Juan Martin Rivadeneira recomienda ‘Let Them Eat Chaos’, de Kate Tempest



Las verdades universales, al igual que las preocupaciones, son pocas y son simples. Sus formas complejas y misteriosas son el producto de nuestro entorno caótico. Son el resultado de los intrincados sistemas sociales, de las abstracciones morales y religiosas, de las rápidas y autónomas dinámicas económicas. Junto a estas fuerzas, las tensiones inherentes a cada ser humano la búsqueda de la identidad, la satisfacción de los deseos fundamentales, el placer y el sufrimiento se vuelven difusas y contradictorias. Confundimos la necesidad de afecto con el control; la realización, con el éxito financiero. En el fondo, los seres humanos somos criaturas simples: todos quisiéramos vivir en una sucesión infinita de placer; pero, puesto que eso no es posible (a menos que renunciemos al ideal de una vida larga), debemos contentarnos con una forma más abstracta y prolongada de placer: la felicidad. Pero, ¿es posible ser feliz sin conocerse? ¿Sin conocer lo que se quiere?


Let Them Eat Chaos es un álbum que trata sobre la angustia de vivir en función del entorno. En él, Kate Tempest narra la historia de siete individuos que se han perdido así mismos y tratan desesperadamente de llenar el vacío de su identidad con todo aquello que una ciudad moderna puede ofrecer: consumismo, pornografía, una profesión, drogadicción o un hermoso departamento. Se trata de vidas siempre incompletas, siempre tristes. Sin conciencia ni intención, la felicidad es una cursilería, es un ideal inalcanzable que se proyecta a través de la insoportable miseria del automatismo.




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