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The Moose

Elizabeth Bishop

Traducción por Juan Suárez y Edmundo Mantilla

Número revista:

3

For Grace Bulmer Bowers


From narrow provinces   

of fish and bread and tea,   

home of the long tides

where the bay leaves the sea   

twice a day and takes

the herrings long rides,


where if the river

enters or retreats

in a wall of brown foam   

depends on if it meets   

the bay coming in,

the bay not at home;


where, silted red,

sometimes the sun sets   

facing a red sea,

and others, veins the flats’   

lavender, rich mud

in burning rivulets;


on red, gravelly roads,

down rows of sugar maples,   

past clapboard farmhouses   

and neat, clapboard churches,   

bleached, ridged as clamshells,   

past twin silver birches,


through late afternoon

a bus journeys west,

the windshield flashing pink,   

pink glancing off of metal,   

brushing the dented flank   

of blue, beat-up enamel;


down hollows, up rises,   

and waits, patient, while   

a lone traveller gives   

kisses and embraces

to seven relatives

and a collie supervises.


Goodbye to the elms,   

to the farm, to the dog.   

The bus starts. The light   

grows richer; the fog,   

shifting, salty, thin,

comes closing in.


Its cold, round crystals   

form and slide and settle   

in the white hens’ feathers,   

in gray glazed cabbages,   

on the cabbage roses

and lupins like apostles;


the sweet peas cling

to their wet white string   

on the whitewashed fences;   

bumblebees creep

inside the foxgloves,

and evening commences.


One stop at Bass River.   

Then the Economies—

Lower, Middle, Upper;   

Five Islands, Five Houses,

where a woman shakes a tablecloth   

out after supper.


A pale flickering. Gone.   

The Tantramar marshes   

and the smell of salt hay.   

An iron bridge trembles   

and a loose plank rattles   

but doesn’t give way.


On the left, a red light   

swims through the dark:   

a ship’s port lantern.   

Two rubber boots show,   

illuminated, solemn.   

A dog gives one bark.


A woman climbs in

with two market bags,   

brisk, freckled, elderly.   

“A grand night. Yes, sir,   

all the way to Boston.”   

She regards us amicably.


Moonlight as we enter

the New Brunswick woods,   

hairy, scratchy, splintery;   

moonlight and mist

caught in them like lamb’s wool   

on bushes in a pasture.


The passengers lie back.   

Snores. Some long sighs.   

A dreamy divagation  

begins in the night,

a gentle, auditory,

slow hallucination....


In the creakings and noises,   

an old conversation

—not concerning us,

but recognizable, somewhere,   

back in the bus:

Grandparents’ voices


uninterruptedly

talking, in Eternity:

names being mentioned,   

things cleared up finally;   

what he said, what she said,   

who got pensioned;


deaths, deaths and sicknesses;   

the year he remarried;

the year (something) happened.   

She died in childbirth.

That was the son lost

when the schooner foundered.


He took to drink. Yes.

She went to the bad.

When Amos began to pray   

even in the store and

finally the family had

to put him away.


“Yes ...” that peculiar   

affirmative. “Yes ...”

A sharp, indrawn breath,   

half groan, half acceptance,   

that means “Life’s like that.   

We know it (also death).”


Talking the way they talked   

in the old featherbed,   

peacefully, on and on,

dim lamplight in the hall,   

down in the kitchen, the dog   

tucked in her shawl.


Now, it’s all right now   

even to fall asleep

just as on all those nights.   

—Suddenly the bus driver   

stops with a jolt,

turns off his lights.


A moose has come out of

the impenetrable wood

and stands there, looms, rather,   

in the middle of the road.

It approaches; it sniffs at

the bus’s hot hood.


Towering, antlerless,   

high as a church,

homely as a house

(or, safe as houses).

A man’s voice assures us   

“Perfectly harmless....”


Some of the passengers   

exclaim in whispers,   

childishly, softly,

“Sure are big creatures.”   

“It’s awful plain.”   

“Look! It’s a she!”


Taking her time,

she looks the bus over,   

grand, otherworldly.   

Why, why do we feel   

(we all feel) this sweet   

sensation of joy?


“Curious creatures,”

says our quiet driver,   

rolling his r’s.

“Look at that, would you.”   

Then he shifts gears.

For a moment longer,


by craning backward,   

the moose can be seen

on the moonlit macadam;   

then there’s a dim

smell of moose, an acrid   

smell of gasoline.





