je regarde, en marchant, ta main blanche dans ma petite patte hâlée, sèche de froid et rougie au bout des doigts. Elle a l’air, ma petite patte paysanne, d’une des feuilles qui demeurent aux haies, enluminées par l’automne...


La route couleur de fer tourne, si court qu’on s’arrête surpris, devant un village imprévu... Mon Dieu, je t’emmène religieusement vers ma maison d’autrefois, petit enfant policé et qui ne t’étonnes guère, et peut-être que tu dis, pendant que je tremble sur le seuil retrouvé : « Ce n’est qu’une vieille maison... »


Entre. Je vais t’expliquer. D’abord, tu comprends que c’est dimanche à cause du parfum de chocolat qui dilate les narines, qui sucre la gorge délicieusement... Quand on s’éveille, voyons, et qu’on respire la chaude odeur du chocolat bouillant, on sait que c’est dimanche. On sait qu’il y a, à dix heures, des tasses roses, fêlées, sur la table, et des galettes feuilletées – ici, tiens, dans la salle à manger – et qu’on a la permission de supprimer le grand déjeuner de midi... Pourquoi ? Je ne saurais te dire... C’est une mode de mon enfance.


Ne lève pas des yeux craintifs vers le plafond noir. Tout est tutélaire dans cette maison ancienne. Elle contient tant de merveilles ! Ce pot bleu chinois, par exemple, et la profonde embrasure de cette fenêtre où le rideau, en retombant, me cache toute...


Tu ne dis rien ? Oh ! petit garçon, je te montre un vase enchanté, dont la panse gronde de rêves captifs, la grotte mystérieuse où je m’enferme avec mes fantômes favoris, et tu restes froid, déçu, et ta main ne frémit pas dans la mienne ? Je n’ose plus, maintenant, te mener dans ma chambre à dormir, où la glace est tendue d’une dentelle grise, plus fine qu’un voile de cheveux, qu’a tissée une grosse araignée des jardins, frileuse.


Elle veille au milieu de sa toile, et je ne veux pas que tu l’inquiètes. Penche-toi sur le miroir ; nos deux visages d’enfants, le tien pâle, le mien vermeil, rient derrière le double tulle... Ne t’arrête pas au banal petit lit blanc, mais plutôt au judas de bois qui perce la cloison : c’est par là que pénètre, à l’aube, la chatte vagabonde ; elle choit sur mon lit, froide, blanche et légère comme une brassée de neige, et s’endort sur mes pieds...


Tu ne ris pas, petit compagnon blasé. Mais j’ai gardé, pour te conquérir, le jardin. Dès que j’ouvre la porte usée, dès que les deux marches branlantes ont remué sous nos pieds, ne sens-tu pas cette odeur de terre, de feuilles de noyer, de chrysanthèmes et de fumée ? Tu flaires comme un chien novice, tu frissonnes... L’odeur amère d’un jardin de novembre, le saisissant silence dominical des bois d’où se sont retirés le bûcheron et la charrette, la route forestière détrempée où roule mollement une vague de brouillard, tout cela est à nous, jusqu’au soir, si tu veux, puisque c’est dimanche.


Mais peut-être préféreras-tu mon dernier royaume et le plus hanté : l’antique fenil, voûté comme une église. Respire avec moi la poussière flottante du vieux foin, encore embaumée, excitante comme un tabac fin. Nos éternuements aigus vont émouvoir un peuple argenté de rats, de chats minces à demi sauvages ; des chauves-souris vont voler, un instant, dans le rayon de jour bleu qui fend, du plafond au sol, l’ombre veloutée... C’est à présent qu’il faut serrer ma main et réfugier, sous mes longs cheveux, ta tête lisse et noire de chaton bien léché...


Tu m’entends encore ? Non, tu dors. Je veux bien garder ta lourde tête sur mon bras et t’écouter dormir. Mais je suis un peu jalouse. Parce qu’il me semble, à te voir insensible et les yeux clos, que tu es resté là-bas, dans un très vieux jardin de mon pays, et que ta main serre la rude petite main d’une enfant qui me ressemble...