El alce

Para Grace Bulmer Bowers


Desde angostas provincias

de pan y peces y té,

hogar de las extensas mareas

donde la bahía deja el mar

en dos momentos del día

y lleva en largos paseos los arenques,


donde, si el río

avanza o se retira

en un muro de parda espuma,

depende de si encuentra

que la bahía se acerca,

que la bahía no está en casa;


donde, rojo de ciénaga,

a veces el sol desciende

de cara a un rojo mar,

y a veces dibuja venas 

en la lavanda de los llanos,

limo fértil en ardientes riachuelos;


en rojos, pedregosos caminos,

bajo hileras de arces azucareros,

pasando granjas de madera

y ordenadas iglesias de madera,

pálidas, rugosas como conchas de almeja,

pasando los plateados abedules gemelos,


a través del final de la tarde

un autobús viaja hacia el oeste,

el parabrisas centelleando rosa,

el rosa reflejándose en el metal,

puliendo el flanco hundido

de vencido, azul esmalte;


baja por hondonadas, sube por elevaciones,

y espera, paciente, mientras

un solitario viajero

besa y abraza

a siete familiares

y un perro ovejero supervisa.


Adiós a los olmos,

a la granja, al perro.

El autobús arranca. La luz

crece enriquecida; la niebla,

cambiante, salada, fina,

se cierne.


Sus fríos, redondos cristales

se forman y deslizan y asientan

en las blancas plumas de las gallinas,

en grises coles escarchadas,

en las rosas de mayo

y lupinos como lirios caminantes;


los guisantes dulces se aferran

a su blanco, húmedo cordel

en las cercas enjalbegadas;

los abejorros se arrastran

al interior de las campanillas

y el crepúsculo comienza.


Una parada en Bass River.

Luego, en la comunidad Economy— 

Baja, Media, Alta; 

Five Islands, Five Houses,

donde una mujer sacude un mantel

después de la cena.


Un pálido parpadeo. Se ha ido.

Los pantanos de Tantramar

y el olor del heno salado.

Un puente de hierro tiembla

y una tabla suelta cruje

pero no se cae.


A la izquierda, una luz roja

nada a través de la penumbra:

el faro de un barco.

Dos botas de caucho aparecen,

iluminadas, solemnes.

Un perro entrega un ladrido.


Una mujer sube

con dos bolsas de mercado,

enérgica, pecosa, anciana.

«Es una gran noche. Sí, señor,

todo el trayecto hasta Boston.»

Ella nos examinó amistosamente.


La luz de la luna mientras nos adentramos

en los bosques de New Brunswick,

peludos, ásperos, astillados;

la luz de la luna y la niebla

atrapadas en ellos como lana de cordero

en los arbustos de un prado.


Los pasajeros se recuestan.

Ronquidos. Algunos largos suspiros.

Una divagación adormilada

comienza en la noche,

una tierna, audible,

lenta alucinación…


Entre crujidos y ruidos,

una vieja conversación

—no nos concierne,

pero es reconocible, en algún lugar

al final del autobús:

voces de abuelos


hablando

ininterrumpidas en la Eternidad:

nombres siendo mencionados,

cosas por fin aclaradas;

lo que él dijo, lo que ella dijo,

quién logró jubilarse;


muertes, muertes y enfermedades;

en año en que se volvió a casar;

el año en que (algo) ocurrió.

Ella murió en el parto.

Aquel fue el hijo perdido

cuando la barcaza naufragó.


Él se entregó a la bebida. Sí.

Ella se echó a perder.

Cuando Amos comenzó a rezar

incluso en la tienda,

finalmente la familia

tuvo que encerrarlo.


«Sí...» esa peculiar

manera de afirmar. «Sí...»

Un afilado, contenido aliento,

mitad gemido, mitad aceptación,

que significa «La vida es así.

Lo sabemos (también la muerte)».


Hablando de la forma en que hablaban

en la vieja cama de plumas,

pacíficamente, una y otra vez,

tenue luz en el pasillo,

abajo, en la cocina, la perra

arropada en su manta.


Ahora, todo está bien ahora

incluso para caer dormidos

tal como en todas esas noches.

—De improviso el conductor del bus

frena con un sobresalto,

apaga las luces.


Un alce ha surgido

del impenetrable bosque

y permanece ahí, acechante,

en medio del camino.

Se aproxima; olfatea

la caliente capota del autobús.


Semejante a una torre, sin cornamenta,

alto como una iglesia,

familiar como una casa

(o seguro como las casas).

La voz de un hombre nos asegura

“Totalmente inofensivo...”


Algunos pasajeros

exclaman en susurros,

infantiles, suaves,

“En verdad son grandes criaturas.”

“Es terriblemente sencillo.”

“¡Mira! ¡Es una hembra!”


Tomándose su tiempo,

ella escudriña el autobús,

grande, como de otro mundo.

¿Por qué, por qué sentimos

(todos sentimos) esta dulce

sensación de dicha?


“Curiosas criaturas,”

dice nuestro inmóvil conductor,

arrastrando sus erres.

“Miren eso, ¿quieren?”

Luego pone la marcha.

Por un último instante,


mirando atrás,

el alce puede ser visto

sobre la luz de la luna en el pavimento;

luego llega un débil

olor de alce, un acre

olor a gasolina.